Viajes

Rumbo al paraíso

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Autor: Enrique Domínguez Uceta
Autor Imágenes: Enrique Domínguez Uceta
Fecha Publicación Revista: 01 de diciembre de 2014
Fecha Publicación Web: 31 de agosto de 2015
Revista nº 464-465

La mayor parte de los viajeros visita Tahití y se acerca en ferry a su vecina, Moorea. Ambas pertenecen al grupo de Barlovento de las Islas de la Sociedad, al igual que el pequeño atolón de Tetiaroa, donde vivió Marlon Brando con la polinesia

Tarita Teriipia. Se sumaron al mito de romanticismo y pasión que forjaron los primeros marineros europeos al conocer la belleza y libertad de costumbres de sus habitantes.

Desde Tahití se suele volar hasta las islas de Sotavento, en trayectos cortos y espectaculares que permiten contemplar desde el aire Raiatea, Tahaa y Huahine, sumergidas en la calma y el placer de una vida sencilla. Conviene dejar la incomparable Bora Bora para el final del viaje, porque su belleza sobrepasa cualquier imagen gráfica o literaria. Quien quiera completar el descubrimiento de la Polinesia Francesa debe visitar también los planos atolones de las Tuamotu y las escarpadas fortalezas rocosas de las Marquesas.

Bajo el influjo de la cocina francesa

Papeete, en la isla de Tahití, es capital de un gigantesco territorio habitado tan sólo por 275.000 personas. La modesta ciudad mezcla exotismo, edificios coloniales y un acogedor ambiente provinciano. En el pequeño centro urbano se concentra la actividad en torno al Mercado Central, rebosante de colores en las flores y frutas locales, en los pescados recién sacados del mar, y en la artesanía de sus tiendas.

Sentada bajo los grandes árboles purau y samanea, descansa la gente llegada de las islas menores, aturdidos por el ínfimo frenesí de una ciudad que no alcanza los 30.000 habitantes.

El pastor William Crook fundó Papeete al levantar junto al mar el modesto templo de Paofai que todavía se mantiene en pie. El puerto natural pronto se convirtió en el más activo de las islas, y desde 1827 fue residencia de la dinastía Pomare, que unificó bajo su corona el archipiélago de la Sociedad. Todavía quedan casas de madera pintadas de colores del tiempo en que Tahití era un protectorado, de 1842 hasta 1880, cuando pasó a ser colonia. Ahora es Territorio de Ultramar francés con alto nivel de autonomía.

Las calles que rodean el Mercado Central están llenas de restaurantes, cafés y tiendas en las que compran los tahitianos. La cocina tradicional cuenta con un número reducido de productos de alta calidad en frutas y verduras. Hay que probar el fruto del árbol del pan ahumado, el lechón asado con espinacas, y por supuesto los pescados frescos, con especial atención al “mahi mahi” y al atún marinado con lima y coco.

La influencia de la cocina francesa es general, y las asiáticas, en especial la china, van ganando terreno. Al contar con un turismo de alto nivel económico, los mejores restaurantes de cocina internacional se encuentran en los hoteles. Sobresalen Le Lotus en el Intercontinental o Le Velvet en el Tahiti Nui y, entre los independientes, es muy recomendable la cocina de autor de Le Coco’s, y las de Le Grillardin, L’O à la Bouche o La Corbeille d’Eau. La cerveza nacional es de marca Hinano, pero los caldos franceses protagonizan las cartas de vinos.

La isla del tesoro

Tahití, al igual que el resto de las islas, es el extremo superior de un edificio volcánico que se levanta desde el fondo del mar, a cuatro kilómetros de profundidad. La isla sólo tiene una carretera que sigue el litoral, enlazando lugares llenos de encanto. En Arue se conserva la tumba del rey Pomare V, el último de la dinastía, muerto en 1891. La costa abierta, sin arrecife, permite que los surfistas disfruten de buenas olas hasta Papenoo. Al otro lado de la carretera se levantan las montañas, con la dentada Diadema en lo más alto, donde se enganchan las nubes durante el día antes de dorarse en crepúsculos espectaculares.

