Viaje Samaná

Caribe más remoto

Atesora playas solitarias, rincones intactos, sabores auténticos, y un valioso patrimonio natural, en un territorio de belleza abrumadora donde el turismo no masificado se reparte en pequeños hoteles de lujo.

Foto: Enrique D. Uceta
Foto: Enrique D. Uceta

Por Enrique D. Uceta

Publicación Revista: 01/12/2020

Publicación Web: 09/12/2020

La península de Samaná es un mundo aparte, que supera en calma y armonía al resto de espléndidos paisajes del norte de la República Dominicana. Una larga lengua de territorio montañoso sobresale del contorno de la isla y se extiende de oeste a este, paralela al litoral atlántico, cerrando al sur una extensa bahía de aguas azules salpicada por playas idílicas. Millares de ballenas jorobadas acuden durante los tres primeros meses del año a la zona para disfrutar de las aguas cálidas en las que retozan, dan a luz y crían a sus ballenatos.

Mezcla de etnias

La propia península es un jardín natural cubierto de bosques, donde los cocoteros dan sombra a las arenas de polvo de concha cerca de los arrecifes. Viajar a Samaná permite combinar playas y actividades en la naturaleza con el disfrute del placentero modo de vida que asociamos al Caribe. El territorio no ha sido invadido por el turismo, y sigue transmitiendo las sensaciones de alegría y placer de vivir que permiten el buen clima y la abundancia de alimentos expresada en la variedad de frutas tropicales. Samaná es diferente porque siempre ha sido un espacio remoto, apartado de las ciudades coloniales, que permaneció deshabitado hasta el s. XVIII, cuando llegaron españoles procedentes de Canarias para fundar la ciudad principal, Santa Bárbara, en 1756. Después se asentaron los franceses que huían del vecino Haití y, más tarde, en el s.XIX, se incorporaron esclavos libertos de Estados Unidos, que llegaron con su religión protestante. De esta manera aprendieron a convivir en paz etnias, lenguas y religiones, y todavía hay personas que hablan el francés del s. XVIII o el inglés del s. XIX, con el español como lengua común.

Paisaje y gastronomía

Los cincuenta kilómetros de la península de Samaná reúnen una gran riqueza de paisajes. Desde el aeropuerto El Catey, al oeste, la carretera principal corre por el sur, asomada al interior de la bahía, hasta Las Galeras, en la punta este, abierta ya al Atlántico. Varios desvíos conducen a la costa norte atravesando bosques intactos y altos miradores sobre los dos litorales. Afortunadamente, no hay zona turística. Una formidable colección de hoteles boutique se esconden en los mejores lugares y se integran en el modo de vida hospitalario de su gente. La costa norte de Samaná es salvaje y auténtica, con pequeños pueblos de pescadores en Las Terrenas, Portillo o Las Galeras, que tienen sus casas cerca de las playas de arena blanca, a las que se asoman bares y restaurantes con vistas a las aguas de color esmeralda. Son refugios ideales para disfrutar del pescado con coco, el marisco fresco, como langosta, centolla, camarón, y el lambí, el molusco de las caracolas, de carne firme que acompañan de vinagreta o guisada con tomate. En el menú de los chiringuitos no faltan pescados a la parrilla, atún, dorado, calamar, pulpo, carnes de pollo, res, cerdo, y el chivo asado o guisado.

Turismo equilibrado

Las Galeras es el pueblo que ofrece más actividades en esa costa, y se está convirtiendo en emblema de un turismo respetuoso con el medio ambiente. Los pescadores fondean sus barcas en la magnífica playa El Aserradero, punto de partida para las excursiones en lancha que llevan a disfrutar de calas solitarias de difícil acceso por tierra, como Frontón o Madame, perfectas para esnórquel. La de Bahía Rincón, clasificada entre las cinco mejores del mundo, forma un maravilloso arco de más de dos kilómetros, abrazando una ensenada perfecta. Ofrece un aspecto virginal, sin construcciones, donde los cocoteros esconden varios chiringuitos para refrescarse con agua de coco, cerveza local o un combinado de ron. A la hora de comer, además de los mariscos y pescados a la parrilla, es posible probar los platos nacionales, la bandera dominicana, que suma alubias rojas, arroz, ternera o pollo, aguacate, plátano frito y ensalada, o el sancocho, a base de carnes de ternera, cerdo y pollo, con verduras y especias.

