Tokio ha superado los 37 millones de habitantes, que viven en un complejo sistema de megaestructuras, puentes, rascacielos y autopistas en torno a un puerto gigantesco. Y, a pesar de ello, conserva zonas donde lo modesto, lo personal y lo selecto se dan la mano, ofreciendo calidez y cercanía en uno de los mayores enjambres humanos de la historia. Más allá de las tiendas exquisitas de Ginza y Omotesando, de la velocidad de los tokiotas en el cruce de Shibuya, del popular templo de Sensōji en el distrito de Asakusa, o del universo kawaii –adorable– de la calle Takeshita, en algunos lugares, Tokio atesora la tranquilidad de un pueblo. Las viejas casas de madera entre jardines transmiten el ritmo pausado y sensorial de la vida tradicional en Japón. La ciudad se remansa en Yanaka, en Ebisu, Meguru o Kagurazaka, en los que la vida tiene el sabor de otro tiempo y el alma japonesa encuentra oportunidades para el disfrute sosegado. Estos barrios se han llenado de entrañables tiendas de comida y restaurantes de escasa capacidad, en los que sólo admiten los comensales que puede atender su propietario cada noche, donde el cuidado y el mimo personalizado se aplica a una gastronomía tradicional que otorga el protagonismo a la calidad del producto.
Patrimonio exquisito
Para conocer la presencia del pasado en el Tokio del s. XXI hay que pasear por los jardines del Palacio Imperial y descubrir la descomunal fortaleza rodeada por un gran foso-lago desde la que se dirigió el país en la brillante época Edo (1603-1868). Otra visita imprescindible es la del Museo Nacional de Tokio para sumergirse en el edificio Honkan, la Galería de Japón, la más antigua del país, con una antología insuperable de arte japonés. El Museo Nacional de Tokio se sitúa en el parque de Ueno, que reúne la mayor colección de instituciones culturales de la ciudad, entre ellos el Museo Nacional de Arte Occidental, diseñado por Le Corbusier, Patrimonio de la Humanidad, repleto de obras de los maestros modernos. Después de visitar el sereno santuario sintoísta de Meiji-jingū, sumergido en un gran bosque urbano, el frenético cruce peatonal de Shibuya o el mercado de pescado más grande del mundo en su nueva ubicación de Toyosu, merece la pena ir en busca del Tokio menos denso, donde se guarda el perfume del Japón antiguo, en los barrios de Yanesen, Daikanyama, Naka-Meguro o en los abigarrados callejones gastronómicos de Golden Gai, Shinjuku o Tsujiki.
Yanesen
Junto al parque de Ueno se extiende Yanesen, la suma de tres barrios deliciosos; Yanaka, Nezu y Sendagi, que se salvaron de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Aún mantienen las callecitas estrechas y las viviendas individuales de baja altura con estructuras de madera, repartidas entre docenas de santuarios. El paseo por Yanaka permite visitar numerosos templos, Gyokurin-ji, Kannoji o Daisenji, contemplar antiguas casas de comerciantes, con la tienda en la planta baja y vivienda en la superior, y curiosear galerías de arte como SCAI the Bathhouse, ubicada en una antigua casa de baños. Yanaka se ha llenado de diminutos locales, cafés y espacios gastronómicos, acogedores y relajados. El café Kayaba, con más de un siglo de historia, ofrece repostería, a su lado, en otro reducido establecimiento de octava generación, menús tradicionales con un recomendable tofu frito en salsa de champiñones. Varias confiterías hacen compañía a estudios de artistas, librerías de segunda mano, tiendas de tatamis, cervecerías como la desenfadada Yanaka Beer Hall, la encantadora casa de té Hanashige o restaurantes con el sello del propietario en Fudeya, Gallery Okubo o Kawazu. Por la calle Gotenzaka se llega a Yūyake Dandan, la Puesta de Sol, un mirador orientado al oeste, desde el que desciende una escalinata hasta Yanaka Ginza, repleta de comercios de comida para llevar, restaurantes, vinotecas y pescaderías, con la gente tomando cerveza delante de los locales a la caída de la tarde. En Kobayashi Chicken sólo preparan pollo, en Sharaku están especializados en carne de Kobe, Hatsuneya en tempuras y en Fukushima Shoten trabajan con pescados y mariscos frescos, siguiendo la tendencia de negocios especializados en un solo producto.
