Viaje Ticino

El sol suizo

Impresionantes valles y románticos lagos engalanan ciudades y pueblos con un encanto especial, todo aderezado con la cocina, el ambiente y la lengua italiana que impera en la región.

Foto: Carlos Zapata
Foto: Carlos Zapata

Por Carlos Zapata

Publicación Revista: 01/05/2024

Publicación Web: 01/05/2024

De los cantones suizos, el Ticino, situado al sureste haciendo frontera con Italia, es el que conforma un entramado geográfico y cultural diferente a los otros del país de Guillermo Tell. Esta región, la más soleada del país, se muestra como el decorado de un cuento de hadas donde Lugano, su ciudad principal, se yergue majestuosa entre el lago del mismo nombre, y dos pequeñas montañas –el Monte Bré y el Salvatore– que, aunque no lleguen a los 1.000 m de altura, la arropan de tal forma que parecen querer protegerla con su abrazo. Paseando por las orillas del lago del que toma su nombre, los decadentes hoteles y casas porticadas de principios del s.XX dan un empaque señorial al recorrido. Al lago se asoma la Piazza della Reforma, centro neurálgico de la ciudad, donde se encuentra el Palacio Civico, hoy sede del Ayuntamiento. De visita obligada es la Catedral de San Lorenzo, y sobre todo el Claustro e Iglesia de Santa María de los Ángeles con sus interesantes frescos renacentistas. A continuación, en la vía Nassa y la Via Pessina, las calles más comerciales, los puestos de frutas se alternan con las llamadas salumerias, unas charcuterías o tiendas de ultramarinos, que comercializan fiambres y embutidos típicos de la región.

Del Barón Thyssen a Hermann Hease

El lago cuenta con numerosos embarcaderos de donde parten distintas excursiones para conocer pueblos con en-canto como Gandria, pintoresca aldea pesquera suspendida en una empinada ladera, o Marcote que se ha convertido en lugar de encuentro de artistas. En el recorrido se pueden admirar, a lo largo de las riberas, hermosas mansiones y palacios como la famosa Villa Favorita, donde tenía la colección el Barón Thyssen, que posteriormente pasó a Madrid. Hacia el interior se encuentra la pequeña población de Montagnola, donde vivió sus últimos años el escritor de origen alemán, y nacionalizado suizo Hermann Hesse, al que le han dedica-do un museo. A pocos kilómetros se encuentra la pequeña localidad de Gentilino donde, en su cementerio, reposan los restos del Premio Nobel, lugar de visita de todos sus seguidores. Y justo frente al cementerio, la Iglesia de San Abbondio, con sus altivos cipreses, se ha convertido en una de las postales de esta región. Más al norte se encuentra Bellinzona, capital del cantón y estratégica ciudad que guarda como oro en paño, tres majestuosos castillos construidos entre los siglos XIII y XV, que han merecido el título de Patrimonio de la Humanidad; el de Montebello, el de Sasso Corbaro y el Castelgrande. Desde sus torres y almenas se divisa una perfecta panorámica de esta interesante ciudad que los sábados despierta con el bullicio del mercadillo que se extiende desde la Piazza Nosetto por los callejones del casco antiguo. Especializado en delicias culinarias, propios y extraños acuden atraídos por la amplia variedad de quesos, embutidos elaborados con recetas antiguas, frutas locales y todo tipo de panes.

Comer en un grotto

Imprescindible comer en un grotto, lugares que, construidos originalmente en cuevas o sótanos en la roca, servían para almacenar los alimentos y actualmente se han convertido en pintorescos y típicos merenderos o restaurantes, con sus mesas de piedra o madera a la sombra de viñedos o castaños. La especialidad es la cocina tradicional de la región claramente influenciada por la italiana, no faltará nunca el pesto aderezado con queso parmesano o de oveja, o la famosa polenta. Pero también los entremeses de embutidos; el brasato –carne de vacuno estofada en vino tinto–; los risottos, los guisos y estofados como la cazzöla. También el pescado fresco de los lagos, pesci in carpione –perca marinada en vinagre de vino tinto– o el salmerino, un cruce de salmón con trucha, son habituales en los menús. En cuanto a los postres, la torta di pane o el zabaglione –crema de yema de huevo y azúcar y vino–, sin olvidar los fantásticos quesos del cantón.

El otro lago

La lengua norte del italiano lago Maggiore entra en el Ticino conformando otro de los atractivos del cantón suizo. A sendas riberas del amplio delta del río Maggia que desemboca en el mencionado lago se encuentran las ciudades de Ascona y Locarno. Ésta última, que fue durante gran parte del s. XIX, la capital del Ticino, es actualmente una ciudad turística famosa en el mundo por su festival de cine de verano. Considerada la ciudad suiza con más horas de sol, es imprescindible tomar el funicular para subir al Santuario de la Madonna del Sasso. Construido a finales del s. XVI, sobre un peñasco rocoso, la imagen de este santuario, lugar de peregrinación, se ha convertido en uno de los emblemas más conocidos del cantón. En la otra orilla del delta, antigua localidad de pescadores, y ahora de artistas, pasa por ser uno de los más románticos y bellos pueblos de Suiza. Su casco histórico, con sus calles, repletas de pequeñas tiendas de artesanía y galerías de arte, es sólo la antesala de la fachada marítima y de la Piazza Motta, con sus casas pinta-das de diversos colores y ocupadas en su mayoría por restaurantes en sus bajos, que contrastan con el azul del lago, las barcas de los pescadores, y los embarcaderos que acogen las llegadas y salidas de los barcos que pululan por todo el lago Maggiore.

Valles románticos

El Ticino acoge un ramillete de valles, a cada cual más interesante, que son de visita obligada para conocer la idiosincrasia original de estas tierras, que hasta hace poco eran bastante desconocidas para el turismo. Los valles, bajo las cumbres agrestes cubiertas de bosques, con numerosos paseos junto a lagos y arroyos de montaña, están salpicados de pueblecitos, con sus casas de granito y pizarra, donde los puentes medie-vales y las iglesias altivas con tintes de románico lombardo, se han conservado perfectamente, en una belleza arcaica y luminosa de la que se sienten orgullosos los ticinenses. El valle Verzasca tiene en Lavertezzo, uno de los parajes más famosos del Ticino. Es el llamado Ponte dei Salti, un puente medieval reconstruido sobre unas pozas naturales, a las que acuden numerosos ticinenses a bañarse. Más al norte, en el Valle de Lavizzara, el pueblo de Magno cuenta con una construcción que atrae a numerosos turistas; la iglesia de San Giovanni Battista, construida en 1996 por el arquitecto suizo Mario Botta, figura clave de la arquitectura contemporánea. Una iglesia cilíndrica de granito gris y mármol blanco con un estilo neorrománico, que no deja a nadie indiferente. También hay que visitar el valle de Onsernone, con numerosos pueblos de casas de piedra, y fachadas con terrazas de madera muy pintorescas. Algunos de estos pueblos, con nombres curiosos como Russo o Loco con su museo del Molino, son de visita obligada al igual que Comologno, donde se encuentra el Palazzo Gamboni reconvertido en un hotel histórico. El Ticino es, sin duda, la hija predilecta de Suiza, la que le da luz y calor con su armonía imperecedera.

Te puede interesar

El Désalpe despide el verano en Suiza

Una tradición popular que festeja el descenso del ganado hacia los valles donde pasará el invierno tras un verano pastando a más de 1.500 metros de altitud.