Viaje Patagonia

Al calor del hielo

Autor: Enrique Domínguez Uceta
Fecha Publicación Revista: 01 de julio de 2018
Fecha Publicación Web: 01 de agosto de 2018

Tierra del Fuego es el nombre mítico del extremo del sur del continente americano. Un laberinto de canales marinos que se abren paso entre islas montañosas, coronadas por campos de hielo de los que descienden los glaciares.

El viento azota con frecuencia los paisajes virginales que se reparten Argentina y Chile, en parte ocupados por el parque natural Alberto de Agostini. Al sur, mil kilómetros de océano separan este confín del continente antártico.

Un paso histórico

Este remoto escenario de aventura, de incalculable riqueza en flora y fauna, siempre ha resultado de difícil acceso para naturalistas y viajeros. Los primeros barcos occidentales en recorrerlo pertenecían a la expedición española de Magallanes y Elcano, que completó la primera vuelta al mundo y encontró, en 1520, el paso entre el Atlántico y el Pacífico que hoy se denomina Estrecho de Magallanes.

Cuando avistaron a los indígenas reunidos en torno a grandes fogatas, decidieron llamar al archipiélago Tierra del Fuego.

Hoy, el barco sigue siendo el mejor medio de transporte para recorrer la Tierra del Fuego, y navíos como el recién botado Ventus Australis, permiten a quien desee viajar hasta allí el privilegio de navegar entre masas de hielo.

Desde sus cubiertas, nunca se pierde de vista el paisaje de agudos picos nevados, glaciares azules, canales y fiordos, y siempre se puede disfrutar observando una rica fauna de cormoranes, albatros, leones marinos, pingüinos, ballenas, delfines y, si hay suerte, también de orcas.

Mimo y respeto

La ética ha dirigido la creación del Ventus Australis, comprometido con la preservación y protección del medio natural. Un convenio autoriza a este barco el paso exclusivo por zonas del parque natural cerradas a la navegación general, con objeto de realizar observaciones científicas respecto a la presencia de fauna, evolución de los glaciares y otros aspectos que las autoridades no podrían conocer sin su ayuda.

Su itinerario es tan exclusivo como la calidad del servicio, para sólo 210 pasajeros, y su exquisita gastronomía, bajo la supervisión de Emilio Peschiera, el chef de origen peruano que cocina en el prestigioso Pez Quiero de Santiago de Chile.

El crucero a bordo del Ventus se inicia en Ushuaia, Argentina. Antiguo punto de reunión de aventureros, pescadores, navegantes y sede de estaciones de la armada, conserva un viejo penal convertido en un interesante museo que exhibe la historia del extremo patagónico. Las tiendas y restaurantes se concentran en la avenida San Martín.

Izando velas

La primera noche conduce a través del parque nacional Alberto de Agostini, y desemboca al amanecer ante la isla del Cabo de Hornos, último terreno del sur americano, que marca el límite entre las aguas del Océano Pacífico y el Atlántico. Si lo permite el estado de la mar, es posible desembarcar en lanchas neumáticas, que llevan a los pasajeros hasta los cantos rodados de la cala León, donde se puede visitar el verdadero Faro del fin del mundo.

El viento y la lluvia azotan con frecuencia el faro y los acantilados y, a menudo, el sol se abre paso a través de un mar de nubes. Es intensa la sensación de visitar un parque temático del clima, en el que las cuatro estaciones pueden presentarse en un mismo día. Un moderno monumento dibuja en el cielo del Cabo de Hornos la silueta de un albatros en vuelo.

Lujo sobre olas

Tras el regreso al barco se inicia el disfrute combinado de las maravillosas vistas y la placentera vida a bordo. A través de sus ventanales se ven pasar islas, canales, montañas y fiordos, y se contemplan cómodamente las aves que pescan en sus aguas. Siempre dentro del parque De Agostini, la tarde depara la navegación hasta la bahía Wulaia, en la Isla Navarino, donde se visita el Centro Informativo instalado por la compañía Australis en una antigua radioestación de la Armada Chilena.

