Costa Amalfitana

La ruta de la felicidad

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Autor: José María Llorente
Autor Imágenes: José María Llorente
Fecha Publicación Revista: 01 de enero de 1970
Fecha Publicación Web: 30 de diciembre de 2015
Revista nº 431

Desde Nápoles a Positano, y de Praiano a Capri, la ruta de la felicidad sigue la famosa Costa Amalfitana, una de las más conocidas del Mediterráneo. Con sus acantilados de vértigo, el mar de un azul marino intensísimo y bahías y cuevas que dejan sin respiración, esta línea costera ofrece un impresionante viaje a todos aquellos que amen la magia del sur de Italia. Con los grandes hoteles, restaurantes y locales de ocio visitados por las personalidades que convirtieron en un mito esta parte del Mare Nostrum. Hay un antes y un después de haberla visitado. Parece que uno entiende mejor a Tiberio, que fue un compañero de viaje, tiempos aquellos que los dioses preserven.

Este viaje iniciático al éxtasis y al glamour de lo realmente bello empieza por atravesar la locura urbana de Nápoles. Ciudad llena de reminiscencias para el español, está salpicada constantemente de monumentos y palacios. Parece como si sus habitantes fueran la mitad príncipes y la otra mitad pícaros. Las imágenes de vírgenes y santos comparten protagonismo con cierta estética de la camorra, todo muy napolitano.

Es una ciudad para perderse, en todos los sentidos. Lo más recomendable es callejear y descubrir mil y un rincones. Y a la hora de comer respirar hondo y seguir lo que el olfato nos dicte; jamás nos equivocaremos en este pequeño reino de trattorias y singulares restaurantes. Las mejores pizzas del mundo y una canción en cualquier esquina. Tre piatti e vino a volontà, junto con un acordeón que se muere de nostalgia sorrentina.

Después de tanto deambular de un sitio para otro nada mejor que recalar en el bar del Hotel Excelsior o del Vesubio para dar buena cuenta de alguno de sus refrescantes cócteles, disfrutando de una de las vistas más hermosas de la ciudad y dejar que el tiempo pase en la terraza mientras se contempla indolente el Vesubio.

Tanto el Vesubio como el Excelsior son dos de los históricos hoteles de Nápoles. Testigos mudos de innumerables secretos políticos, de amor y sexo. Nadie que se precie ha dejado de dormir en sus habitaciones.

La tarde se va imponiendo y con la fresca la ciudad se viste de gala para disfrutar al máximo de la noche. Mujeres y hombres salen entonces a lucirse con el diseño de los mejores modistos italianos. Una multitud de vespas recorre las calles llevando a las nuevas princesas envueltas en gasas de Dolce&Gabbana o Armani.

Nos decantamos por el restaurante del hotel Parker, un clásico entre los clásicos. Construido en un principio como residencia del príncipe Salvatore Grifeo, hoy es parada obligatoria de viajeros elegantes, reyes, jefes de estado y celebridades de todo tipo que han disfrutado del arte de la hospitalidad napolitana. Merece la pena cenar en su terraza y adentrarse poco a poco en los secretos de la cocina regional. Cuenta, además, con una soberbia selección de puros y champagne.

Santa Agata Sui Due Golfe

Una carretera panorámica sobre el golfo de Nápoles y Salerno nos lleva directamente a este pequeño pueblo donde se encuentra el restaurante Don Alfonso, en el que la tradición familiar se pone al servicio de una cocina brillante, centrada en vegetales y aceite de oliva virgen extra de producción propia. Es, sin duda alguna, el gran restaurante del sur de Italia. Su alma mater es Alfonso Iaccarino, junto con su encantadora esposa Livia y sus hijos.

La familia ha creado un remanso de paz y junto al restaurante han abierto un hotelito acogedor para descansar de tanta maravilla. La cocina funciona como una orquesta perfectamente sincronizada. La finura en el empleo de la harina y el agua convierte sus pastas en una experiencia mística; sus tomates hacen que la naturaleza invada el plato. El salmonete es una explosión marina, olas y olas acompañadas por la rúcula, descubren un Mediterráneo distinto, intenso, profundo.

