Opinión

Las perversas consecuencias de las puntuaciones de vinos

La introducción por parte de Robert Parker del sistema de calificación de vinos con una escala de 100 puntos hace ya casi cuatro décadas ha tenido innegables efectos positivos en el mundo del vino, pero también inesperadas consecuencias negativas, sobre todo alrededor de tres factores principales.

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Por Helio San Miguel

Publicación Revista: 01/02/2018

Publicación Web: 14/03/2018

Los últimos veinte años han sido tes­tigos de una constante inflación en las puntuaciones. Aunque en teoría van de 50 a 100 puntos, en realidad a nadie le interesa un vino de menos de 85 y cada vez más, de menos de 90. Al mismo tiempo, los vinos de más de 95 puntos son ya miles con lo que el atractivo de las puntuaciones depende del precio y, en algunos casos, de la producción del vino y de su valor como objeto de colección.

Así, si un vino recibe 92 pun­tos, será difícil venderlo si cuesta más de 30 dólares pues en un mercado glo­bal y competitivo hay infinidad de vinos con esos puntos y precios más bajos. Además, en Estados Unidos, dada la compleja estructura de su mercado, ese es el precio que alcanzará si sale a unos 10 euros en bodega.

Mi regla, que hace tiempo puse en el propio foro de Parker, y que se aplica a los vinos de 90 o más puntos y de entre 10 y 100 dóla­res, es que para ser percibidos como un buen valor, el segundo dígito de los puntos tiene que ser mayor o igual que el primero del precio. Si vale menos de 10 dólares y tiene al menos 90 pun­tos, desaparecerá rápidamente de las tiendas. Si vale más de 100 y tiene una elevada producción, no se agotará.

Cuestión de puntos

Además, con esa apariencia de pre­cisión que conllevan los puntos, han creado la imagen de un valor objetivo y absoluto que no existe en realidad, pues por un lado el vino y su evolución no se prestan a medidas tan exactas, y por otro, el gusto del catador juega un papel decisivo a la hora de otorgar puntuaciones. Esto queda claro cuando se comparan Wine Advocate y Wine Spectator. Aunque usan una escala que va de 85 a 100, o sea de 16 puntos, en realidad son muy pocos los vinos en los que coinciden, y en muchos casos las diferencias son de más de tres y hasta de cinco puntos, lo que represen­ta una divergencia extraordinaria dado el estrecho rango en el que nos move­mos. Además, estas diferencias existen incluso cuando la misma publicación cambia de colaborador.

Vinos como Termanthia, El Nido o Casajús NiC, que obtuvieron respectivamente 100, 99 y 97 puntos en el Wine Advocate, han visto recortados significativamente sus puntos con un crítico diferente. Dado que son bodegas jóvenes y ambiciosas, lo lógico sería pensar que si mantienen el mismo estilo, con el paso de las cosechas, sobre todo las de calidad similar, los vinos serán mejores. Sin embargo, mirando solo los puntos, la lectura es que han ido a peor, cuando lo que ha tenido lugar es un cambio de valores y forma de medir.

Valor de compra-venta

Finalmente, ese aparente valor objetivo de los puntos, y no la nota de cata que los acompaña, los ha convertido en un instrumento de compra y venta. Inter­net y las grandes cadenas, como Cost­co, Total o Trader Joe, han agudizado este fenómeno, pero incluso James Suckling, antiguo colaborador del Wine Spectator, exclama sin pudor en su canal en YouTube, que para él este vino es un 98. En el caso de la venta online, wine-seacher.com y las webs de las tiendas, solo informan de los puntos (RP 94, WS 91, etc.).

Y para las gran­des cadenas, que mueven enormes cantidades de vino, los puntos son un instrumento sencillo de usar a la hora de comprar y vender que además les permite prescindir de personal prepa­rado. De hecho, muchas no compran vinos de menos de 90 puntos y a veces tienen incluso estanterías enteras con los vinos organizados según las puntuaciones que han recibido.

En este contexto saltar de 89 a 90 puede representar para vinos más baratos de una bodega que empieza o de una cooperativa ambiciosa, el despedirse de vender uva o vino a granel y que sea posible la compra de mejores equipos o la contratación de profesionales cualifi­cados, lo que redundará en una mejora de los vinos, mientras que la caída de 90 a 89 puntos puede incluso llevar a su hundimiento económico.

Así pues, la confluencia de estos fac­tores (inflación, supuesta objetividad y los 90 como barrera) han hecho que los puntos sean los que definen a un vino, y en algunos casos, tengan efectos tan inesperados y dramáticos como que la subida o bajada de un solo punto pueda decidir el ser o no ser de una bodega.

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