En el Monasterio Cluniacense de Boada de Roa, donde se asienta en la actualidad la bodega, las primeras viñas aparecen documentadas ya en el s. X, se trata de una de las zonas privilegiadas de la DO Ribera del Duero para el cultivo de la vid. Muchos siglos después, en 1930, la familia García cultivaba aquí sus viñedos con esa sabiduría propia del viticultor que recorre sus tierras todos los días y conoce las necesidades de cada parcela. Hoy, Jorge García, propietario y bodeguero, lidera este proyecto con la experiencia heredada de su padre Higinio, que le ha transmitido tanto sus conocimientos de viticultura como el respeto por la tierra y la pasión por el vino.
La pirámide
La bodega se encuentra rodeada por 80 ha de viñedo en propiedad localizadas en distintos pagos, principalmente en zonas elevadas y laderas que favorecen una maduración lenta y equilibrada. La filosofía se centra en transmitir la esencia de cada uno de estos pagos de tierras calizas, arcillosas y pedregosas, pues su única variedad, la tempranillo, se expresa diferente en cada una de las parcelas. Por este motivo, Jorge García, junto con el enólogo Sergio Balfagón, siguen sobre el terreno la evolución de cada uno de los viñedos, al igual que hacía el padre del primero. Montegaredo profundiza así en el conocimiento de sus pagos históricos, apostando por las micro vinificaciones, las selecciones especiales de viñas viejas y una mejora continua de los procesos. Con este espíritu se construyó una singular bodega con forma de pirámide semi enterrada que cumple una función técnica clave, aprovechar las condiciones naturales del terreno para mantener la temperatura y humedad idóneas.
La identidad como pilar
Para esta crianza 100% tempranillo se eligieron viñedos situados a más de 800 metros de altitud con edades comprendidas entre los 25 y los 90 años. La vendimia se realizó de forma manual –como acostumbran para todos sus vinos– desarrollando en el terreno la primera selección de racimos, pues consideran que este trabajo artesanal es clave para preservar la identidad de cada terruño. De la misma manera, cada parcela se vinifica en depósitos independientes y se evalúa la expresividad de cada uno antes del coupage final. Posteriormente envejece entre 12 y 14 meses en barricas bordelesas de 225 litros de roble francés y americano, afinándose después en botella. El resultado es un vino elegante, estructurado y persistente, que refleja fielmente el carácter del terruño y la filosofía de Montegaredo pues se ha convertido en un pilar fundamental en su trayectoria. Con clara vocación de guarda, conservado en óptimas condiciones puede disfrutarse hasta 2036.