Hacia el paraíso en la tierra

La carretera, que va siguiendo la costa, es una locura de pequeños coches y autobuses que parece que fueran a caer en cualquier momento por el precipicio. Sin embargo, lo que prevalece es el olor de los limoneros y los naranjos. El paisaje estremece como solo puede hacerlo el antiguo olor a la manzanilla silvestre o el aroma acre de las higueras de los campos. Las buganvillas se apoderan con sus potentes colores de las fachadas blancas de las casas. Se puede literalmente oler los limones y las naranjas.

Positano. Elegante y simple, bella y hospitalaria, esta deliciosa localidad se desparrama por la ladera de la montaña y vierte sus estrechas callejas a un mar tranquilo y hermoso.

Es como un nido de pequeñas casas blancas y de mil colores cuyas pérgolas revientan de flores. Positano sigue siendo parada obligatoria del turismo de altos vuelos: sus anticuarios, galerías de arte, restaurantes, bares... Pero la joya de la corona es il San Pietro di Positano, uno de los hoteles más encantadores del mundo. La armonía entre el lujo y la simplicidad es el secreto de su excelencia.

Sentados al anochecer en su terraza vemos la costa brillar como un collar de perlas. Situado a 100 metros sobre el nivel del mar, yace incrustado en la ladera de las rocas volcánicas. Alrededor, mar, islas y una vista panorámica de las coloridas casas de la villa de Positano.

Andrea, culto y divertido, narra todas las anécdotas posibles sobre los famosos visitantes que el hotel ha tenido y aconseja el uso del ascensor para salvar los ochenta metros de desnivel que lo separan del Beach Club.

Una playa fantástica y privada con un encantador restaurante, Il Carlino, que ofrece unos mejillones y almejas cocinadas al momento que quitan el hipo por lo frescas y sabrosas.

Disfrutamos de un día de sol dando cuenta de un Privilegio dei Feudi di San Gregorio, extraordinario blanco con el que acompañar una mozarella a la brasa con hojas de limón. Se sirve el queso entre dos hojas de limonero, solo para dar sabor; se sirve con albahaca, berenjena y calabacín a la plancha.

Casa Angelina

En el pequeño pueblo de pescadores, Praiano, se respira la calma del Mediterráneo. Una localidad de gente tranquila, una iglesia de 1588 dedicada a San Luca Evangelista, unos cuantos barcos... Casa Angelina es un precioso hotel blanco por fuera y por dentro, con multicolores obras de arte en cristal de Murano y unos inmensos ventanales para contemplar unas espectaculares vistas del Mediterráneo. Sthendal se hubiera muerto de su propia enfermedad al contemplar el sol estrellarse en el mar, derretirse y morir en Capri. Este hotel participa de un concepto vanguardista del hospedaje, en donde el lujo se muestra sin agobios. Lo mismo que los clientes, que pueden caminar descalzos por sus maravillosos suelos.

Annarita Aprea lleva la voz cantante y relata que su creador, Tonino Cappiello, se inspiró en sus viajes por el mundo para crear este hotel dedicado a gente que ama el gusto pero no de manera pretenciosa. Casa Angelina cuenta con su propio huerto y un delicioso restaurante, Un Piano Nel Cielo, al frente del cual se halla Vincenzo Vanacore, que ha sentado en sus mesas, entre otros, a Madonna, Armani y Sofía Loren. Dispone de una carta de aguas con más de 28 referencias y una bodega con múltiples referencias italianas. Dando buena cuenta de su propio espumante disfrutamos de unas gambas imperiales con patata, tomate y burrata y unos increíbles espagueti con calamares pequeños, tomates secos y tomate en salsa. Se hace muy difícil partir de Casa Angelina.

Amalfi y los limoncellos

Este pueblo costero afianza su fina estampa entre limoneros y se precipita hacia un mar antiguo por el que arribaron griegos, romanos, cruzados y piratas. Sus noches perfumadas de limón desde el histórico hotel Santa Caterina. Rodeado de limoneros y naranjos, es una idílica residencia en la que la luz, el espacio y el color son parte integrante de la arquitectura. La habitación se convierte en un palco al Mediterráneo. La terraza, a rebosar de buganvillas y glicinias, enmarca una de las vistas más hermosas de Amalfi.

