Saint- Malo

La costa esmeralda francesa

La preciosa ciudad amurallada en la Bretaña francesa vive al ritmo de sus mareas, su historia y su gastronomía de mar y montaña.

Foto: Cristina Candel
Foto: Cristina Candel

Por Cristina Candel

Publicación Revista: 01/06/2026

Publicación Web: 01/06/2026

Hasta el s. XVIII solo se podía acceder atravesando una duna y en marea baja, al igual que ocurre hoy en día con los cercanos islotes de Fort Nacional, Petit Bé y Grand Bé, en este último reposan los restos del escritor François-René de Chateaubriand, que nació y vivió en Saint-Malo hasta los 8 años y fue enterrado aquí “para continuar mi diálogo con el mar”. Además del célebre escritor, la ciudad tiene un pasado corsario importante, piratas legales que llegaron a amasar grandes riquezas y navegantes intrépidos que alcanzaron lugares tan remotos como Canadá, Río de Janeiro o Madagascar. Dos kilómetros de murallas rodean Saint-Malo y desde lo alto de las mismas se abre una estupenda perspectiva de la ciudad, del mar y de sus islotes fortificados. También se divisa la piscina de agua salina de Bon Secours a los pies de la muralla, ideada en 1930 para poder darse un chapuzón cuando la marea se retira y que continúa siendo igual de útil hoy en día. Si algo caracteriza a esta zona son las amplias mareas que pueden llegar a tener unas diferencias de 13 metros de altura y para las que se colocaron enormes troncos de madera de castaño y roble al borde de la playa, muchos de ellos llevan más de 100 años haciendo de rompeolas, aunque los días de temporal, las algas llegan hasta el paseo marítimo junto con las olas.

Bien-vivre

A finales del s. XIX familias adineradas construyeron aquí su segunda residencia para pasar varios meses al año, dando lugar al barrio balneario de Paramé donde se encontraba en esa época el Grand Hôtel Paramé. Convertido en hospital durante la guerra, volvió a abrir sus puertas en 1963, esta vez incorporando a su oferta la talasoterapia que sigue siendo uno de los mayores atractivos del rebautizado Grand Hôtel des Thermes, lujo y relax en este edificio a pie de playa que conserva su arquitectura Belle Époque.

Hoy día no solo los tratamientos ter-males atraen a los visitantes, también la gastronomía bretona que ha sabido conjugar con sabio equilibrio los productos de su tierra y su mar. Aquí los chefs saben que el lujo es trabajar con ganaderos, agricultores y pescadores de la zona y sacar el mejor partido a sus materias primas que no son pocas: ostras, cangrejos, vieiras o mejillones, pero también corderos criados al borde del mar y leche de vacas que pastan libremente en prados fértiles y conforma la materia prima de la deliciosa y famosa mantequilla de esta región.

Intramuros

A pesar de que gran parte del casco histórico fue bombardeado durante la II Guerra Mundial, la reconstruida ciudad conserva el encanto de la época corsaria y algunas joyas arquitectónicas como la Grand Porte, del s. XV, y la puerta de Saint Vicent, de principios del XVIII. Entrando por esta última se llega directamente al castillo de Saint-Malo que en la actualidad alberga el Ayuntamiento y el Museo de Historia de la ciudad. Nada mejor que perderse en sus callejuelas y acercarse a la tienda La Maison du Beurre, donde el maestro Jean-Yves Bordier atesora desde 1986 una colección de mantequillas aromatizadas en el propio establecimiento. A pocos metros de distancia se halla La Maison du Sarrasin de Bertrand Lar-cher que ofrece todo tipo de productos; caramelos, pastas, galletas, empanadas y demás delicatessen, elaboradas con trigo sarraceno que cultiva él mismo en una finca cercana en Saint-Coulomb.

Y por supuesto, la tienda de especias Roellinger, donde siguiendo la tradición corsaria, mezcla especias tanto de Francia como del resto del mundo. Especias que por cierto utiliza Hugo, el miembro más joven de esta saga culinaria, en su Le Coquillage 3* ubicado en la vecina Saint-Méloir-des-Ondes.

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El legendario Grand Hôtel des Thermes famoso por su spa

Menú bretón

Además del paseo por el caso antiguo es de obligada visita uno de los cuatro mercados con que cuenta la ciudad; Saint-Servan, Rocabey, Intra-muros y Paramé, donde disfrutar de charcutería, ostras, panes, frutas, verduras y hasta pescados y mariscos del día. El entrante que nunca falta en ningún menú bretón es La Gallete, una especie de crepe de forma cuadrada, elaborado con trigo sarraceno y relleno de cualquier ingrediente salado, las clásicas suelen llevar huevo, jamón, queso o champiñones. También el estofado de cerdo, ternera y verduras conocido como kid ha farz o las salchichas andouille que en la isla de Moléne se ahúman con algas lo que confiere a la carne un sabor realmente especial. En cuanto a los postres destaca la kouign-amann –tarta de mantequilla en bretón– una deliciosa tartaleta de harina, mantequilla y azúcar, pero también los crêpes –que aquí solo se encuentran en formato dulce–, caramelos de mantequilla salada o las famosas galletas de mantequilla.

Alrededores

Cancale, conocida como La capital de la ostra del norte, se encuentra a apenas 15 km hacia el este y, aunque se puede ir por el interior, la carretera más cercana al mar ofrece unas vistas imponentes de este tramo de la Costa Esmeralda que combina miradores, playas y acantilados. Cancale ya era apreciada en tiempos de los romanos por sus ostras salvajes, hoy en día se cultivan dos tipos del codiciado bivalvo; la plana –ostrea edulis– de sabor más intenso ya que siempre está en contacto con el mar y la hueca –crassostrea gigas– que sale y entra del mar según mareas, da fe de ello el paisaje con marea baja que deja a la vista los inmensos criaderos. Una buena manera de adentrarse en este mundo es visitar la granja marina L'Aurore, que ofrece visitas guiadas con cata donde se puede profundizar en la diferencia de sabor y cultivo entre ambas, para terminar el día en el Puerto de la Houle –oleaje– y dar un paseo por su espigón para disfrutar el impresionante paisaje de la bahía.

También desde Saint-Malo, pero esta vez 20 km hacia el sur, siguiendo el cauce del río Rance, se encuentra el encantador pueblo marinero de Saint-Suliac, clasificado como uno de los más bonitos de Francia, aquí basta con perderse en sus pequeñas callejuelas empedradas, encontrando su bella iglesia y llegar hasta la playa y animado puerto. Otras formas de explorar la región son las excursiones que propone Sensations Littoral a bordo de un velero de madera o de paseo en carruaje al atardecer por la gran playa de Sillón mientras se pone el sol… qué mejor forma de terminar el día por la Costa Esmeralda que a esta hora ya se ha tornado naranja.

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