Grandes bodegas

El camino de la excelencia

Cinco décadas después, el vino español se reconoce en sus bodegas con emoción, memoria y orgullo. Esta revista ha narrado su crecimiento para convertirse en privilegiado testigo de una historia hecha con tiempo, pasión y humanidad.

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Por Antonio Candelas

Publicación Web: 05/10/2026

Cuando la revista Club de Gourmets comenzó su andadura allá por el mes de abril de 1976, nuestro vino ya acumulaba siglos de conocimiento, pero aún no había terminado de adquirir la dimensión cultural que hoy, por fortuna, ocupa. En aquellas décadas decisivas, en las que la sociedad española se asomaba a una nueva realidad, el vino también dejaba de ser sólo un producto agrícola para convertirse, poco a poco, en un actor clave para la idiosincrasia de la España rural y un elemento imprescindible para entender nuestra gastronomía.

La labor de Club de Gourmets fue entonces fundamental: mirar con criterio y sensibilidad lo que ya se hacía bien, explicarlo con rigor y a la vez con cariño, fijar referentes y acompañar a bodegas que llevaban generaciones trabajando con seriedad, justo en el momento en que ese esfuerzo empezaba a ser comprendido y admirado por el consumidor, así como valorado por los mercados internacionales.

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En 1989 Marqués de Riscal fue protagonista de estas páginas.

La revolución riojana

Esa observación atenta permitió contextualizar historias que venían de mucho más atrás. En Rioja, por ejemplo, la modernidad del vino español había comenzado a gestarse a finales del siglo XIX, cuando Marqués de Riscal introdujo la crianza en barrica, el embotellado y una defensa inédita hasta el momento del consumidor. Más que una innovación técnica, fue –como casi todo lo importante en el vino– un cambio de mentalidad: el vino podía –y debía– aspirar al prestigio, al reconocimiento y a la permanencia.

A partir de esa intuición fundacional, otras bodegas supieron transformar la visión en estructura. CVNE lo hizo desde una concepción empresarial adelantada a su tiempo, combinando vocación exportadora, continuidad familiar y una brillante creación de marcas que hoy son lección de relato y honestidad. Imperial, Viña Real o Monopole no nacieron para responder a una moda, sino para acompañar al vino en su evolución natural. Club de Gourmets supo leer ahí, antes que muchos, un valor profundo que fue revolución: el del tiempo como aliado.

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Celebramos los 100 años de CVNE en 1979.

Ese clasicismo entendido como proceso vivo encontró continuidad ejemplar en casas como La Rioja Alta, donde siempre han vivido la tradición como un modo de vida, no como una mera exhibición. Trasiegos manuales, tonelería propia y conocimiento ancestral conviven en una bodega que ha hecho del equilibrio y la finura su seña de identidad. En una línea similar, Bodegas Riojanas ha ejercido durante más de un siglo una modernización serena, defendiendo la longevidad como principio irrenunciable y recordando que el vino, por complejo que sea, no debe perder nunca su vínculo con quien lo bebe.

Dentro de ese paisaje riojano, Muga representa la fidelidad al oficio: conocimiento absoluto del proceso, la artesanía como vía de excelencia y la técnica al servicio del estilo. Y Faustino, desde un origen humilde, aportó una lección decisiva al sector: que la marca también puede ser una forma legítima de prestigio cuando se construye con coherencia, tiempo y una clara vocación internacional que ha dado la vuelta al mundo.

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Un joven Gonzalo Iturriaga reveló los secretos de Vega Sicilia.

A contracorriente

A medida que el vino español ganaba seguridad, algunas bodegas comprendieron que el siguiente paso era afinar su identidad. Que el territorio debía hablar con voz propia y que, en ocasiones, era necesario ir a contracorriente para preservar la singularidad del lugar. Ese compromiso radical con el origen tiene en Vega Sicilia su expresión más paradigmática. Hoy es un referente mundial y una institución moral del vino español. Su defensa del viñedo por encima de la moda, su fidelidad a las crianzas largas y su consistencia histórica han convertido a Vega Sicilia en un modelo que trasciende generaciones.

Nunca ha ansiado abanderar tendencias, sino demostrar que la búsqueda paciente de la excelencia es el mejor camino hacia la eternidad.

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Vicente Cebrián contó, en 1988, cómo cambió el destino de Marqués de Murrieta.

Esa conciencia del legado, reinterpretada desde una sensibilidad contemporánea, define a Marqués de Murrieta, cuya recuperación del Castillo de Ygay supuso una restauración arquitectónica sin precedentes en el sector, pero sobre todo la confirmación de que el vino necesita cultura, paisaje y memoria para sostener su prestigio. Una idea que hoy dialoga con proyectos como Pago de Carraovejas, donde el vino se convierte en experiencia sensorial: paisaje, gastronomía y conocimiento emocional del entorno integrados en un discurso moderno y respetuoso con el origen.

