El sello Indicación geográfica Protegida (IGP) es una denominación de calidad avalado por la Unión Europea que identifica un producto alimentario originario de un país, región o lugar determinado con unas características de calidad que son atribuidas a su origen geográfico. Para considerarse IGP, como mínimo, una de sus fases de producción, transformación o elaboración debe hacerse en la zona geográfica definida.
Detrás del sello IGP hay producto de calidad, pero también está el trabajo de los ganaderos, productores o agricultores que cuidan que se cumplan las garantías que conlleva esta etiqueta y el respeto por el medio ambiente, los animales se alimentan de leche materna, pastos al aire libre, forrajes y productos exentos de cualquier subproducto animal o sustancias prohibidas. Además de favorecer la proliferación de la economía rural proporcionando un medio de vida a aquellos pueblos que se ven cada vez más amenazados por la despoblación.
Los sellos IGP Ternera Gallega e IGP Ternasco de Aragón fueron reconocidos por la Unión Europea en 1996, pero ambos inician su labor de control y regulación en 1989 como Indicaciones Geográficas Protegidas. La trazabilidad en este proceso es clave, la carne que se comercializa bajo el amparo de la IGP Ternera Gallega es exclusivamente de terneros nacidos, criados y sacrificados en Galicia, que proceden de razas autóctonas. En el caso de IGP Ternasco de Aragón se trata de un cordero de menos de 90 días, alimentado con leche materna y cereales naturales que se traducen en una carne de cordero tierna, sabrosa y saludable.
Pero, ¿qué significa para los ganaderos pertenecer al sello IGP?
Teresa López vive en la pequeña aldea de Foxado (A Coruña) donde se ocupa de 39 vacas, un toro y 23 terneros adscritos al Consejo Regulador de la IGP Ternera Gallega. Para ella, “Pertenecer a la IGP da seguridad a los ganaderos, pero sobre todo a los consumidores, ya que este sello es una garantía de calidad, de saber lo que estás comiendo”. Una seguridad que se certifica con las labores de control que como explica, “Puedo atestiguar que hay inspecciones continuas, porque a mí me las hacen, vienen a mirar si los terneros siguen mamando hasta los siete meses, el pienso que comen, el agua que beben, etc. Creo que esto también es bueno para los ganaderos, porque siempre es mejor más seguridad que menos”.
Alberto Riba viene de una familia aragonesa con una gran tradición ganadera. Cuida con su mujer un rebaño de alrededor de 600 ovejas en la comarca de Matarraña. Es un defensor del sello IGP Ternasco de Aragón al que su familia siempre ha estado adscrita: “Examinan al 100% la trazabilidad, los controles que lleva a cabo la IGP son muy exhaustivos. Se vigila la alimentación de las madres, de los corderos, la edad, los piensos, etc., para que nunca llegue al mercado un cordero que no tenga las máximas garantías para el consumidor”.
Detrás del aval europeo Indicación Geográfica Protegida está el trabajo, la forma de vida y el buen hacer de productores y ganaderos. Un producto nacional que garantiza calidad, trazabilidad y bienestar animal a la hora de escoger los productos que comemos.