Si las emociones en la naturaleza son excepcionales, la buena gastronomía a bordo no se queda atrás. Al frente de la cocina del barco, el chef Carlos Vera, despliega un conocimiento profundo de la tradición culinaria de Chile y de los principales productos de la zona.

Chef de los mares

Entre los platos locales que elabora Carlos Vera destacan los mariscos de aguas frías y los pescados, que se encuentran reunidos en el sabroso arroz marisquero y en un delicioso ceviche de salmón con hilos de camote. Durante la travesía se suceden desde el tiradito de pulpo olivado al tataki de atún, del filete de albacora a la plancha sobre cremoso de trigo mote y zanahorias glaseadas, a la suculenta merluza austral sobre cremoso de quinoa.

Entre las carnes, hay que otorgar la máxima calificación al garrón de cordero patagónico sobre puré de papas y espárragos salteados, en el que el magnífico cordero criado al aire libre y alimentado en los jugosos pastos patagónicos adquiere un punto perfecto de terneza y sabor. La cocina del barco destaca también por el trabajo de sus reposteros, Daniel Valenzuela y Natacha Alfaro, que se encargan del pan, la repostería y las tartas que ponen dulce epílogo a las comidas con su petite gateau de panqueque, naranja y dulce de leche, o la minitorta de milhoja con cremoso de limón.

Para completar la calidad de la oferta gastronómica del Ventus Australis hay que valorar la amplia selección de vinos chilenos. Las comidas se sirven con una diversidad de referencias que permite conocer la variedad de las bodegas de calidad chilenas. Los vinos de reserva proceden de firmas tan prestigiosas como De Martino, ideal para probar su carménère o su chardonnay, o el reserva syrah de MontGras, así como diferentes vinos varietales de sauvignon blanc, cabernet sauvignon, malbec y pinot noir.

Naturaleza en estado puro

Tras dejar el seno Ponsomby, el barco se dirige hacia la avenida de los glaciares, un tramo del canal Beagle en el que se suceden las gigantescas lenguas de hielo que descienden desde las cumbres. Uno de los fiordos conduce hasta el lugar donde el glaciar Pía baja de la montaña hasta el mar con el telón de fondo del monte Darwin. Las lanchas del Australis, con sus pasajeros a bordo, se abren paso entre el hielo flotante para que desembarquen y se internen en el bosque en busca de altos miradores.

Por la tarde, el barco navega en el interior del fiordo Garibaldi, ofreciendo la posibilidad de trepar en la selvática vegetación del bosque frío en busca de una cascada alimentada por el deshielo, y de contemplar la mole del glaciar Garibaldi. El día siguiente se dedica a navegar en el canal Cockburn, por el que se accede al seno De Agostini. Tras el desembarco en la playa, se camina al encuentro del glaciar Águila, bordeando la laguna que genera al derretirse.

Arribando a puerto

En este tramo, el viaje es una sucesión de sofisticadas emociones. La sigilosa navegación permite escuchar desde cubierta los sonidos de los pájaros y el rugido de los leones marinos que se pueden ver formando colonias en las orillas.

Queda para el final del viaje la visita al amanecer de la Isla Magdalena, residencia durante el verano austral de una gran colonia de pingüinos de Magallanes que aprovechan los meses cálidos para criar a sus pollos. El paseo hasta el faro de la isla permite acercarse a estos animales que no temen a los humanos y se han convertido en un emblema de la Tierra del Fuego y de la naviera Australis.

El barco termina su trayecto en Punta Arenas, la mayor ciudad chilena en la región, presente en todos los grandes episodios de la historia patagónica gracias a su situación en uno de los mejores lugares del Estrecho de Magallanes.

Etiquetas: medio ambiente, Argentina, fauna, Patagonia, Viaje, Cabo de Hornos, Tierra del Fuego, aventura,

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