La capital gastronómica

Las Terrenas es el otro paraíso de la costa atlántica samanense, un pueblo de pescadores asomado a largas playas salpicadas de manglares y promontorios rocosos. La cercanía de los arenales de playa Bonita, Cosón o Bobilanza ha fomentado la presencia de segundas residencias de lujo, de pequeños hoteles boutique, y de tres docenas de restaurantes que hacen de Las Terrenas la capital gastronómica de Samaná. Entre ellos destaca el restaurante del hotel Atlantis, donde Gérard Prystasz, que fue chef del palacio del Elíseo, ofrece maravillas como el Tartar de centollo y Aguacate al limón verde o las sabrosas preparaciones de dorado. Las cocinas de El Dieciocho y Las Tres Carabelas comparten calidad de producto, preparaciones y bodega, dentro de una oferta donde no faltan chefs italianos, españoles o japoneses enamorados de la zona.

El escondite de las estrellas

El interior de la península es un territorio montañoso que atesora paisajes frondosos, casi selváticos. En El Valle se realizan safaris en vehículos todoterreno y sus alturas acogen algunas mansiones de estrellas americanas del cine y la música, que aprecian su remota belleza y su seguridad. Alejadas de la costa, se descubren pequeñas plantaciones de bananos, cacao, café y coco, junto a las viviendas de madera bien pintadas, por carreteras que trepan por las laderas y llegan hasta elevados miradores que dominan el litoral atlántico y la tranquila bahía. Una corta excursión a caballo a través del bosque permite alcanzar la escondida cascada del Limón, donde el agua cae desde 55 metros de altura en una amplia poza. En Samaná, la animación se concentra a ambos lados de la carretera, una especie de calle mayor orillada de tiendas, talleres, puestos de lotería, recorrida por gente que se mueve caminando, a caballo o en moto, en un espectáculo humano cargado de vitalidad. La mayor densidad se encuentra entre Sánchez y la capital, para disolverse rápidamente al alejarse hacia el este, pasando junto a tranquilas playas camino de Las Galeras.

Excursión a los islotes

La ciudad de Santa Bárbara domina el sur de la península, con los barcos de pesca y de recreo en el puerto, y un amplio paseo al borde del agua, la Avenida Marina salpicada de quioscos que se animan a la caída de la tarde. Hay dos islotes unidos al casco urbano por puentes peatonales, que permiten ver desde el mar las pequeñas residencias encaramadas en la colina. En el centro emergen las torres de la iglesia católica y, a su lado, el templo protestante, la Churcha, del siglo XIX, hoy el edificio más antiguo, único superviviente al incendio de 1945. Destaca el islote de Cayo Levantado, también llamado Isla Bacardí, por ser el perfecto escenario de la imagen de un Caribe de rones deliciosos y limones salvajes. Sólo hay que navegar cinco kilómetros desde la capital para llegar a la isla, ocupada por un único hotel privilegiado, el Bahía Príncipe Luxury Cayo Levantado, convertido en refugio de lujo con playa propia y excelente oferta culinaria.

Mangles y ballenas

Al parque nacional de Los Haitises se llega navegando entre islotes poblados por pelícanos pardos y fragatas, para adentrarse en manglares intactos que forman un bosque tupido de mangles rojos y blancos. Garzas y aves pescadoras revolotean antes de desembarcar para entrar en la Cueva de la Línea, con paredes cubiertas por pictografías de los antiguos aborígenes, que representan ballenas, tiburones y figuras humanas. Entre enero y marzo, el Banco de la Plata es uno de los mejores sitios del mundo para ver cientos de ballenas jorobadas que nadan y se aparean en el interior de la bahía. Desde Santa Bárbara salen las lanchas al encuentro de los gigantescos cetáceos, con avistamiento garantizado y bajo estricta supervisión para no interferir en su actividad. Probablemente, las ballenas tienen la misma opinión sobre Samaná que quienes van a verlas. Están en el lugar ideal del hemisferio norte para disfrutar de la vida en invierno, y en uno de los rincones más bellos del Caribe.