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Viaje a Kenia

Jambo Bwana

Autor: Alfredo García Reyes
Fecha Publicación Revista: 01 de diciembre de 2016
Fecha Publicación Web: 02 de diciembre de 2016
Revista nº 488

Con seguridad, la mayor parte de esos extranjeros que desembarcan en el aeropuerto internacional de Nairobi Jomo Kenyatta poco saben de la gastronomía del país, una auténtica desconocida en el resto del planeta.

Sin embargo, por producto y, sobre todo, por influencias (autóctonas, árabes, europeas, asiáticas…), la cocina keniana es una de las más diversas (e interesantes) de toda el África Negra y se manifiesta en platos e ingredientes como las samosas, rellenas de verduras y carnes; los mariscos al pili pili (una salsa de mantequilla, ajos, chiles, zumo lima, coco rallado, cilantro y pimentón); el ugali (puré de harina de maíz que se usa como acompañamiento de numerosos platos); el matoke (pasta de plátano  cocinada y envuelta en hojas de platanera,) con la que se elaboran deliciosos postres, pero que también es un buen complemento de platos de carne; el arroz pilao y, sobre todo, el nyama choma, que no es sino carne de diferentes animales asada con el irresistible aroma de la parrilla de leña.

La carne a la brasa es el leit motiv del que, probablemente, sea el restaurante más conocido de la capital y quizás de toda Kenia: The Carnivore. Un lugar desenfadado, donde kenianos y visitantes acuden en grupo para disfrutar de una fiesta total.

 Y no solo gastronómica: aquí también se viene a bailar y a tomar la bebida más popular del país: el dawa, un cóctel a base de vodka, lima, azúcar moreno, miel y hielo picado.

Imprescindibles en Nairobi

Sorprende Nairobi, la 4ª ciudad más grande de África con más de 3 millones de habitantes y los increíbles contrastes que la caracterizan: desde altos edificios de las empresas financieras internacionales y grandes avenidas flanqueadas por parques, hasta los barrios más míseros (el más grande es Kibera).

Sobreviven construcciones de la época colonial (la fundaron los británicos –s. XIX–, como parada de abastecimiento del tren que conecta Mombasa con Uganda), pero el lugar que más visitantes atrae cada año es la Casa-Museo de Karen Blixen, la célebre autora danesa de “Memorias de África”, traída piedra a piedra desde su ubicación original hasta su emplazamiento actual, a unos 6 km del centro. Si uno ha visto la película de 1985 –dirigida por Sidney Pollack y protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford–, es fácil reconocer muchas de las estancias.

Una de las grandes curiosidades de la capital keniana es que está prácticamente rodeada de espacios naturales de un gran valor ecológico, entre los que destacan el Parque Nacional de Nairobi, habitado por más de 400 especies animales, entre ellas grandes mamíferos –elefantes, rinocerontes, leones, leopardos, jirafas...– y una ingente cantidad de aves migratorias.

Es impresionante sobrevolar este parque, algo no del todo complicado, por otro lado, pues comienza al borde mismo de la pista de aterrizaje y despegue del aeródromo Wilson, desde donde parten buena parte de los vuelos hacia otros puntos del país en aviones de pequeño tamaño, incluso avionetas.

Una isla en el Índico    

Desde Wilson se puede volar, por ejemplo, hacia el archipiélago de Lamu, en la costa del Índico. La isla principal, apenas separada del continente por un canal marino, es una auténtica joya suajili y un muestrario de la influencia de la arquitectura, la cultura y la religión que trajeron hasta aquí los árabes durante nuestra Edad Media (hacia el s. XIII).

Esto se percibe, sobre todo en la indumentaria de sus habitantes, con las mujeres vestidas de negro y sus cabezas cubiertas por el hiyab, mientras que los hombres visten camisolas blancas de estilo árabe.

La capital es la vieja ciudad de Lamu, importante enclave para navegantes de Oriente Próximo, cuando éstos comenzaron a dominar el tráfico comercial de la Costa Oriental de África. Las casas, levantadas a base de piedra coralina y madera, muestran portadas talladas de arcos polilobulados y con facturas muy elaboradas.

Tanta belleza y autenticidad han valido a esta pequeña urbe ser incluida en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco y el hecho de ser uno de los principales puntos de peregrinación para los musulmanes del Este de África, aparte de ser la sede de numerosos eventos, como el Festival Cultural, que cada año atrae a músicos y otros artistas llegados desde numerosos puntos del planeta.

