Viaje a Dubrovnik

Por la rivera croata

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Autor: Enrique Domínguez Uceta
Fecha Publicación Revista: 01 de noviembre de 2017
Fecha Publicación Web: 01 de noviembre de 2017

Croacia es uno de los destinos de moda en Europa. Su larga costa, paralela a la de Italia al otro lado del Adriático, se prolonga hacia el sur acompañada por una conste­lación de islas seductoras que forman un laberinto placentero en el que se suceden las calas de aguas limpias de color turque­sa, los pequeños pueblos con puertecitos pesqueros llenos de tipismo y las laderas cubiertas de cipreses que se asoman a un litoral de espectaculares puestas de sol.

El sur de Croacia forma una estrecha franja de terreno entre las montañas y el mar, en el límite del país con Bosnia-Herzegovina y Montenegro, y en ese extremo meridional se levanta Dubrovnik, una de las ciudades más bellas del Mediterráneo.

La rival de Venecia

Fue la capital de la república de Ragusa, aliada y rival de Venecia durante siglos, dedicada al comercio y con una flota de  doscientos navíos, cuyas riquezas transfor­maron Dubrovnik en un emporio de excep­cional desarrollo cultural y de incomparable hermosura urbana, que ha conservado su unidad y sus monumentos, y se encuentra en la lista del Patrimonio de la Humanidad. A su valor arquitectónico se une la belleza de los territorios vecinos, la costa amena de encantadoras playas, islas de calma como Lokrum, Šipan, Mlejet o Korula, y el fértil va­lle de Konavle. Juntos, han consolidado una verdadera Riviera cosmopolita dedicada a disfrutar del mar, del paisaje, de pueblos pintorescos y de la calidad creciente de sus restaurantes.

La ciudad, pese a estar encerrada en un poderoso y completo recinto fortificado medieval, transmite en sus calles un per­fume palaciego, renacentista y barroco, de acentos venecianos. El conjunto urbano en torno al puerto formaba el núcleo de la di­minuta república de Ragusa, que hizo de su poder naval, de la diplomacia y del comer­cio, la seña de identidad de su excepcional historia. El casco antiguo está atravesado por la Placa o Stradun, la amplia avenida principal, más bien un salón urbano que enlaza la entrada oeste con el puerto viejo.

Al Stradun asoman iglesias, conventos y pa­lacios, en una secuencia que evoca el tiem­po de esplendor de Dubrovnik. Alrededor de la columna de Orlando se concentran los edificios y espacios más interesantes: el palacio del Rector, el Sponza, el del Gran Consejo, la catedral y la iglesia de San Blas, protector de la república. Un par de travesías conducen al puerto, al que asoma la fastuosa terraza del restaurante Gradska Kavana Arsenal, con vistas a los barcos, a la fortaleza de San Juan y a la costa.

El recinto histórico es reducido y peato­nal, ideal para pasear a pie, en busca de pla­zas tan acogedoras como la del poeta Ivan Gunduli, donde cada mañana se celebra el mercado de frutas y verduras, o la que con­tiene la Gran Fuente de Onofrio junto a la puerta de Pile. Pero si algo llama la atención es la manera en que el espacio público se cubre con mesas de bares y restaurantes para hacer de Dubrovnik un monumento a la oferta gastronómica. El mejor ejemplo es la estrecha calle Prijeko, atestada de terra­zas, sólo interrumpidas por las escalinatas que suben desde Stradun.

Un escenario de película

Resulta imprescindible rodear la ciudad caminando sobre sus murallas, elevadas sobre el mar, para observar sus rojos teja­dos y las islas vecinas abrigando la costa. Muchos visitantes acuden en busca de los escenarios de rodaje de Star Wars y de Jue­go de Tronos, y luego suben en el teleférico hasta el alto mirador que domina el casco medieval y el mar, de gran belleza cuando el sol se pone sobre las aguas del Adriático. Es el mejor momento para regresar a la zona vieja en busca de sus mejores restaurantes, que abren todo el año.

En un lugar que parece un escenario romántico, no pueden faltar los cocineros dispuestos a prolongar el encanto hasta las experiencias gastronómicas. Es recomen­dable la cocina de Proto, un restaurante de pescados y mariscos, con larga tradición de estricto respeto al producto. En Kopun se mima la cocina tradicional de Croacia, en una agradable terraza junto a la iglesia de San Ignacio. Destacan también los menús del bistró Tavulin (tavulin.com), o de Azur (azurvision.com). Si se prefieren restauran­tes con vistas al mar hay que visitar el ele­gante 360°, ubicado en la muralla con vistas sobre el puerto, o la terraza de Nautika, al pie de las fortalezas de Lovrijenac y Bokar.

Del mar y la montaña

El territorio que rodea Dubrovnik está lleno de encanto, de tierras y aguas marinas que aportan los buenos productos que llegan a sus restaurantes. Del mar proceden las ostras frescas de Ston, los camarones, me­jillones, calamares y el pulpo. Sin olvidar la calidad de la pasta, hay que probar también el jamón ahumado de Dalmacia, los quesos artesanos, y las carnes de pato y de ternera. En muchas cocinas preparan un delicioso risotto negro con calamares, cebada cre­mosa con camarones, y el excelente ragú de pulpo, reservando la salsa buzara, a base de ajo, perejil y vino blanco, para moluscos y crustáceos.

