Hotel MOB

El futuro hospedaje en el París de ayer

Ya no se va al hotel para encerrarse en la habitación sino para encontrar gente y compartir desde una clase de yoga hasta una película. Por lo menos en el MOB, el nuevo hotel concebido en París por Cyril Aouizerate, comerciante filósofo y viceversa.

Foto: Hotel MOB
Foto: Hotel MOB

Por Óscar Caballero

Publicación Revista: 01/11/2017

Publicación Web: 05/01/2018

Flota un perfume de Al Andalús en el nom­bre del nuevo hotel rompedor de París: MOB, por Maimónides –el filósofo judío de la Córdoba del siglo XII– of Brooklyn. En el también mítico barrio de Nueva York, Cyril Aouizerate, hijo de argelinos de Cons­tantina, nacido en Toulouse en 1969, hizo realidad la utopía de un primer restaurante vegano, al que le creó un clon parisino.

En 2008, con el diseñador Philippe Stark y con la familia Trigano, fundó el hotel Mama Shelter, hoy atípica cadena hotelera, con ocho sucursales y diez más en vista. Serge Trigano es leyenda: inventó el Club Médite­rranée, revolución de las vacaciones en el siglo XX. Con ese savoir faire acometió el cambio de la hostelería.

¿Cómo llamar a un señor que obtuvo su diploma en la Facultad de Filosofía? Es un profesor de filosofía; filósofo es en cam­bio quien “la vive”. Es el caso de Aouizerate, un señor que pone en práctica sus ideas. Con la ventaja de que no se le dan mal los negocios. Y siempre en buena compañía.

Como un parque de juegos

Para su MOB parisino, abierto en marzo y ya duplicado en Lyon, halló también socio importante: Michel Reybier, viticultor y pro­pietario de los lujosos hoteles La Réserve, en París y Ginebra. Así nació “el hotel de la República soñada”. Con aspiración a multi­plicarse, “en otras ocho ciudades de Europa y Estados Unidos”.

El primer MOB imita a Mama Shelter en su ubicación improbable. Está situado en Saint-Ouen, al borde del periférico que abraza París, en un entrelazado de callejue­las provinciales y casas adosadas. Y con el atractivo de un rastro tan tradicional como el más conocido de Clignancourt con el que ahora compite abiertamente. “Este rastro es un reino de comerciantes y de culturas” lo define Starck, que lo escogió para pre­sentar su nueva creación, la cerveza orgáni­ca S+arck beer. (Uno no es nadie hoy si no elabora cerveza).

Adelantado siempre, el diseñador firmó hace un par de años el restaurante Ma Cocotte, entre los tradicionales mercados Serpette y Paul Bert, de las pulgas de Saint Ouen. Starck recomienda MOB. Y no sólo porque ha invertido algunos euros (sin tocar al decorado): “MOB, ese nuevo hotel abierto por Aouizerate –asegura– es un gran parque de juegos: restaurante, terraza, biblioteca, huerto en el techo y habitaciones confortables”.

A la entrada se lee: “Esta es su casa, en­tre sin llamar”. Puertas abiertas hacia el interior y el exterior. “No hay una fatali­dad urbana. Ni en París ni en Nueva York pueden existir barrios malditos”. Con esa frase justificó Aouizerate su desmentido a los tres postulados de Conrad Hilton (ubi­cación, ubicación, ubicación), a la hora de crear su hotel. Claro que en el centro de París hubiera tenido que decuplicar los 13 millones invertidos. Resultado: 92 habita­ciones, algunas con terraza –de 119 a 189 €; desayuno 10 €–, un patio enorme con sombrillas, mesas de bistró, ladrillo rojo y hierro. Y un supermercado de productos orgánicos.

Un lugar de vida

Tabletas informáticas, a disposición, como el fondo de películas raras, los skates, las bicis. Un libro para clientes explica que “la esencia de MOB se traduce en identidades visuales, sonoras, olfativas, gustativas y táctiles”. Si llega con adelanto sobre su chek-in por 29 € accede al salón Air Mob: ducha, sillones Lafuma, bebidas y tapas, ca­bina Skype. En el verano indio, como llaman los parisinos a los días agradables del co­mienzo del otoño, el gran patio tenía todas sus hamacas ocupadas por clientes del bar, que bebían, relajados, mientras algunas criaturas que seguramente les pertenecían hacían el indio, en acuerdo con el clima.

