En el horizonte se recortan las siluetas de la catedral, del castillo de Gibralfaro y de la Alcazaba, iconos visibles desde el Muelle Uno, el nuevo puerto malagueño que ha recuperado para la ciudad una amplia zona peatonal encarada al mar con tiendas, jardines, terrazas y restaurantes. Al principio del paseo, frente al muelle donde amarran los yates de kilométricas esloras y los cruceros de lujo, está el restaurante José Carlos García al que el chef-propietario ha puesto su propio nombre y cuya firma aparece en los ventanales que se abren al paseo marítimo. La entrada al restaurante, en cambio, está casi escondida en el lateral, frente a una pequeña ermita de pescadores –tuvo su etapa irreverente como bar de copas– hoy en obras de remodelación.
Se entra por la cocina, o casi. En un espacio diáfano, de mil metros cuadrados, todo el que accede al establecimiento –a la derecha la zona gastronómica, a la izquierda el gran salón polivalente con jardín vertical–, se topa inevitablemente con la cocina. “Me costó convencer al arquitecto porque al precio que va aquí el metro cuadrado le parecía un derroche, pero yo quería que el corazón fuese mi cocina para poder conectar con mis clientes, tener un trato directo con ellos”.
El mostrador de pase hace las veces de barra de bar donde ofrecen un pequeño aperitivo, ojean la carta o se dejan aconsejar por José Carlos, chef “poco mediático”, se autodefine sin atisbos de falsa modestia este rara avis que pasa más tiempo en la cocina que en los medios de comunicación. En el restaurante, sólo cuatro mesas, capacidad para unas 15 personas, más que un lujo, en los tiempos que corren, parece la obra de un insensato. O de dos. José Carlos García y su mujer, Lourdes Luque, se han embarcado solos en esta travesía. “No queríamos depender de inversores que ponen el dinero y luego, si las cosas van mal, lo retiran, o esperan rentabilizar la inversión en poco tiempo. Eso en restauración es imposible. Yo tengo mi espacio, vivo de mi trabajo y soy feliz; hemos apostado a 10 años, poder devolver lo que nos han prestado y confío en que, con esfuerzo y trabajo, saldremos adelante”.

Muestra el chef la zona de recepción de mercancías y las cámaras “diseñado para que se pueda circular a dos velocidades, una para eventos y otra para gastro, sin interferencias, porque ese era el concepto original y es lo que está funcionando”.
Solomillo al Café de París y coulant
Entre bocatas, copa de anís y cafés, José García escribió en la pizarra ‘solomillo Wellington’ para pasmo de parroquianos; por añoranza de su paso por las grandes casas y exhibición de sus habilidades culinarias. El negocio cobró fuerza y los propietarios de la churrería del pueblo de pescadores abrieron restaurante elegante en Málaga: Café de París (1979), donde José Carlos hará sus pinitos en sala para acabar vistiendo delantal. Ya titulado en La Cónsula, escuela de cocina de Málaga, sale a ver mundo.
El de Martín Berasategui. “Me marcó mucho el trato directo con el proveedor, la lucha por tener lo mejor. En eso, Martín era incombustible; ese compromiso que yo trato de establecer, y no es fácil, lo aprendí de él”. O con los Roca, cuando el joven Jordi aprendía pastelería. “Fue algo mágico descubrir esa familia, esa piña, la atmósfera que generan, siempre muy cercanos. Cerraban los domingos y gracias a ellos, que siempre me orientaban vete aquí, a este otro sitio… conocí las mejores mesas de la zona. La mujer de Josep me dejaba su coche… ¡Son increíbles! Ese respeto por los demás, la confianza que dan a todo el equipo…
El suyo –once personas entre sala y cocina–, comparte la comida de familia en una mesa mirando al mar; el sumiller, Juanma Galán, campeón en la prueba regional que representará a su comunidad en el concurso nacional, viste tejanos, zapatillas deportivas e informal chaquetilla rayada, como sus compañeros de sala. José Carlos, que ya no es aquel joven que practicaba junto a Dani García y otros colegas en la cocina del Café de París, no ha perdido la inocencia –llamémosle amor al oficio–, ni los aires de libertad que le insuflaron los maestros.
“Mi padre –dice sin perder la sonrisa–, fue muy generoso; nos dejó trabajar en su cocina pero no permitía que saliéramos a ofrecer los platos con aquellas pintas”. Unos chavales recién salidos de la escuela, ganas de hacer cosas, romper moldes y crear platos “nosotros presentábamos ese milhojas que hacía Martín y el cliente de mi padre decía ¿qué es eso?; porque en aquella carta había solomillo Wellington, Strogonoff, al Café de París… Pero lo probaban si se lo ofrecían gratis”.
