Vinos y platos

El vino en la mesa

Hemos pasado, en poco tiempo, de esos vinos poderosos en boca, a otros un poco más equilibrados que permiten saborear tanto a la comida como al propio vino, sin que ninguno haga sombra al otro.

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Publicación Web: 19/07/2017

 

El mundo del vino, placentero y lúdico, nunca debe estar sometido a normas rígidas. Es por ello que sólo proponemos soluciones que sirvan para reforzar y enriquecer el entrañable matrimonio vino-plato, sin establecer reglas inamovibles.

Hay unos cuantos alimentos que plantean verdaderos problemas a la hora de armonizar sus cualidades con las de cualquier vino. El ajo, sin ir más lejos, gran comodín de la cocina tradicional española, destruye los aromas de los vinos blancos y endurece los vinos tintos en la boca.

El apio estropea el toque frutal de los tintos jóvenes, lo mismo que los puerros, si no están muy cocidos, o los espárragos trigueros. Los berros y las alcachofas combinan mal. La cebolla en exceso rompe la sutileza de determinados aromas. Los huevos, en diferentes versiones, vulgarizan el vino y sólo mezclados en algún revuelto de gambas o langostinos facilitan la convivencia con un blanco. El vinagre de las ensaladas mata cualquier hipótesis de alianza.

Otro hábito nacional que choca con la adecuada degustación de los vinos es el gastronómico abuso del picante. Por ejemplo, el ajo y la guindilla de las angulas no sólo anulan la compañía del vino sino a las propias angulas.

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