Ninguna visita a esta parte de Croacia estará completa sin recorrer la Riviera que se extiende a ambos lados de Dubrovnik. Viajando hacia el sur, en media hora se llega al conjunto de Cavtat, la Epidaurum griega y romana, que ocupa una deliciosa y diminuta península rodeada por un mar de color esmeralda. El pueblo es un remanso de paz, con un precioso conjunto de casas de piedra asomadas a un agradable puerto del que salen los barcos para navegar hasta las islas cercanas. Además de hoteles y res­taurantes con encanto, guarda un rico patri­monio cultural en la galería Vlaho Bukovac y en la iglesia de San Nicolás, además del Mausoleo de la familia Racic, al que se llega ascendiendo entre los pinos hasta la parte alta de la península, para extender una mi­rada espectacular sobre montes y playas.

Entre viñedos y folklore

El valle de Konavle, a poco más de veinte ki­lómetros al sureste de Dubrovnik, conserva lo mejor de la tradición y el folclore del sur de Croacia. Ocupa una plataforma que se extiende entre el mar y los Alpes Dináricos, cubierta de olivos y viñedos de pura esencia  mediterránea. El agua que baja abundante de los montes forma el río Ljuta, que crea un vergel interior, riega los campos y mueve los molinos del entorno natural de Divanovi. La zona no sólo cuenta con el mejor turismo rural del país, también posee viñedos y bodegas familiares en las que se vuelven a criar los vinos tradicionales.

En el valle, la bodega Karaman ha recuperado el antiguo vino de malvasía de Dubrovnik, que en otro tiempo era conside­rado medicinal y sólo bebían los nobles. Hoy es un placer degustarlo entre los viñedos, comprobando porqué este caldo de Kara­man, llamado Prošek, ha sido reconocido como el mejor vino dulce de malvasía del mundo. Muy cerca se encuentra el restau­rante Konavoski Dvori, ideal para probar el jamón curado local, los quesos artesanales en aceite de oliva, y el delicioso plato de carnes de ternera y cordero preparadas en peka, una cazuela cerrada que se entierra en brasas para que se cocine lentamente durante dos horas.

Cilipi es la joya del folclore croata. Un pueblo minúsculo que cuenta con el museo etnográfico del valle de Konavle, y se con­vierte en escenario de bailes y de música folclórica todos los domingos, entre Pascua y el mes de octubre. Ese día se puede ver a los croatas paseando con los maravillosos trajes tradicionales y asistir a los bailes populares que celebran a la salida de misa ante la iglesia de San Nicolás.

El paraíso adriático

Viajando Dubrovnik hacia el noroeste, se recorre una costa recortada en la que abundan rías, playas, penínsulas e islas que forman un paraíso adriático. La carretera pasa junto al puerto moderno, visitado por los grandes barcos de crucero, y continúa por el litoral, cubierto de pinos y cipreses, abriendo vistas formidables sobre las largas islas que corren paralelas a la costa.

En menos de una hora se llega a Ston, en el acceso a la larga península de Pelješac, que se adentra setenta kilómetros en el mar. Ston es un pueblo del siglo XIV, con la mu­ralla más larga de Europa que enlaza con la elevada fortaleza. Desde ella se contempla el caserío en la parte baja, con su puerto, junto a unas enormes salinas, activas, que ya estaban funcionando en el siglo II antes de Cristo. Al otro lado se extiende la bahía de Mali, criadero de las excelentes ostras de Ston, famosas en toda la región, que se pueden degustar en los restaurantes locales, en mesas como las de Bakus, que también ofrece mejillones, sardinas, pulpo y pescados recién sacados del agua.

La península de Pelješac es famosa por sus vinos, elaborados con uva plavac mali, que se cultiva en reducidas parcelas de suelos arenosos. Cuenta con valiosas bodegas familiares como Miloš (www.milos. hr), de gran personalidad y presencia en mercados internacionales con su marca Stagnum. También se crían estupendos vinos en las cercanas zonas de Dinga y Pos­tup. Avanzando por la península se llega a Orebidonde se puede tomar un barco para cruzar a Korula, una hermosa isla famosa por sus vinos blancos Pošip y Grk y por ser el lugar en que se supone nació el viajero y escritor Marco Polo.

En las islas y en el valle de Konavle se han centrado en la producción de vinos de calidad y de productos orgánicos para abastecer a una nueva generación de restaurantes que se expresan a través de la cultura culinaria croata. Es un placer visitar el entorno de Dubrovnik, sus aguas de ensueño, sus restaurantes y sus vinos, aplicándonos el proverbio que los croatas dedican al pescado, diciendo que el mejor es aquel que se ha bañado tres veces, primero en el mar, luego en aceite de oliva y finalmente en buen vino.

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