El asombro que produce comprobar la inabarcable riqueza del Antiguo Egipto no tiene comparación en ninguna otra cultura del mundo. Descubrir la vida cotidiana de aquella civilización y la exquisitez artística con que la representaron en la piedra de sus construcciones resulta emocionante. El Egipto de la antigüedad era eminentemente agrícola, una estrecha franja irrigable en cada orilla del río Nilo, asediada por el desierto del Sáhara, que ha permanecido inmutable a lo largo de los siglos. Las cultivadas riberas se fueron llenando de tumbas, palacios y templos formidables, que muestran un refinamiento artístico asombroso. La disposición del patrimonio a lo largo del Nilo facilita su descubrimiento navegando en alguno de los barcos de lujo que lo recorren. Mientras la actividad diaria del Egipto actual pasa ante nuestros ojos, se disfruta de la gastronomía autóctona que ofrecen a bordo. Las escalas en muelles cercanos a los monumentos hacen las excursiones sencillas y amenas.
El GEM
La nueva joya de El Cairo es el recién inaugurado Gran Museo Egipcio, un descomunal conjunto arquitectónico, capaz de reunir en su interior obras de arte generadas durante los 35 siglos de historia antigua, desde 3.100 a C. hasta 400 d C. Cien mil objetos de todos los tamaños se muestran en grandes espacios diáfanos, con la silueta de las cercanas pirámides presente a través de ventanales y terrazas –esta joya merecerá un exclusivo artículo próximamente–. La visita de la ciudad histórica de El Cairo debe incluir la Ciudadela de Saladino, elevada sobre su entorno, y las mezquitas de Al Azahar, Ibn Tulun y la del sultán Hassan. Y también sumergirse en la vitalidad del zoco de Jan el-Jalili, repleto de olor a especias, de sederías y joyerías con escaparates deslumbrantes. Hay que reservar tiempo para sentarse en el pintoresco Café El Fishawy, de público bohemio que se multiplica en los espejos de su terraza, no muy lejos del café Naguib Mahfuz, en recuerdo al Nobel de Literatura egipcio que frecuentaba la zona. Con 26 millones de personas en su área metropolitana, El Cairo resulta abrumador, pero concentra su interés en las orillas del Nilo, con grandes hoteles internacionales, en torno a la plaza Tahrir, donde sigue abierto el antiguo Museo Egipcio, al que ahora hay que añadir también el Museo Nacional de la Civilización Egipcia con las momias reales, sin olvidar el interés del barrio copto de los cristianos.
Delicioso
El itinerario gastronómico debe incluir la excelente cocina de Khufu’s, con vistas a las pirámides, o el brillo en preparaciones locales del prestigioso Sachi Heliópolis. Los mejores restaurantes se concentran en el elegante barrio de Zamalek, con una gran referencia en Abou El Sid, de memorable hamam mahshi, la paloma rellena, o en el barco que acoge las mesas de Le Pacha 1901. Los principales hoteles cuentan con excelente oferta culinaria, y las vistas a las pirámides son especialmente sabrosas degustando el pollo a la brasa de Andrea Mariouteya. Para acercarse a la comida cotidiana de calidad se puede probar Zooba, o los muy populares Fasahet Somaya o Koshary Abou Tarek. Platos sencillos como el koshari, las hojas de parra rellenas, la taamiyya, el pichón relleno y los sabrosos guisos de cordero o pollo.
Después de recorrer la planicie de Guiza para contemplar la gran pirámide de Keops, desafiando el paso del tiempo junto a las de Kefrén y Micerinos, sin olvidar la Esfinge, y visitar la antigua Menfis, con el complejo de Saqqara y la pirámide escalonada de Zoser –a 30 km de El Cairo– llega el momento de volar a Lúxor para embarcarse en un incomparable crucero hasta Asuán.
Lúxor
Lúxor tiene una de las mayores concentraciones de monumentos del mundo, con dos maravillosos templos, Karnak y Lúxor, unidos por la espectacular avenida de las esfinges. Al otro lado del río, los valles de los Reyes y de las Reinas esconden las tumbas de Tutankamón y de Nefertari, rebosantes de arte e historia. Las esculturas de los colosos de Memnón y el templo de Ramsés III, en Medinet Habu, son paradas imprescindibles antes de ascender al imponente edificio funerario de la reina Hatshepsut, una joya arquitectónica ante el telón de los ásperos acantilados. Hay que madrugar para asomarse desde un globo, al amanecer, a los restos de la antigua Tebas, dedicar varias horas al templo de Karnak, pasear por el museo y esperar la noche para asistir al espectáculo de luz y sonido. Pasar al menos una noche en el legendario Winter Palace, un hotel histórico que ocupa un elegante palacete victoriano, ayuda a rememorar el tiempo en que alojaba a exploradores y aristócratas europeos enamorados de Egipto.
En el barco
En Lúxor se toma el barco para realizar el crucero por el Nilo hasta Asuán. Embarcaciones de lujo como el Oberoi Zahra proporcionan una gastronomía muy cuidada y un servicio impecable. A medida que la nave avanza suavemente, se contemplan las labores agrícolas en las orillas, tan semejantes a las de hace miles de años. En Esna, los vendedores se acercan en barcas ofreciendo prendas de colores y artesanía, aprovechando la espera del barco para pasar la esclusa. Un tiempo ideal para disfrutar de una copa de vino egipcio y una selección de mezze en la cubierta. En Edfú se visita el templo dedicado a Horus, el dios halcón, que impresiona por su buen estado de conservación y su grandiosidad. En Kom Ombo, el viajero se adentra en el mundo dual de Horus y Sobek, el dios cocodrilo, cuyo museo atesora momias de estos reptiles sagrados en el Antiguo Egipto. Asuán marca el fin del recorrido por el Nilo. Sus aguas, salpicadas de islas y vegetación, desembocan junto al muro colosal de la presa más grande de África. El malecón la Corniche es punto de encuentro para viajeros que se adentran en el zoco donde perfumes, tejidos y dulces se disputan la atención de los sentidos, saturados con los aromas de las especias.
Asuán
Desde Asuán es recomendable navegar entre las islas en una sencilla faluca, observando garzas y martines pescadores, o adentrarse en el jardín botánico de la Isla Kitchener, un oasis de verdor y quietud, para tomar conciencia del milagro de fertilidad que el Nilo supone en el desierto. En Asuán, el Old Cataract Hotel se alza en la orilla del río como un templo del lujo nostálgico. Escenario de novelas de Agatha Christie y refugio en el pasado de la realeza europea, este alojamiento ofrece una experiencia detenida en aquel tiempo. Su restaurante 1902, en la sala neoárabe, sirve alta cocina egipcia e internacional, y su terraza permite contemplar el Nilo, la isla Elefantina y las dunas del Sáhara. Muy cerca de la ciudad, es un placer visitar el templo de Philae dedicado a Isis, salvado de la inundación tras la construcción de la gigantesca presa de Asuán. La cultura nubia mantiene vivas sus tradiciones en las cercanas aldeas, donde la gastronomía local sorprende con platos de influencias africanas. Pero nada tan sensual y placentero como despedirse de Egipto disfrutando del atardecer desde la terraza del hotel Old Cataract o en la colina de Gebel el Asuán, mientras el sol tiñe de oro las aguas eternas del Nilo.