Creatividad tranquila
El encanto de los pequeños edificios se encuentra también en la zona residencial de Daikanyama y Naka-Meguro, junto al precioso canal Megurogawa, orillado de paseos a la sombra de los cerezos. En sus calles se acumulan museos, boutiques de moda de diseño y negocios de vanguardia, con presencia de artesanos, artistas y restaurantes, siempre acogedores y exquisitos. A las boutiques alternativas como Okuro o Vase, a las cafeterías hípster del tipo de Onibus Coffee Nakameguro o al delicioso katsusando de carne de wagyu en Wagyumafia The Cutlet Sandwich, se suma el fantástico complejo de librería y restauración Daikanyama T-site, un paraíso del ocio entre jardines y publicaciones. Otro paseo placentero es el que ofrece el entorno de Kagurazaka, donde se acudía en busca de la compañía de las geishas. Hoy mantiene la belleza de los vericuetos empedrados orillados de pequeños cafés, reposterías y tiendas alrededor del santuario Akagijinja, en la versión moderna que ha diseñado el arquitecto Kengo Kuma. Kagurazaka es un destino gastronómico con muchos restaurantes de estilo tradicional –ryotei– donde todavía es posible celebrar un ozashiki –comida amenizada por geishas–. Los callejones Geisha Shindo y Honda Yokocho acumulan los mejores comedores. Atención a la vitalidad nocturna de Golden Gai, en Shinjuku, que reúne más de doscientos minúsculos locales ideales para comer y beber curioseando la excéntrica personalidad de cada propietario, en una vibrante suma de ofertas singulares muy populares.
Nikko y Kamakura
Tras el ajetreo tokiota hay dos destinos cercanos a la capital que se pueden conocer en excursiones de un día. En un par de horas se llega hasta Nikkō, un bello paisaje natural de montañas cubiertas de bosques, con lagos y cascadas, que acoge un enorme repertorio de santuarios de asombrosa exuberancia arquitectónica y decorativa, máxima expresión del refinamiento del periodo Edo. Entre los templos declarados Patrimonio de la Humanidad destaca el conjunto de Tōshō-gū, que combina el esplendor de los edificios con la calidad y ternura de detalles escultóricos: el gato dormido, los elefantes inventados o los tres monos que invitan a no ver, no oír y no hablar... del mal. A menos de una hora de la ciudad, hacia el sur, se encuentra Kamakura, que fue capital de Japón durante los ss. XII al XIV, con dos largas playas asomadas a su bahía y varios templos extraordinarios. El más famoso es Kotokuin, que acoge una gran estatua en bronce –11,4 m– de Buda sentado. Otro santuario budista imprescindible es Hasedera, originario del s. VIII, en cuyos jardines se pueden ver cientos de estatuillas dedicadas por sus padres a los niños fallecidos o nonatos, por ser el templo de Kannon y Jizo, que representan la compasión infinita. En la parte más alta del complejo se sitúa el edificio principal con una estatua de Kannon de 9 m, junto a un espléndido balcón sobre la ciudad y la bahía. A mediodía, la calle peatonal Komachi es un hervidero de animación en el que se mezcla gente que va de compras con los escolares que salen del colegio y algunos viajeros que disfrutan de la abigarrada suma de tiendas, bares y restaurantes en pleno centro. La abundancia de templos en Kamakura ha desarrollado una vocación local en la comida vegana, aunque también cuenta con buenos especialistas en mariscos y pescados frescos, elaborados con la calma, paciencia y amor por la perfección que atesora la cultura japonesa, y que se expresa en lugares fáciles de descubrir en el interior y el entorno de la mayor urbe del mundo.