A lomos de borricos 

Llama la atención, pese a la llegada de visitantes extranjeros, que aquí apenas hay vehículos motorizados; el principal medio de locomoción son los burros que campan a sus anchas por cualquier lugar. El otro medio de transporte fundamental son los dhonis, embarcaciones de vela triangular, que conectan Lamu con el continente y con la isla de Manda, donde se encuentra el aeródromo. 

Al final del recorrido sorprende el importante complejo arqueológico –la antigua ciudad de Manda–, creada hace un milenio y abandonada por la subida inexorable del nivel de las aguas del mar, que acabó salando sus pozos.

Paraíso particular 

La tranquilidad imperante en la zona atrajo a muchos viajeros internacionales que, en los años 70 del s. XX, convirtieron la isla en su paraíso privado. Excéntricos, millonarios y alguna que otra celebridad en busca de privacidad y exclusividad (como Ernesto de Hannover) fijaron aquí su residencia, levantando mansiones de auténtico ensueño.

Y, junto a ellas, algunos hoteles con mucho encanto, como The Majlis, The Red Pepper House o Pepponi, este último, principal punto de encuentro local y desde cuya terraza se contemplan los atardeceres más mundanos del archipiélago.

Todos esos hoteles son también restaurantes. Y todos ponen en el plato los sabores más característicos de la tradición suajili, en la que se entremezclan curries, tikas y kebabs, aprovechando los sabrosos mariscos y pescados locales, aderezados con cúrcuma y otras especias bastante picantes.

Al pie del Kilimanjaro

Pero si hay algo realmente impactante en Kenia son sus parques nacionales, donde la flora y la fauna autóctonas habitan en absoluta libertad con mínimas intervenciones por parte de los humanos. El Parque Nacional de Amboseli, al pie del Kilimanjaro –la montaña más alta de África– pertenece, por el capricho de las potencias europeas que delinearon las fronteras de ese continente a finales del s. XIX, a territorio tanzano y domina por completo este espacio natural de casi 400 km².

Es el hogar de grandes mamíferos (elefantes, rinocerontes, hipopótamos, leopardos, guepardos, jirafas, leones, cebras, kudus, gacelas, búfalos, ñus) y hasta 400 especies de aves, entre ellas avestruces, águilas y pelícanos.

Naturaleza en estado puro

Cuando se despejan las nubes que abrazan la cima de la gran montaña, la naturaleza regala impactantes panorámicas de las míticas nieves del Kilimanjaro.

A bordo de los vehículos todoterreno se pueden recorrer sus hábitats –la sabana, el bosque y el medio acuático–. En estas excursiones, que se recomienda iniciar a horas tempranas para disfrutar con la especial luminosidad del África ecuatorial, el visitante se percata de que contemplar en directo el milagro de la vida salvaje es un privilegio y una experiencia inolvidables.

Los auténticos masais

Pese al continuo contacto con el turismo internacional, los masais, primigenios habitantes de este territorio, preservan buena parte de su cultura y tradiciones; una de ellas, la más sorprendente, es que siguen recibiendo a los visitantes con cánticos y la curiosa competición de saltos verticales de los hombres jóvenes.

Cerca del campamento que la empresa Porini Tender Camp tiene en la zona de influencia del Parque Nacional de Amboseli, es posible y recomendable visitar uno de sus poblados y acercarse a su forma de vida ancestral, en plena comunión con la impactante naturaleza que los rodea.

Aparte de los habituales safaris fotográficos en todoterreno, los responsables del alojamiento de Porini, que disponen de varias tiendas de campaña con lujosas infraestructuras, organizan excursiones a pie y actividades tan relajantes como pic-nics de desayuno y comida (con cocinero incluido) junto al río, mientras se contempla el impresionante paisaje de la zona.

Se trata de todo un espectáculo, especialmente cuando se tiene el privilegio de disfrutar de la imponente paleta de colores que muestran los atardeceres, gin tonic en mano, sobre la enorme extensión de la sabana, apenas enmarcada por los perfiles de acacias centenarias. Sin duda, el mejor colofón antes de regresar a Nairobi y a un continente, el nuestro, que después de las jornadas pasadas en el corazón indómito de África, se antoja demasiado civilizado.

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