Al aire libre, también, cuando no llueve ni hace frío, el hotel proyecta películas. Un servicio gratuito, a compartir, como el DJ que aprovecha el crepúsculo para sonorizar bar y restaurante. Y también es comunitario el huerto del techo. Por supuesto reserva­do a frutas, hierbas y verduras orgánicos, faltaría más.

Eso sí, no hay televisión en las habitaciones, que además son muy escuetas; la única razón de ser del confort, como es bien sa­bido por cualquier viajero habitual, se limita a disponer de un baño adecuado, correcta iluminación y un colchón al que no se le puedan hacer reproches.

Porque el espíritu MOB indica que aparte de reposar, el resto del tiempo hay que pasarlo en las dependencias comunes; eso incluye la posibilidad de asociarse a un grupo cuyo lema es el pensamiento positivo, al que se puede pertenecer mediante una cuota de 49 €. En el segundo techo, una casa japo­nesa de meditación. Y como no podía ser de otra manera, cursos de yoga.

Las buenas compañías

Actualmente, dicen los entendidos, la ten­dencia es a la basca, la banda: desplazarse con amigos. Por lo menos en esa franja de edad que es el objetivo principal de la nueva hostelería. Por eso, las habitaciones no sólo tienen un canapé para invitados imprevistos sino también dos air beds, lechos inflables. ¿Los amiguetes que vinieron a tomar una copa han perdido el último metro? Pues duermen en la habitación, sin alterar su precio.

En el bar, guiño al socio: su célebre burdeos Cos d’Estournel, gran etiqueta de Burdeos (DO Saint-Estèphe, deuxième grand brut en la clasificación 1855, de referencia) y el champagne Michel Reybier brut son dos proposiciones algo insólitas en el contexto. Porque si bien nada impide disfrutar de la excelencia como simple trago, es difícil imaginar el Saint-Estèphe, o ese champag­ne, en compañía de las –buenas– pizze, del puerro vinagreta, la col asada o la compota de pimientos y pimiento de Padrón del restaurante. Es verdad que también hay un par de platos de tradición. Naturalmente, todo lo que se come, bebe, siembra, vende o compra proviene de cooperativas de cam­pesinos que cultivan, nunca mejor escrito, la razón orgánica. Y los precios del restau­rante son decentes: de 8 a 20 €.

Sin olvidar, en la pequeña tienda, objetos y textiles y semillas para plantar, llegados de Ruanda y Etiopía. No critique la evidencia de que han hecho un largo viaje y por lo tanto han pecado frente al altar del CO2. El camino del infierno está empedrado de buenas invenciones.         

Te puede interesar

La pasta que destronó al macaron

Éclair es rayo, en francés. Y como esa pasta -que, se dice, inventó el propio Carême hacia 1850- era devorada a la velocidad del rayo, un pastelero parisino la bautizó éclair en 1850. En el 2002, Fauchon la relanzó. Hoy coloniza París, en dulce y salado y mil sabores.

París pone la carne en el asador

Los ovinos británicos terminan su vida, como Juana de Arco, sobre las brasas. Francia en cambio hacía trabajar a sus vacas lecheras y las sacrificaba luego. Pero en este siglo le han salido colmillos y multiplicó carniceros y asadores.

Comer y viajar, todo es empezar

El mercado mundial del travel retail (shopping, restaurantes, prensa) pesa 94.000 millones de euros. Y la comida tiene cada vez más influencia en tales cifras.

Panes y pasteles en Nueva York

En Nueva York, una ciudad en la que cada vez es más caro ir a un restaurante y donde la comida no es tan importante como la cena, una serie de nuevas pastelerías y panaderías están revolucionando la ciudad y cambiando hábitos.

Chinos en Borgoña

Más de 140 châteaux de Burdeos son, ya, de propiedad china. Y Alibaba propone vinos bordeleses a sus 500 millones de clientes. Normal: China es el quinto consumidor mundial de vino. Y el primero en descenso de espiritosos, bebidos incluso en la mesa.

Hotelería París

El restaurante, motor de nuevos hoteles parisinos. Un tono mediterráneo / italiano predomina en el plato. Y un director planifica las 5* Michelin del George V. De un bar de cócteles surgen dos hoteles. Además, recepción invisible; bar efímero…