Hace 20 años Clara Concejo fundó su propia bodega en contra de los deseos de su padre –que nunca se dedicó al mundo del vino– pero siguiendo los pasos de su abuelo y de su tío. Quizá por eso, cuando en 2007 nació el vino que se convertiría en alma mater de Vega Clara, lo llamó Mario, en honor a su padre. Mucho –o poco por esta zona– ha llovido desde entonces, y ahora, la bodega situada en la localidad vallisoletana de Quintanilla de Onésimo es conocida por sus limitadas elaboraciones –entre 50.000 y 60.000 botellas anuales– basadas en ciertos principios que Clara ha mantenido desde el principio.
Por qué
Empezó poco a poco, elaborando en bodegas alquiladas, hasta que en 2010 diseñó y construyó, junto a su familia, las actuales instalaciones. Se trata de un edificio sencillo y práctico donde la mayor parte de la inversión se hace en tecnología y maquinaria de vanguardia, eso sí, sin tolva y con doble mesa de selección. En constante evolución, en 2012 nació Diez Almendros, en 2016 plantaron los viñedos alrededor de la bodega y, desde entonces, han seguido adquiriendo viñedos cuando las condiciones se lo permiten y elaborando nuevas etiquetas producto de la inquieta mente de Clara cuyo objetivo principal es “hacer vinos artesanos que representen fielmente el terruño tan especial que tenemos respetando al máximo la viña y haciendo todo de forma orgánica y lo más natural posible”. Además, su vendimia siempre es manual, todos sus vinos son mezcla de variedades que equilibren la tempranillo, todos pasan por barricas y crianzas, y todos se comercializan a un precio razonable pues, según sus propias palabras, “no hace falta cobrar 100 € la botella para ganar dinero y poner en un falso pedestal el mundo del vino, que creo que debería de ser mucho más democrático de lo que es”.
Cómo
Al encontrarse en la parte más occidental de Ribera del Duero se enfrentan a 2-3 ºC más de media a lo largo del año con respecto a las otras zonas que conforman la DO, e, inevitablemente, las vendimias se adelantan. Para este Diez Almendros 2022 fue las más temprana de todas las que habían realizado hasta el momento, empezaron el 10 de septiembre, en un año que no cayó una gota de agua desde el mes de abril a excepción de una única gran tormenta que apenas dejó 10 l escasos. Sin embargo, en sus propias palabras “la naturaleza siempre nos sorprende, y a pesar de las penurias, el equilibrio de la uva fue perfecto”. Las variedades se elaboran siempre por separado y las crianzas se realizan en barricas francesas y americanas, a cuyo término se procede al coupage; 75% tinto fino y 25% “de nuestra variedad secreta que el consumidor debe de adivinar como reza la adivinanza de la contra, Diez Almendros hay en mi viña, y un secreto los guarda en el corazón del Duero…”.