Pino, el maître de su restaurante, se convierte en un perfecto introductor a la cultura amalfitana: “Siempre se ha consumido lo que el hombre encuentra a su alrededor. Somos muy afortunados y tenemos peces y limones, que hacen la vida fácil. Formamos parte de las vacaciones de la gente, un tiempo muy importante”, nos cuenta mientras sirve unos ravioli di zucchine al limone con formaggio fresco de búfala, que constituyen el mejor plato que hemos probado estos días.

Su creador, Domenico Cuomo, nos sorprende con una crudità di pesce con pescato del giorno, gamberi e scampi recién traídos del puerto. Nos despedimos con un desayuno desde la terraza del Santa Caterina contemplando como el sol juega con las casas de Amalfi y disfrutando de salamis, quesos, conservas, aceites, panes, todo casero.

Amalfi es bien conocida por su delicioso limoncello, un licor que guarda el oro amarillo de los limones amalfitanos de gusto exquisito. Los limones se plantan como los viñedos y de hecho parece que todo Amalfi esté rodeado de ellos.

Dicen que debido a los limones y a los mil y un escalones que hay que subir y bajar hay poca mortalidad y la gente llega a vieja en perfecto estado. Una de las escapadas obligadas es Ravello y sus mundialmente famosos conciertos que tienen lugar en Villa Rufolo, construida en el siglo XIII por una de las familias más ricas de la época, los Rufolo, que aparecen mencionados por Boccaccio en el Decameron. En esta villa se inspiró Richard Wagner en 1880 para la escenografía de Parsifal. Los conciertos son al aire libre en su espléndido jardín sobre el mar.

Capri, donde habitaron los dioses

El refugio de las sirenas, según Homero, fue el destino favorito de los emperadores romanos. Augusto se construyó una villa de recreo con vistas al mar Tirreno; pero fue su sucesor, Tiberio, quien se retiró a Capri el 27 d.C. y, en la cima del Monte Tiberio, construyo la Villa Jovis, escenario de las más depravadas orgías, según Suetonio. Mil novecientos años más tarde este lugar se convirtió en Il Fortino, la casa favorita de Mona von Bismark.

Por aquel entonces Capri ya había sido tomada por algunos aristócratas que encontraron en esta isla un refugio ideal. Hubo una nutrida colonia de escritores británicos, liderados por Somerset Maugham, a los que poco después se unió Graham Greene. Tras la Segunda Guerra Mundial llegaron los norteamericanos, entre los que destacaron los jovencísimos Truman Capote, Gore Vidal y su mentor, Tennessee Williams. En los años cincuenta ya era el destino favorito de la jet-set internacional.

En la antigua Piazzetta Central de Capri, saturada de exclusivas boutiques, estrellas de Hollywood como Grace Kelly, Rita Hayworth, iconos como Brigitte Bardot, Greta Garbo, Maria Callas y la imprescindible Jacqueline Kennedy, realizaban sus compras y tomaban sus aperitivos.

Hoy, el relevo viene de la mano de Sofía Loren, Harrison Ford, Valentino o Tom Ford. Desde esta piazzeta se accede por una preciosa vía hasta el Hotel Punta Tragara, el más elegante de la isla. Su extraordinaria ubicación regala a los huéspedes la posibilidad de observar desde la propia habitación los famosos Faraglioni.

El Punta Tragara fue una apuesta personal del Conde Manfredi, basado en un proyecto de Le Courbusier, se trata de un edificio emblemático lleno de historia. En su restaurante, Nando Arcucci prepara un rissotto de cangrejo al limón, no sin antes disfrutar de una copa de champagne en la hermosísima piscina rodeados de obras de arte vanguardistas.

Las sirenas del glamour siguen cantando en las grutas de Capri. Pocos lugares pueden presumir de tanta historia, tanta belleza, literatura y cine.

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