Entrevista Miguel Gil

Cien años y un vino

Juan Gil 100 aniversario. Detrás del vino del centenario, una expansión en los últimos 12 años con 10 bodegas en ocho DDOO. Su éxito, una relación calidad–precio imbatible. Desde la localidad murciana de Jumilla, sus vinos se codean con los grandes de España y conquistan el mundo.

Foto: Bodegas Juan Gil
Foto: Bodegas Juan Gil

Por Maricar de la Sierra

Publicación Revista: 01/05/2016

Publicación Web: 23/08/2017

“Hasta las viñas están despistadas con este tiempo”, me dice Miguel Gil bajo un cielo plomizo en este Madrid que marcea, donde presenta su vino del centenario: Juan Gil 100 aniversario.

Si hubiera que definir a este murciano de Jumilla, sería un elogio a la normalidad. Humilde, discreto y sonriente, este inteligente ingeniero aeronáutico, que soñó con diseñar aviones, decidió volver a sus raíces impulsando la bodega de su bisabuelo. Así que un siglo y cuatro generaciones después, Miguel Gil realiza el primer salto estratégico en 2001, con una nueva bodega y la variedad monastrell como protagonista. Reorganiza la empresa bajo el nombre Hijos de Juan Gil y, en 2002, los 9 hermanos fundaron Gil Family States.

Con El Nido, el éxito fue inmediato, con las mejores calificaciones en todas las guías del mundo. En la Guía de Vinos Gourmets 2016, El Nido 2012 se lleva 98/100 puntos; su hermano pequeño, Clío, 97/100; y Juan Gil 18 meses, 96/100. A partir de ahí, comienza la expansión. Buscan zonas vinícolas poco conocidas, de gran potencial con viñedos viejos de variedades autóctonas, en las que elaboran vinos de gran calidad a precios muy competitivos.

Primero llega Can Blau, en la DO Montsant; después Ateca, en Calatayud; en 2007, nace Atalaya en Almansa; al año siguiente Tridente, en Zamora; y Shaya en Rueda. En Rías Baixas, el albariño Lagar Da Condesa. En 2014 se inicia la construcción de Morca, en Campo de Borja; y el último proyecto es una nueva bodega en El Priorato. Total: 10 bodegas en ocho DDOO diferentes y 1.170 hectáreas de viñedos en propiedad.

El éxito, en cifras, con una producción de 8,2 millones de botellas, de las que el 75 por ciento se exportan a más de 40 países; una plantilla de 150 personas y una facturación de 31 millones de euros en 2015. El éxito personal de este jumillano de pro es que toda la familia, que funciona como una piña, está involucrada.

Club de Gourmets. Si su bisabuelo levantara la cabeza se quedaría boquiabierto.

Miguel Gil.– Nunca se hubiera imaginado que su bodega aguantara tanto tiempo porque él se dedicaba a trabajar la piedra de sillería. Montó una bodega en el centro del pueblo porque tenía pasión por los vinos pero ningún conocimiento. Se quedaría sorprendido, pero sobre todo mi padre que nos dijo que ni se nos ocurriera seguir con el negocio, a pesar de que le acompañaba todos los fines de semana a la bodega; en vacaciones íbamos con él, nos hacía participar en todos los procesos y así fui aprendiendo desde muy pequeño.

Sin embargo decidió ser ingeniero aeronáutico.

Me gustaba mucho el mundo del vino, pero no la química, ni estudiarla. Mi padre me recomendó que me formara, que estudiara algo que me gustara para ganarme la vida, y si después quería dedicarme al negocio familiar, adelante. Es lo que hice, me encantaban los aviones y al terminar la carrera trabajé 9 años en Sevilla. Pero la semilla del vino estaba muy dentro de mí. Así que mi mujer, también jumillana y yo decidimos volver. Surgió la oportunidad de trabajar con García Carrión, que se estaba profesionalizando, y no lo dudé. Mucha gente me dijo que estaba loco. Pero me sirvió para aprender y contrastar que era lo que realmente quería hacer.

Rompieron moldes en Jumilla con El Nido y Clio.

