Curiosidades gourmets

La miel viene de París

¿Un panal de rica miel? La más cara del mundo –¡120 € kilo!– pueden presumir las abejas que zumban a coro en el techado de la Ópera de París. Y tienen competencia: la abeja no es Maya sino gala. Y prefiere París. La ciudad que pone puertas al campo.

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Por Óscar Caballero

Publicación Revista: 01/02/2013

Revista nº: 454

Publicación Web: 20/05/2019

Aunque todo es relativo, la sentencia sería de Einstein: “si desaparecieran las abejas, el hombre sólo sobreviviría 4 años”. En efecto, las abejas contribuyen a polinizar un 80% de plantas (flores y frutos) del planeta, lo que significa un 35% de la cantidad de nuestra alimentación y el 65% de su diversidad, según el instituto francés de investigaciones agronómicas.

Y Achim Steiner, director ejecutivo del programa de Naciones Unidas para el medio ambiente, subraya que “más del 70% de las cien especies de cultivos que proporcionan el 90% de la comida es polinizado por las abejas”, responsables a su vez en Europa, de acuerdo con Bruselas, de la polinización del 84% de cultivos vegetales comercializados y de un 80% de la plantas silvestres.

Vibrantes insectos, que viven 2 meses en verano y 6 en invierno –reserva grasa– y afrontan el frío con el truco de reunirse en grapa, reina en medio, y producir así una temperatura de 30ºC. Garantía de equilibrio ecológico, una abeja liba 700 flores al día en un radio de tres kilómetros. De ahí el malestar de la francesa Unión Nacional de Apicultura: “el colmenar galo se reduce en un 25% anual; en los últimos diez años, 15.000 apicultores se fueron al paro”.

Y sin embargo, la mielofilia toma Francia. Su biblia es Le volcan aux Abeilles (el volcán de las abejas; Rouergue), de Elisabeth Taillandier, tataranieta de una dinastía de apicultores. Pero mientras los parisienses dicen soñar con el campo –pocos se marchan– las abejas prefieren la capital. Así, el año pasado, cuando se instaló una colmena –60.000 abejas ya– en lo alto del Grand Palais, los expertos certificaron que la abeja urbana produce hasta cinco veces más miel que su prima rural.

De hecho, las colmenas de las dos Óperas de París –120.000 abejas–, son cuatro veces más eficaces que las que su apicultor, Jean Paucton, posee a 200 km de la capital. A propósito, técnico de la Ópera Garnier, en 1982 Paucton decidió criar abejas fuera de París.

Pero tuvo las colmenas antes que la casa campestre y las instaló en el techo de Garnier. Sorpresa: una miel (“recolté sur les toits de l’Opéra”, garantiza la etiqueta) con carácter, líquida, sabor limón menta. El colmenar lírico celebra hoy sus 30 años con una media de 2.500 a 3000 frascos, vendidos en la tienda de Garnier y en Fauchon.

Tanto prestigio crea emulación: la tienda de La Tour d’Argent se subió a la parra con el producto de su techo: 25 euros los 200 gramos de la añada 2011. Y desde septiembre, le Miel des Toits de l’Hôtel Scribe acompaña desayunos y meriendas del recoleto hotel, vecino precisamente de Garnier.

Miel urbana

Con sus 300 colmenas y otras 4 en proyecto, París produce un mínimo de media tonelada de miel municipal por año. Ventajas de la ciudad: mientras en el campo se impone el monocultivo, París propone grandes espacios verdes y biodiversidad. Sobre todo, no hay pesticidas, plaga del campo francés. Además de los jardineros comunales, numerosas asociaciones cultivan huertos en jardines públicos, promueven la creación de nuevos espacios verdes, protegen los plantados –por ejemplo, los bulevares: boulevard provendría de boule vert, bola verde, por sus árboles– y multiplican balcones floridos. París ganó 36 jardines en los últimos años. Y esos muros vegetales, de moda, como el del museo del Quai Branly.

¿La contaminación? Según AFSSA, agencia francesa de seguridad alimentaria, “la contaminación de París afecta menos a la miel que los fertilizantes, pesticidas –varios de ellos, ya identificados como asesinos de abejas– y otros productos químicos de la campaña”. Esto tiene pedigrí: en 1856, París inauguró su Société Centrale d’Apicultura, segunda mundial, con colmena pedagógica –que subsiste– en los jardines del Luxembourg.

En 1986, con el parque George Brassens nació su escuela –4.000 alumnos/año– y sus 15 colmenas en 250 m2. Diez años más tarde, el Parc Floral de Vincennes añadió colmenas a su “recorrido temático de la biodiversidad”. Y supera los 3 lustros el colmenar del Bois de Boulogne. Hay hasta una “colmena itinerante”, por ahora en el distrito XX, idea de una asociación conspicua, Le Parti Poétique (el partido poético). Y la pedagógica del Jardin d’Acclimatation (7 colmenas y 240.000 abejas) produce 140 kilos de miel por año.

El insecto es un termómetro: Natureparis, agencia regional de la naturaleza y la biodiversidad, alojó en su techo de la rue de Grenelle, la de los Ministerios, 30.000 abejas, que darán unos 45 kilos de miel. Son las abeilles sentinelles, centinelas del medio. La directora, Stéphanie Lux, ratifica que “las ciudades son un reservorio de alimento para las abejas: la floración es asegurada de mayo a octubre por los jardineros municipales”.

Si hasta el Crédit Municipal –llamado “mi tía”, por los parisinos que dejaban joyas, o ropa y hasta un colchón, garantía de unos francos– ha instalado 4 colmenas para vender le Miel de ma Tante.

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