La versión del aguacate con gambas fue un parto entre todos; la gamba espalmada de Santi Santamaría, puré de aguacate, el nougat de Roca para el carpaccio de manitas de cerdo, un caramelo con un toque de especias acompañado por granos crujientes de arroz salvaje, entró en la carta del Café de París porque la gente lo pedía. Esa inolvidable primera creación –le comento–, que casi todos los chefs suelen mantener en carta.

“Pues ahora que lo dices… Nunca me había parado a pensarlo, pero ahí sigue, dando vueltas. Ahora se llama gambas con vinagreta de frutos secos y helado de ajoblanco”. Reconoce el chef que le gusta ir cambiando, introduciendo novedades pero muy lentamente, procurando no eliminar platos que resultan atractivos para el cliente, son referentes de la casa y…”rentables, porque no olvidemos que esto es un negocio”.
Yo recuerdo al jefe de sala del Café de París, Eduardo Chacón, ya jubilado, que me enseñó algunos movimientos de la vieja escuela. Un clásico, el steak tartare, lo vamos versionando poco a poco, pero lo seguimos teniendo como emblema y homenaje a la sala”. El minibocadillo aéreo, bocado potente, sabroso steak tartar, será el cuarto en la línea de sucesión del menú degustación.
La vanguardia clásica
Manteca colorá con chicharrones, polvorones de pipas de girasol, macaron salado de algas relleno de sardinas, papada de cerdo ibérico, queso azul y calabaza, caballa encurtida en salazón y escabeche, remolacha en texturas, falso caviar de gazpachuelo… referentes de la cocina popular malagueña, sabores clásicos, reconocibles, limpios, que ofrecidos en presentaciones vanguardistas de refinada sobriedad, componen el completo menú degustación, las veinte propuestas equilibradas, de impecable factura, simbiosis entre la cocina tradicional y la creatividad del chef que acaba de recuperar para su nuevo espacio la estrella que ganó en el Café de París y perdió camino al Muelle Uno.
“Fui honesto; escribí a los de la Michelin, envié los planos, la situación del restaurante gastronómico, les conté el proyecto. Me dijeron que no me preocupara, y bueno, supongo que no me creyeron, pensaron que abriría otro gastrobar, el caso es que no vinieron a visitarlo y salimos del firmamento. Este año nos la han vuelto a dar y lo más curioso es que nunca he sentido que la recuperaba porque tampoco tuve la sensación de haberla perdido. Seguíamos haciendo nuestra cocina pero en un marco más acorde”.
José Carlos García mantiene la gerencia del Café de París, hoy en manos de sus cuñados, donde tratan a duras penas de rentabilizar el negocio con los menús de mediodía. “Esos establecimientos de nivel medio son los que más se están resintiendo con la crisis. Nosotros hemos cubierto un año y medio, vamos creciendo, nuestra estadística va bien, tenemos turismo de calidad que te resuelve, pero lo mismo te confías y te quedas sin ese público por razones equis. La incertidumbre siempre está ahí”.
El nuevo establecimiento se ha convertido en un vehículo promocional para la ciudad y José Carlos en el referente culinario. Lourdes Luque lleva la administración. “Si ella estuviera en sala estaríamos perdidos, porque es difícil compaginar negocio y familia. Viene, planifica, organiza y atiende a los niños”. Dos cachorros de tres y cinco años a los que esta tarde recogerá papá.
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Preparación: |
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Para la caballa: 4 lomos de caballa Pimienta Azúcar Enebro Cilantro Sal
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Para el pepino: 2 pepinos 100 g de agua 50 g de vinagre de vino
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Para la crema de eneldo: 1 manojo de eneldo 1 yogur griego
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Para la mostaza: 50 g de semillas de mostaza 100 g de agua 50 g de vinagre Sal |
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Elaboración: |
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De la caballa: Curar dos lomos en sal gruesa e introducir los otros dos en bolsa de vacío con el escabeche y macerar de 12 a 24 horas. |
Del eneldo: Escaldar las hojas del eneldo y turbinar con el yogur. Poner a punto de sal y pasar a una manga. |
Del pepino: Cortar el pepino con la forma deseada e introducir en la bolsa con el agua y el vinagre. Dar vacío total y macerar durante una hora. |
De la mostaza: Infusionar e hidratar las semillas de mostaza en la mezcla de agua y vinagre. Reservar en frío. |
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Presentación: |
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En plato llano, disponer la caballa troceada (2 en sal y una en escabeche), el pepino osmotizado, rabanillas y semillas de mostaza de forma lineal. Decorar con gotas de aceite y micromezclum. |
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