Conocía bastantes zonas de España, donde se elaboraban esos vinos icónicos que todos conocemos, pero Jumilla también existía y no entendía por qué no éramos capaces de conseguir algo parecido. Entonces nos planteamos un proyecto absolutamente diferente de la Bodega Juan Gil: hacer un vino que aunque no fuera rentable para nosotros pudiera demostrar al mundo que en Jumilla se podían hacer grandes cosas. No fue nada fácil. Hay que tener en cuenta que la monastrell no acepta todas las elaboraciones, tiene una elaboración bastante peculiar, porque si no se hacen vinos muy duros de beber. Para mí lo interesante de la monastrell y en Clío lo hemos demostrado, es esa dulzura sin tener azúcar, goloso, que te hace repetir y que ha hecho de este vino uno de los más demandados del mundo.

También les llovieron las críticas.

Nos llamaron prepotentes, que a dónde íbamos, que nuestros vinos en cinco años no aguantarían en botella. Pero estábamos convencidos de que nuestros vinos tenían largo recorrido. Hoy puedes probar la cosecha de 2005 y está impresionante, es un año que me gustaría comparar con cualquier 2005 de los mejores del mundo. Hace un par de años vino a conocernos un americano que tenía un club de vinos y hacía catas anónimas de grandes vinos del mundo para comprar los mejores para el mercado americano y El Nido siempre ganaba. Hemos conseguido que la gente lo ponga en su mesa porque les da prestigio.

También nos hemos encontrado la sorpresa en el French Laundry de California, pedir un Nido y cobrarnos 700 dólares, cuando en una tienda en Estados Unidos está en 150 dólares.

¿En qué momento decidieron dar el salto hacia otras DDOO menos conocidas?

Surgió la oportunidad en 2004 en Montsant, donde unos amigos habían invertido pero no les interesaba seguir, estudiamos el proyecto y lo retomamos. Lo mismo sucedió en 2005 con Atteca, en Calatayud. Lo más importante es que en 2007, aunque los políticos no lo vieran, los empresarios teníamos muy claro que llegaba la crisis. Nos dimos cuenta que teníamos que tener una estructura de empresa grande, sin ser grande. Empezamos a diversificar, con Almansa ese mismo año; en 2008 con Rueda, en Zamora y así formamos una red de pequeñitas bodegas, donde podemos controlar el viñedo y asegurar la calidad del vino y seguir vivos con esa estructura media. Ese fue el acierto y conseguimos una red de distribuidores para quienes ya éramos importantes porque no teníamos un solo producto, sino varios.

Sus vinos se caracterizan por una relación calidad precio imbatible.

La filosofía familiar es ofrecer al consumidor lo mejor posible, al precio más bajo posible. Cuando hacemos el escandallo de cualquier producto nuestro, lo hacemos pensando en cuándo la empresa alcanzará su tamaño medio, lo planificamos a medio plazo, antes a cinco años y ahora a diez, pensando en ese tiempo dónde va a estar la bodega y qué costes va a tener.

Hay que invertir en los consumidores para asumir ese riesgo, no solamente tienes que pagar la cáscara de la bodega y el inmovilizado, tienes que invertir también en algo intangible que es el mercado.

Desde el comienzo tuvo el objetivo claro de la exportación.

Siempre supe que suponía el mismo esfuerzo vender un contenedor completo de un vino de Jumilla en el extranjero que un palé en España y el enfoque era a toda costa viabilizar la empresa. Hay que entender el problema que hubo en Jumilla en los años 80 cuando cambió todo, los vinos empezaron a perder su personalidad, se convirtieron en vinos recios, duros de beber. Los vinos de Jumilla no se conocían en España y en Estados Unidos, menos. Poco a poco, los prescriptores, la prensa especializada empezó a ver que con las nuevas elaboraciones, había vino de Jumilla que se parecía a un Burdeos a un precio irrisorio y el consumidor empezó a ponerse de nuestra parte, conseguimos introducirnos y, de hecho, hoy es uno de los vinos españoles que más se vende en los Estados Unidos. También en Alemania, Suiza, Inglaterra, Lituania, Ucrania...

¿Y el futuro, quizá invertir en otros países?

Presumimos de las DDOO españolas. España es el único país a nivel mundial con una gran capacidad de producción, que vende el vino muy por debajo de su precio y está muy por debajo del nivel de comercialización en embotellado de nuestros vecinos. Si vas a Francia y a Italia, tienen un precio muy superior, con un porcentaje de embotellado muy superior y unas cuotas de comercialización a nivel mundial mucho más altas que las españolas, con vinos muy parecidos a los nuestros. Así que aquí tenemos un futuro tremendo que hay que aprovechar.

Qué buena impresión deja una conversación con Miguel Gil. Se nota que esta familia de bodegueros, conserva una filosofía de vida “normal”, una virtud a reivindicar en estos tiempos.

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