Si la creación de las DDOO en sus inicios permitió la promoción de la calidad de los vinos españoles en el mercado internacional, protegiendo de imitaciones y fraudes, a la larga acabó siendo un sistema inmovilista que ha dejado poco margen a la experimentación y la creatividad, siendo en muchos casos impedimento para que algunas bodegas y sus vinos hayan alcanzado prestigio precisamente por estilos personales. Esto, a su vez, ha causado constantes cambios en sus pliegos de condiciones, a veces provocados por las demandas de los propios viticultores y a veces con más lentitud de lo que sería deseable.
El valor del origen
Para identificar vinos con un origen aún más específico y restrictivo, llegó la regulación sistemática de “unidades geográficas menores”, desglosadas por jerarquía –villa, paraje, parcela– a finales de la década de 2010, aunque históricamente existían menciones a pagos o fincas. Liderada por El Bierzo, casi de forma paralela, la DOCa Rioja introdujo cambios para incluir los vinos de Municipio y los Viñedos Singulares, reforzando el valor del origen geográfico reducido frente al sistema tradicional basado solo en el tiempo de crianza.
La idea es que cuanto más pequeña sea la identidad geográfica, mayor será el valor.
Lo más reciente es la creación del colectivo VIR, Viticultores Independientes en Rioja, formado a principios de 2026, que agrupa a 38 pequeños productores de la DOCa dedicados a vinos de parcela, proyectos personales y una viticultura honesta. Este movimiento busca poner en valor el origen, la singularidad y el trabajo directo del viticultor en una denominación heterogénea, a través de la viticultura de pequeño volumen.
En esos cambios, crecen proyectos de jóvenes viticultores con pequeñas bodegas y con iniciativas innovadoras como la elaboración de espumosos en Rioja –en los 80 se hablaba en esta revista de los vinos a la francesa en la Rioja alavesa– y otras muchas zonas, blancos en Ribera del Duero y rosados en la mayoría de las bodegas donde tradicionalmente solo se han elaborado tintos, los vinos naturales o también llamados radicales, de los que ya hablábamos en el 96, y sobre todo un intento por recuperar variedades ancestrales, muchas veces extintas, y una definición de los suelos, con el fin de obtener vinos con más carácter o de más calidad, adaptando sus productos a las demandas actuales de los mercados.
La fiebre del blanco
El blanco es, junto a los espumosos, el vino emergente en todo el mundo, tanto que en 2024 su consumo superó por primera vez al de tintos. Club de Gourmets ya vaticinó en 1997 la moda del albariño en una columna de nuestro colaborador en EE. UU., Helio San Miguel.
Los cambios de gustos del consumidor español suponen un 40 % del total del consumo en blancos, mientras el tinto y el rosado suman el 60 %. Es significativo el impulso de los blancos en Rioja, aumentando para ello el plantel de variedades autorizadas en la DOCa, la inclusión de vinos blancos en la Ribera del Duero y hasta la aparición de los llamados vinos de pasto en zonas de vinos generosos, esos blancos sutilmente enriquecidos con notas de crianza biológica que podrían ser novedad en los reglamentos de las DDOO Jerez y Manzanilla.
Dos variedades protagonizan los blancos de moda: godello y garnacha blanca. También maturana blanca, malvar, albarín o los diferentes albillos son variedades emergentes para un consumidor que busca novedades y otras como malvasía o la moscatel pueden ser la alternativa en zonas mediterráneas. Sin duda, godello es la gran uva de moda en los últimos años.
A su vez, bodegas y enólogos de vanguardia han entrado en un proceso de sofisticación de los blancos, buscando complejidad y excelencia con técnicas de elaboración y crianza para conseguir blancos de guarda como los que elabora Manuel Méndez en el Valle del Salnés, en la bodega familiar Gerardo Méndez, de quien ya dábamos cuenta en 2019; albariños especiales con diferentes características tanto de suelo como de clima, para encontrar su mejor expresión.
En 1981, José Peñín escribía de “El vino blanco de antes y el de ahora” y en 2024 destacábamos la virtud de la longevidad en los blancos de Rías Baixas.
Los nuevos tintos
Sin embargo, hay una búsqueda de frescura y de expresión frutal en los tintos a través de la reducción de alcohol y de crianza en madera, ante la caída de la demanda de los tintos en los últimos años por querer alejarse de los vinos alcohólicos y pastosos tan de moda en décadas anteriores, los llamados vinos parkerizados, de vendimias sobremaduras, con largas maceraciones y mucho extracto.