En los espumosos, el inconformismo ha resultado especialmente fértil. Gramona fue decisiva para demostrar algo que durante años se puso en duda; que podía ocupar un lugar central en la mesa, apostando por largas crianzas, una visión holística de la viticultura, la aplicación biodinámica y un liderazgo colectivo que elevó toda una categoría. Recaredo, desde una radicalidad ética admirable, llevó ese planteamiento hasta sus últimas consecuencias: solo brut nature, solo añada, solo tiempo. Su papel en la creación de Corpinnat es uno de los gestos más valientes de la historia reciente del vino español.

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Entrevistamos a Santiago Frías, presidente de Bodegas Riojanas, en 2023.

El sur aporta a este relato una profundidad histórica imprescindible. En Sanlúcar de Barrameda, Barbadillo ha ejercido durante más de dos siglos un inconformismo brillante dentro de los vinos generosos, innovando sin renunciar a la complejidad de la manzanilla.

Junto a ella, Hidalgo La Gitana ha consolidado un estilo reconocible y universal, demostrando que la identidad sanluqueña puede alcanzar proyección global sin diluirse. Y en El Puerto de Santa María, Osborne ha tejido una historia que va más allá del vino, formando parte del imaginario cultural español.

Especial mención merece El Grifo, en Lanzarote, una de las bodegas más antiguas de España y una de las más heroicas. Doscientos cincuenta años elaborando vino sobre la negrura del suelo volcánico, con viñedos prefiloxéricos y un trabajo manual extremo, convierten a este proyecto en una lección magistral de resistencia, arraigo y respeto por el paisaje. Tal es la personalidad de este lugar que el vino obedece a la tierra sin condiciones.

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Eduardo Muga relató cómo defienden la cultura del vino desde su Fundación.

Construcción de futuro

El último medio siglo del vino español hay que explicarlo desde la capacidad de mirar hacia delante sin romper con lo anterior. En ese terreno, Torres ocupa un lugar central. Su apuesta por la sostenibilidad, la investigación varietal, la anticipación al cambio climático y la internacionalización con valores ha ampliado el horizonte del vino español y demostrado que la innovación puede ser ética y coherente.

Esa visión de conjunto se manifiesta también en grandes estructuras como Codorníu Raventós, capaces de articular territorios diversos sin perder precisión ni respeto por el viñedo, o en iniciativas colectivas como Protos, nacida del espíritu cooperativo en 1927 y decisiva en la construcción de la Ribera del Duero.

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Ton Mata de Recaredo aludió a las bondades de la agricultura biodinámica para sus espumosos.

En las Rías Baixas, Palacio de Fefiñanes fue clave para que el albariño pasara de un vino joven y local a convertirse en un emblema internacional, fijando un estilo que hoy define a toda una zona. Y en el Priorat, Clos Mogador representa el poder transformador de una excepcional inteligencia visionaria al creer en un territorio antes de su reconocimiento y elevarlo al máximo nivel desde la fidelidad al terruño.

Todas estas bodegas comparten una convicción innegociable: que el vino es cultura, paisaje, economía y memoria; que las prisas no son buenas y que el crecimiento meteórico no existe. Y para contar tanta pasión se necesitan interlocutores capaces de escuchar y narrar con admiración y respeto. Durante estas cinco décadas, Club de Gourmets ha sido uno de esos transmisores de verdad, contextualizando cuando el ruido desdibujaba la realidad y acompañando al sector con una mirada exigente a la vez que generosa.

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Descubrimos los secretos de los vinos volcánicos visitando El Grifo.

Este aniversario es un hito editorial de primer orden en un momento complejo para las publicaciones especializadas, pero sobre todo reconozco en él un ejercicio de memoria y de gratitud. Gratitud hacia quienes han hecho del vino español un patrimonio sólido, diverso y reconocible; y hacia quienes han sabido contarlo sin prisas, sin estridencias y con criterio.

Sabemos que las historias que perduran son fruto de tiempo, escucha y sensibilidad y entre estos valores, no muy habituales hoy en día, Club de Gourmets y estas bodegas –entre otras muchas– han caminado conjuntamente durante medio siglo. Ojalá, dentro de otros cincuenta años, podamos decir que el vino español siguió avanzando sin perder la memoria de lo que fue para entender mejor lo que podía llegar a ser.

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Guillermo Aranzábal protagoniza la profunda modernización de La Rioja Alta.

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