Arriba y abajo, nobles y plebeyos. La constatada realidad de las castas sociales de las Islas Británicas que indica el enorme distanciamiento entre aristócratas, terratenientes y otras gentes de bolsillo repleto y propiedades abundantes con el vulgo llano se ha cifrado en un tanto porciento demoledor: El 1% de sus habitantes poseen el 99% de la riqueza del país.
Por resumirlo en otro orden, los millonarios van a beber, a meditar y a conspirar a los clubs privados y los currantes a los Public House, expresión que derivó en pub y que los ingleses e irlandeses, sobre todos, han exportado a todo el planeta como templos para la convivencia, el goce y el disfrute. Drinks&Friends, bebidas y amigos es el lema de muchos de estos bares decorados en mock victorian, ese kitsch de maderas nobles y oscuras, barras con pasamanos de latón, alfombras mullidas, luces tenues y rincones para lanzar dardos, improperios o piropos con el ineludible trago de una pinta de cerveza.
Pero los pubs de Londres, dada la inmensidad de esta metrópolis y el contar con más de 3.000, dan para un tour de historias y leyendas a través de algunos de los más añejos y auténticos, no de esos otros que desde los años 80 desvirtuaron su iconografía con materiales sintéticos, paredes cubiertas de espejos, videojuegos y chat line acabando con la atmósfera que detenía el tiempo.
Nombres y monjes
Para iniciarse en el diccionario del pub hay que saber que sus nombres revelan los antecedentes del lugar en el que están edificados. Si corresponde a una vieja taberna de la ocupación romana puede ostentar las llamativas parras (vines) o uvas (grapes); si surgieron como posada para los trabajadores que intervinieron en la construcción de alguna obra medieval se bautizaron como castillo (castle) o puente (bridge); y otro ejemplo ilustrativo es el de la ocupación de hospederías monacales para peregrinos, con ángeles y demonios resguardando las estancias.
Precisamente, con estas resonancias de monjes y esoterismos, está el Black Friar –fraile negro– de asombroso interior cuyas paredes exhiben tallas de madera que representan las bacanales de los frailes que dieron su nombre tanto al pub como al barrio pues ahí se encontraba un convento dominico. Remodelado alrededor de 1902, es un extraordinario ejemplo del último período del movimiento Arts&Crafts.
Corderos y banderas
Entre Picadilly Circus y Covent Garden el turisteo es agotador. Las tiendas, los teatros, la ópera, el cosmopolita Soho o el culto Bloomsbury marcan la trepidante actividad de esta zona que todavía conserva algún pub para no perderse. Es el Lamb&Flag, al fondo de un callejón que con solo imaginar lo que fue da miedo.
El poeta Dryden lo rebautizó como El cubo de sangre tras haber sido asaltado a sus puertas en una de las innumerables peleas que alimentaban su fama a diario. Hoy es un pub de moda, con mucho ambiente, poca luz y hasta una excelente colección de whiskies. Además, las renovadas calles adyacentes, lindantes con el cada día menos interesante Covent Garden, son idóneas para un buen shopping distintivo. Aunque para toque de distinción, sin salir de este gran barrio y concretamente en el territorio de Holborn con sus colegios de abogados, nada como el Cittie of Yorke con su largo mostrador y sus altos techos custodiados por barriles de jerez.
Simbólicamente, quien llevó la bandera inglesa por todo el orbe con sus arengas y estrategias, el premier sir Winston, da apellido a uno de los pubs más fotografiados de Inglaterra, el Churchill Arms. Su florida fachada, en la que aseguran invierten decenas de miles de libras al año para su mantenimiento, es el mejor anzuelo para atraer viajeros que además de la jardinería colgante adoren la cocina thai, su especialidad.
Gastropubs
Hay hechos irrefutables en el gigantesco entramado de los pubs londinenses. Como en la práctica totalidad de las poblaciones de las Islas Británicas, los grandes fabricantes de bebidas, al igual que pasa en España con nuestros bares y las compañías cerveceras, son los que mandan imponiendo sus productos.
Las arcaicas normas relativas a las licencias de venta de bebidas alcohólicas y los horarios también cambiaron para equipararse a los usos europeos. Pero si se quiere vivir en el domicilio favorito de muchos clientes de pubs, y no en una discoteca que abre hasta las tantas, hay que ceñirse a las llamadas de atención del barman. A las 22.50 suena el timbre para avisar de que es la hora de pedir la última consumición. Después de las 23 horas en punto solo dejan 20 minutos para apurar el trago. Este ritual, como tantos otros, van cambiando al compás de las modas.
Un claro ejemplo es lo que ahora se denomina gastropub, un intento loable de inyectar la buena culinaria en sitios donde el masticar se ha limitado a pasteles de cerdo, fish&chips o snacks crujientes. Intento en el que se aventuraron David Eyre y Mike Belben en 1991 cuando se hicieron cargo de The Eagle de Clerkenwell fusionando la palabra gastronomía con la que se asoció Public House. Para ir directamente a algo con buen tono gourmet que se define acertadamente como Pub&Restaurant lo suyo es adentrarse en la exquisitez del centenario Guinea Grill en Mayfair, el barrio más encopetado de Londres.
Sus asados de carne de vacuno envejecida en seco, sus hojaldres, sus solomillos Wellington y sus copas y pintas en el bar, pueden estrechar relaciones entre ricos y vasallos. Y si lo que se busca es un pub con estrella Michelin, algo que parecía imposible, hay que acercarse al barrio de Fulham en busca del The Harwood Arms, templo de la caza y de los grandes vinos clásicos. Hay menús que requieren un buen trago entre historias y leyendas.