Valencia vinícola

Nuevas caras, viejas cepas

Los vinos de Valencia tienen nombres y apellidos, jóvenes y no tan jóvenes viticultores que abrazan su legado con la tarea de definir identidades e impulsar el sector a través de su larguísima lista de variedades y de elaboraciones continuistas, experimentales o disruptivas.

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Por Cristina Alcalá

Publicación Revista: 01/10/2022

Publicación Web: 01/10/2022

“Todas las bodegas, grandes y pequeñas, tienen el mismo objetivo: buscar una identidad basada en el binomio origen y variedad”, comenta Salvador Manjón, presidente del CRDO Valencia. Aunque el estigma de calidez, vinos maduros y grado elevado (trinomio ahora fuera de tendencia) sobrevuela, hay personas que, condicionadas por un pasado al que son ajenas pero que les afecta, están construyendo nuevos pilares.

Tres pueblos, dos valles

El centro vitícola es el triángulo formado por los municipios de Fontanars dels Alforins, La Font de la Figuera y Moixent, al sur de la provincia. En menos de 15 minutos en coche se puede recorrer un territorio de 4.000 ha de viñedo que alberga 15 bodegas. Los valles de Les Alcusses y Alforins marcan las diferencias geográficas, mientras que la lista de variedades ancestrales es extensa: bonicaire, forcallà, arcos, verdil, trepadell, mandó, valensí o ullet de perdiu.

Intentar conocer bien la provincia de Valencia es una tarea tan ardua como sorprendente pero si hay alguien que ha impulsado la reflexión sobre el sector es Pablo Calatayud de Celler del Roure. Con él han trabajado personas hoy relevantes que reconocen no solo su influencia sino su ayuda constante. Pablo ha creado escuela aunque él prefiere decir que ha sido “una incubadora de proyectos”. Opina que “tenemos que dar un salto para prestigiar la zona, más calidad y más precio. Valencia necesita vinos de gama alta y están llegando”. En este triángulo los viticultores están buscando su propio modelo, orgullosos de las variedades históricas que intentan recuperar e imprimiendo una personalidad propia en cada una de sus elaboraciones, como es el caso de Javier Revert, que trabaja las viñas familiares en un pueblo que llegó a tener hasta 24 bodegas, todas hoy desaparecidas excepto la que él ocupa. Inició su proyecto en 2014 después de “ampliar mi visión con otros estilos de vinos mediterráneos” para aportar un concepto renovador y trabajar a pequeña escala sus 11 ha donde la mitad es viñedo viejo de variedades históricas, legado de su bisabuelo. “El lugar y la persona están por encima de la viña”, reflexiona desde sus terrazas a los pies de Penya Foradà, un paraje calcáreo extremo rodeado de olivos, higueras y almendros.

En la misma línea trabajan Pilar Esteve, José Ramón Domenech y Joan Llobell, que han fundado Fil.loxera & Cía. y están revolucionado el panorama valenciano. Llevan desde el 2011 luchando por visibilizar otro mediterráneo, un nuevo mapa vitícola mental abandonado. Los vinos delatan felizmente sus intenciones, un trabajo de encaje de bolillos: 16 pequeñas parcelas, 17 variedades, 70 vinificaciones y barricas con otros tantos vinos aunque solo embotellan seis y… todo en un pequeño garaje familiar del pueblo. Buscan “mostrar lo que podría haber sido Valencia si no se hubiesen arrancado las variedades locales”.

Uno de sus vecinos es el pionero Rafa Cambra, presidente de la Asociación Terres dels Alforins que cobija 11 bodegas, cuyo objetivo desde hace una década es impulsar la viticultura también con variedades históricas. Se lamenta por “el estigma del mediterráneo” y están luchando porque el valle dels Alforins tenga su propia identidad como subzona. “Defiendo una zonificación de la comarca, Valencia debe buscar su propio modelo”.

Los biodinámicos

El Levante español también se ha sumado a la tendencia de la agricultura biodinámica. Casa Los Frailes, bodega que nació hace 20 años en un hermoso bosque mediterráneo de 162 ha, lleva practicando la agricultura ecológica desde sus inicios, ahora aplica técnicas biodinámicas a parcelas marcadas por la heterogeneidad de sus suelos: dolomintas, calizos, aluviones y rubificados. De vocación exportadora (80%), Miguel Velázquez dice que “la reputación internacional es mejorable y hay que trabajar más el segmento singular”. En el otro extremo de la provincia, en la Serranía del Alto Turia, una zona abrupta y montañosa del noroeste, está la interesante apuesta de Nito Alegre con Baldovar 923, bodega rehabilitada en la antigua cooperativa del pueblo que también practica la viticultura ecológica y biodinámica.

Lo mejor del legado

La otra zona vinícola de Valencia, Utiel-Requena, es diferente en su geografía y modelo productivo. Alberto Pedrón en La Sentencia protege el pequeño patrimonio vitícola de su bisabuelo, insostenible en el modelo actual. “Hay mucho viñedo viejo pero malo, no todo vale porque el suelo tampoco es el adecuado”, afirma. Tiene 12 parcelas repartidas en 10 ha en una zona de pequeños minifundios entre valles y laderas, “rastreo las pequeñas viñas del entorno del pueblo para buscar el mejor patrimonio”. Lo mismo opina Víctor Marqués que lidera el proyecto Casa Lo Alto, una finca histórica con casa solariega y bodega en un espectacular paraje con 60 ha de viña donde practica la agricología buscando una identidad propia. “Habría que dejar localizado nuestro patrimonio para los que vengan detrás, yo trabajo el concepto de legado, dejar todo mejor de lo que me encontré”. Entre Requena y Utiel está la familia López-Peidro que en 1990 adquirió Finca Chozas Carrascal. María José y Julián, nueva generación, se encargan de las 112 ha, 32 calificadas como Pago, en un paraje especial en altitud y ubicación. Igualmente comprometidos con la sostenibilidad y la región, comentan que “nuestra responsabilidad está con la comarca a la que pertenecemos, buscamos vinos frescos con contundencia y de guarda”. Pero si hay alguien que rompió moldes y situó a Utiel-Requena y sus variedades bobal y merseguera en el mapa fue Toni Sarrión de Mustiguillo. Después de más de 25 años forjando su propia identidad y combatiendo con los prejuicios, piensa que a su zona “le va a costar despegar, hay que aguantar modas y crisis, la mentalidad del granel solo la cambiará un grupo de bodegas unidas”. Su legado no ha caído en saco roto, y nuevos viticultores como Bruno Murciano, sumiller de talla internacional, está dando nueva vida a la bobal y contribuyendo, como todos los aquí mencionados, a impulsar los vinos de la provincia de Valencia.