Desde Tiarei se puede caminar hasta las cascadas de Faarumaï, atravesando un bosque de helechos y bambúes. En Hitiaa se recuerda que fondeó Bouganville con la Boudeuse, y, en Taravao, se puede ir hasta Tautira, la aldea en que Robert Louis Stevenson, autor de “La isla del tesoro”, vivió durante varios meses. A partir de Taravao se inicia la costa oeste, protegida por un cinturón de arrecifes coralinos que frenan las olas oceánicas, dejando entre los rompientes y las playas un lagoon, una laguna de aguas calmas, saladas y poco profundas, que caracteriza las islas más bellas de Polinesia. Papeari acoge hoy un Jardín Botánico de visita imprescindible y el Museo Paul

Gauguin que guarda el recuerdo del pintor que encontró en Polinesia el mito moderno del paraíso y vivió muy cerca, en Mataiea. Siempre al borde del mar se pueden ver el “marae” de Arahurahu, uno de los santuarios a cielo abierto donde se veneraba a los dioses y a los ancestros divinizados. En Punaauia se visita el Museo de Tahití y sus islas, para conocer a fondo una tierra poblada por navegantes llegados desde las islas de Tonga y Samoa, ocho siglos antes de Cristo.

Un estrecho de 17 kilómetros separa Tahití de la isla de Moorea, rodeada por un arrecife continuo que abraza el espejo del lagoon. Los mejores hoteles se agrupan en un breve espacio de la costa norte, y más allá sólo quedan casas dispersas de pescadores y agricultores en un ambiente de belleza y armonía donde siguen vivas las escenas de los cuadros de Gauguin.

Las mujeres se sientan frente al agua bajo los árboles y los pescadores venden sus capturas al borde del camino. No hay monumentos en Moorea, pero tiene dos fiordos, las bahías de Pao Pao y la de Opunohu, que se adentran desde el litoral en paralelo separadas por el monte Rotui.

Desde el fondo de la primera sale la carretera que sube al Belvedere, el mirador que posee la mejor panorámica de Polinesia.

Los paisajes de Gauguin

La calidad de los hoteles invita a disfrutarlos sin salir de su recinto de placer, pero la belleza de la isla invita circundarla y a visitar el famoso Tiki Village, donde muestran las casas, la música y danzas de los antiguos polinesios, y organizan cenas durante el crepúsculo. En ellas todavía cocinan con la técnica ancestral del “ahima’a”, que consiste en empaquetar los alimentos –cochinillo, pescados y verduras– entre dos capas de hojas de platanera. El conjunto se coloca sobre piedras volcánicas calentadas al fuego y se cubre con tierra para que se asen lentamente, consiguiendo sabores de extraordinaria calidad.

Raiatea ocupa, por su tamaño, la segunda posición entre las Islas de la Sociedad, y comparte un mismo anillo coralino con Tahaa. Es mucho menos turística que el resto, aunque guarda espectaculares paisajes de interior en torno al monte Toomaru, que supera los mil metros de altura. Pudo ser la primera isla de la Sociedad poblada por samoanos, que levantaron allí el principal centro religioso polinesio, el de Taputapuatea. Cada nuevo templo debía contener una piedra procedente de él. En Raiatea, muchos viajeros van a la marina de Apooiti para embarcarse en un velero de alquiler, que permite rodear la isla completa por el interior del lagoon, navegar en el río Faaroa, y cruzar a la vecina Tahaa para visitar plantaciones de vainilla y conocer el cultivo de ostras de las que extraen las fascinantes y exclusivas perlas negras.

El paraíso terrenal

Bora Bora es una obra de arte de la naturaleza. Un largo círculo de “motus”, los islotes de arena coralina cubiertos de cocoteros, dibuja el contorno de una caldera volcánica hoy sumergida. La línea blanca de los rompientes separa las aguas azules del mar abierto de las turquesas del interior, en cuyo centro se levantan los montes Otemanu y Pahia. El lagoon forma un acuario natural rebosante de vida marina que no tiene competencia por la transparencia y belleza de sus colores.

La isla empezó a atraer viajeros después de la II Guerra Mundial, cuando muchos soldados de Francia, Estados Unidos y Japón difundieron la excepcional hermosura del lugar. Para ellos se construyeron hoteles del máximo lujo con exclusivos bungalows levantados sobre el agua, con terrazas desde las que zambullirse a cualquier hora del día o de la noche. Desde entonces, su prestigio no ha dejado de crecer y ha llegado a ser el destino más deseado del planeta.

Bora Bora tiene mucho que ver en los 30 kilómetros de su perímetro. En la diminuta capital, Vaitape, se ubican los mejores restaurantes de cocina francesa, en especial Mai Kai Bora Bora o el reputado St James, no muy lejos del precioso Matira Beach con su buen sushi, del Lagoon del St. Regis Resort, y del magnífico La Villa Mahana, en el camino a la Punta Matira, una lengua de arena cubierta de cocoteros que parece disolverse en la laguna azul, con extraordinarias puestas de sol.

La isla es ideal para disfrutar de emociones inolvidables en el lagoon, nadando entre cardúmenes de mil colores, buceando entre mantas rayas, tortugas o inofensivos tiburones con aletas de punta negra, o navegando en lanchas a vela con balancines para bañarse y comer en un motu, frente al mar abierto.