En contra, aparecieron vinos más elegantes y más ligeros en cuerpo y alcohol, con el reto de la acidez, una nueva tendencia que ha llegado acompañada de la reivindicación de variedades propias, sustituyendo a las famosas internacionales, mal llamadas en su día variedades mejorantes, que tan mal se adaptaron y envejecieron en muchos casos.
“Nos centramos sobre todo en buscar finura y elegancia a costa de sacrificar potencia y contundencia. Buscamos resaltar matices algo más sutiles con un respeto a la fruta y manteniendo todo lo posible la acidez en los vinos”, nos comentaba Michael Zaccagnini en febrero de 2024.
La bobal, la monastrell y la cariñena han aportado frescura en el Mediterráneo. Otra fiebre de los nuevos tiempos ha sido la garnacha que, aunque con menor color, aporta frescura y fragancia en busca de la longevidad, un potencial que ha roto con el menosprecio de antaño ya comentado por esta revista en el año 98.
El auge del vino rosado
Durante mucho tiempo fue un vino de complemento de gama para las bodegas, con el apodo negativo de vino para mujeres o de chiringuito de playa. En cualquier caso, fue tradicionalmente –salvo honrosas excepciones como los afamados rosados navarros o los clásicos claretes riojanos– un vino de aprovechamiento que se obtenía de viñas muy jóvenes o afectadas por alguna inclemencia climática.
El panorama ha cambiado y los gustos del consumidor español también, aunque haya tardado más que el resto del mundo. Ahora, en los rosados modernos se busca también longevidad, a través de crianzas sobre lías y paso por barrica, posicionándose más cerca de los blancos en cuanto a consumo.
Espumosos viejos
La búsqueda de la longevidad se da también en los espumosos. Los largos periodos de crianza en rima o con un paso por barrica del vino base son las herramientas de las firmas de prestigio para dar a sus vinos una complejidad que supera en muchos casos los ocho o diez años de envejecimiento.
En el lado contrario emergen los espumosos frescos como el ancestral o Pét-Nat, elaborado mediante el método más antiguo, consistente en embotellar el mosto antes de que termine su única fermentación, dejando que esta concluya dentro de la botella.
En los últimos años ha habido un goteo constante de abandono de bodegas en la DO Cava para formar parte de la marca colectiva de la UE Corpinnat –nacido en el Penedés–, cumpliendo requisitos como uva 100 % ecológica, vendimia manual y crianza superior a 18 meses, o Clàssic Penedès, un sello de calidad para vinos espumosos premium elaborados 100 % ecológicos con variedades autóctonas bajo la DO Penedès.
Es el caso de Leo y Roc Gramona, que comentaban en 2024: “Nuestra ambición es promocionar el Penedès como una región vinícola única e intentamos recuperar aquella vieja viticultura de la tradicional masía catalana. Nuestro lema es Make Penedès Great Again”.
Los protagonistas
Son innumerables los nombres que elaboran vinos auténticos y diferentes, resaltados en varios artículos de la revista dedicados a estos jóvenes viticultores en 2024: César Márquez Pérez, desde el Bierzo, buscando un perfil más atlántico; Antonio Serrano, que desde su bodega homónima en el albaceteño Villarrobledo rescata del olvido tinajas centenarias para darles una nueva vida, elaborando como hicieran sus abuelos; Jorge Piernas, en el noroeste murciano, con las diferentes expresiones de la monastrell; Álvaro Loza, embotellando diferentes paisajes de La Rioja; Raúl Tamayo, recuperando antiguos métodos en la Ribera del Duero; o Carlos Cerdán, en Jumilla.
Y bebemos menos
Vivimos un descenso generalizado del consumo de vino, no solo en España. La caída del consumo en el mundo, según la OIV, Organización Internacional de la Viña y el Vino, ha pasado desde el año 2000 de 225 a menos de 215 millones de hectolitros al año, el nivel más bajo desde 1961.
Aun así, en 2024 se contabilizaron 82 bodegas más en España que el año anterior –3.925 aproximadamente–, según el Instituto Nacional de Estadística.
Ante este panorama, muchas bodegas se plantean la incorporación de otras alternativas, como la aceptación como vino de los productos total o parcialmente desalcoholizados, que ha supuesto un cambio en la tradicional norma reglamentaria de lo que era el producto, que implicaba tener al menos un 9 % de alcohol para llamarse vino.
Pendientes todavía de la regulación de los métodos para retirar el alcohol, no deja de ser una tendencia que contemplan ya no solo las bodegas, sino también establecimientos para captar a ese consumidor abstemio en sus barras.