Opinión

¿Sabemos comer en carretera?

¿Cada vez paramos menos y se come peor en carretera? ¿Atrás quedaron esos tiempos en los que una casa de comidas se convertía en el oasis gastronómico del viaje?

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Por Andrés Sánchez Magro

Publicación Revista: 01/09/2015

Publicación Web: 19/11/2015

Será por aquello de la velocidad, de que cada vez viajamos más en avión, o de las autovías o autopistas de peaje en concurso de acreedores o no, pero el caso es que cada vez paramos menos y se come peor en carretera. Han pasado aquellos días en los que planeábamos un viaje a la costa, a la montaña o un viaje familiar, y marcábamos en nuestra ruta, la venta, casa de comidas o restaurante de copetín como un oasis gastronómico del viaje.

No hay que olvidar que la todopoderosa Guía Michelin nació con ese objeto precisamente, aconsejar al gourmand francés los lugares de parada obligada o de destino imprescindible cuando se cogía un volante. Esta moda de circunvalar ciudades, de programar viajes rápidos buscando el destino, ha supuesto el cerrojazo de lugares entrañables para comer o incluso para llevarse la peladilla de la zona, el encurtido tan sabroso o un escabeche por poner un caso.

Como hoy hay mucho gastrónomo de boquilla, el territorio español debería estar salpicado de rutas, enclaves o destinos que nos inviten a conocer las delicias coquinarias de los territorios plurales. Afortunadamente todavía la gente que sabe de esto para en El Ermitaño, donde apreciar unas ancas de rana o una corvina impresionantes. Y por supuesto cualquier viaje que tenga que ver con el Levante, debería reconocer en su ruta el talento de Manolo de la Osa que lleva oficiando en Las Pedroñeras desde hace media vida en ese templo llamado Las Rejas.

Sólo por tomar la sopa fría de ajo uno debe aventurarse por tierras conquenses. Pero si alguien va al norte, debe parar en la mejor cafetería, bollería, bocadillería de toda España, en Boceguillas. Un paraíso de elegancia, saber hacer y limpia atención atrapan al viajero. Sin olvidar todas las grandes ventas que los alrededores de Despeñaperros, desde Valdepeñas a La Carolina alimentan de perdices y otras golosinas el espíritu del viajero.

Como somos ahora tan cursis, y queremos imitar toda cultura que no sea nuestra, el placer de parar a comer, que es también el placer de viajar sin tiempo, ha sido sustituido por una horterada llamada Foodtruck. No disfrutamos del viaje, de las gentes, de la genuina slow food viajera, y sí parece tener predicamento el comerse una salchicha en la calle o unos callos servidos en un camión. Disfrutemos de La Mancha, los pueblos del Ampurdán o toda la costa cantábrica, y no aspiremos a vivir ilusoriamente en una mala parodia de la Ruta 66.

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