La sensación de plenitud que se apodera del viajero responde al esplendor de la naturaleza y la belleza del paisaje. A la dulzura de las gentes de Tahití y a la conciencia de encontrarse en el centro del océano Pacífico, casi en nuestros antípodas, alejados del resto del mundo y sus conflictos. La calidad de los hoteles y de su gastronomía contribuyen a convertir el viaje a Polinesia Francesa en una inmersión en el escenario de irreal perfección donde se respira el perfume de la felicidad.

Guía práctica

Cómo llegar

No hay vuelos directos a Tahití desde España. Se puede llegar vía París con Air France, o vía Santiago de Chile con LAN. A partir de 1.700 € i/v. La mejor época para ir es durante el verano polinesio, entre noviembre y mayo. Información. tahiti-tourisme.es

Dónde dormir

Le Méridien Tahiti

Hotel de lujo con cabañas en el lagoon, en la costa oeste de Tahití. Excelentes instalaciones modernas y servicio. Buena oferta gastronómica en el restaurante Le Carrée. Desde 229 euros habitación doble.

Hotel Tahiti Nui

Hotel urbano de calidad, muy bien situado, céntrico, con magníficas instalaciones, buen restaurante, Le Velvet, y extensa bodega. Desde 165 euros habitación doble.

Four Seasons Resort Bora Bora

El emblema del lujo en Bora Bora son las cabañas sobre el agua turquesa de este hotel excepcional situado en Punta Matira, con servicio exquisito y formidables puestas de sol. Bungalow sobre el agua desde 1.194 euros.

Sofitel Bora Bora Marara Beach Resort

Situado en la bahía de Matira, los bungalows sobre el agua ofrecen una experiencia hotelera y de disfrute del lagoon de alta calidad desde 436 euros.

Moorea Pearl Resort & Spa

Ideal para disfrutar la belleza y calma del lagoon de Moorea, cuenta con la mayor infinity pool de la isla y un amplio programa de actividades, a sólo 3 km de la bahía de Cook. Bungalow sobre el agua desde 321 euros.

Hilton Moorea Lagoon Resort and Spa

Las típicas cabañas sobre el agua junto a playas de arena blanca, piscinas, spa y buena restauración en uno de los rincones más encantadores de Moorea, con la calidad Hilton. Bungalow sobre el agua desde 592 euros, bungalow con piscina desde 344 euros.

Maitai Lapita Village Huahine

Idílica instalación hotelera en la costa, entre la playa y un lago cubierto de nenúfares. Inmerso en la vegetación, ofrece una experiencia directa de una isla casi intacta. Bungalow Premium desde 296 euros.

Dónde comer

Le Coco’s

Tahití, Punaauia

Cerca de Papeete, ofrece brillante cocina francesa de autor en la costa oeste, con incursiones en cocina mediterránea y asiática. Gran bodega y exquisita presentación.

Le Lotus

Tahití, Papeete

Instalado en el hotel Intercontinental Tahiti Resort, ofrece excelente cocina francesa y rica bodega en uno de los mejores restaurantes de la isla, con fabulosas vistas sobre las puestas de sol frente a la isla de Moorea.

Le Grillardin

Tahití, Papeete

Restaurante clásico de cocina francesa de alta calidad, elaborada con productos frescos locales. Especial atención a los pescados, los postres y a la buena bodega.

La Villa Mahana

Bora Bora

Pequeño restaurante de ambiente romántico, íntimo, con obras de artistas tahitianos, que solo sirve a seis parejas por noche. Realiza un menú de cinco platos de alta cocina francesa, elaborados con productos frescos locales, y maridaje de vinos. Imprescindible reservar.

St. James

Bora Bora, Vaitape

Perfecta combinación de emplazamiento junto al agua, cocina excelente y buen servicio. Recomendables los pescados, mahi mahi y atún, y las carnes de importación. Para muchos la mejor opción en la isla.

Lagoon Restaurant by Jean-Georges

Bora Bora, The St. Regis Bora Bora

Resort

Cocina de extrema calidad en un hermoso restaurante de hotel, a cargo del reputado chef afincado en N.Y. Jean-Georges Vongerichten, que combina la sólida base francesa con la influencia asiática para una experiencia memorable.

Matira Beach

Bora Bora, Matira Beach

En uno de los lugares más hermosos de la isla, junto al agua, con puestas de sol de ensueño. Su cocina ligera se especializa en sushi, en pescados, mahi mahi, atún, y en mariscos frescos, langosta y vieiras.

 

Etiquetas: turismo, gastronomía, Viaje a la Polinesia Francesa, El perfume de la felicidad, Polinesia Francesa, Viaje,

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