Los antiguos mayas la llamaron Zamá, que significa amanecer en lengua yucateca, y recorriendo sus enigmáticas ruinas, encaramadas en lo alto de un acantilado que mira al Caribe, es fácil adivinar por qué. Desde hace más de 800 años, cada mañana las espectaculares construcciones de esta ciudad amurallada reciben la caricia cálida y dorada del sol naciente, que baña un paisaje dominado por ceibas, palmeras, playas y templos majestuosos. El más singular de todos es El Castillo, un vistoso edificio que, además de ser un importante santuario, sirvió de faro a los marinos mayas.
Cuando en 1518 los integrantes de la expedición de Juan de Grijalva avistaron por primera vez la estampa de Zamá, hoy convertida en Parque Nacional y rebautizada como Tulum, la civilización maya estaba ya languideciendo. Hoy, cinco siglos después, la Riviera Maya, situada en la costa del estado mexicano de Quintana Roo, es famosa por sus playas de aguas turquesas, sus fabulosos resorts y por localidades como Playa del Carmen o Puerto Morelos. Pero basta con escapar un poco de esas seductoras tentaciones, para descubrir otro paraíso –compatible con el anterior–, que conserva la herencia de esta cautivadora cultura, y que aguarda en numerosos rincones de la península del Yucatán.
En las entrañas de la tierra
Uno de ellos se encuentra en Dos Palmas, una aldea de apenas cincuenta habitantes en pleno bosque tropical, no muy lejos de Tulum y de sus complejos hoteleros. El contraste con estos últimos no puede ser mayor. Los vecinos de esta diminuta comunidad maya siguen viviendo al modo tradicional, en pequeñas cabañas sin electricidad y techo de palapa. Allí, las mujeres cocinan artesanalmente las tortillas y todavía se conserva la tradición de realizar el temazcal (un antiguo ritual prehispánico para desintoxicar cuerpo y espíritu). Los visitantes pueden participar en él, y después darse un baño en un pequeño cenote, pues la península del Yucatán oculta en el subsuelo una red de ríos subterráneos de más de 500 km de longitud. En algunos puntos, la erosión provoca derrumbes que se convierten en accesos a este mundo acuático. Son los cenotes, lugares que los antiguos mayas creyeron entradas al inframundo, donde residían dioses y difuntos. Hoy muchos de ellos –hay más de 6.000– están abiertos al público y el visitante puede penetrar en sus entrañas y darse un refrescante baño en un entorno único. El cenote Imix, cerca de Tulum, es uno de los más espectaculares. Allí, al descender a las profundidades, aparece una caverna repleta de estalactitas y estalagmitas y una masa de agua turquesa que invita a adentrarse en lo desconocido…
Sabor colonial
La Riviera Maya se limita a unos 200 km de costa en Quintana Roo, pero la proximidad con el estado vecino, Yucatán, permite descubrir otras joyas del territorio maya como la ciudad de Valladolid, fundada en el siglo XVI, y que aún conserva un inconfundible aire colonial. Su epicentro, el parque Fran-cisco Cantón Rosado, ocupa el espacio donde, a la llegada de los españoles, se levantaba una imponente pirámide maya. Sus piedras se usaron para construir la iglesia de San Gervasio, que con sus hechuras de pequeña catedral es un imán para locales y visitantes. Lo mejor para tomarle el pulso a la ciudad yucateca es callejear por su mercado, bullicioso y en continuo movimiento, con infinidad de puestos en los que se pueden degustar los productos autóctonos: guayas –un fruto carnoso y agridulce de cáscara verde–, jícamas –una especie de nabo, al que se añade sal, limón y chile– o los más convencionales mangos. Y es que, muy a menudo, aquí los bocados más deliciosos se encuentran a pie de calle. Pero para darse un auténtico festín de gastronomía local hay que acudir a un restaurante tradicional, como Las Campanas, con vistas a San Gervasio. No es fácil elegir en una carta repleta de nombres exóticos y apetitosos, pero conviene probar una parrillada yucateca, toda una fiesta de sabor en la que desfilan numerosos invitados: poc chuc –filetes de cerdo a la brasa–, cochinita pibil, morcilla, arroz, tortillas, frijoles, totopos… una delicia que se puede acompañar con una michelada –cerveza, limón, sal y picante– bien fría o, por qué no, con una margarita.
Más al oeste, en dirección a Mérida, aguardan las ruinas de Chichén Itzá, declarada Patrimonio de la Humanidad y uno de los grandes tesoros de la civilización maya que cada año atrae a más de un millón de visitantes. En sus casi 15 km2 se acumulan construcciones como El Caracol, El Templo de los Guerreros o El Juego de Pelota. Sin embargo, su mayor joya es la pirámide de Kukulkán, una espectacular estructura de 32 m de altura repleta de claves astronómicas y una sorpresa celestial: en los equinoccios, el sol proyecta una sombra que repta por la pirámide hasta la cabeza de una serpiente de piedra; es el dios Kukulkán…
La puerta del cielo
Volvemos a la costa caribeña y allí, al sur de Tulum, se encuentra un pedacito de edén en la Tierra. Los mayas lo bautizaron como Sian Ka’an –La puerta del cielo–, y no hay duda de que es una antesala del paraíso. Con un ecosistema habitado por más de 2.500 especies y paisajes de manglares, dunas y arrecifes de coral, este hermoso enclave es Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad desde 1987. En sus aguas, de un turquesa cegador, se puede realizar snorkel y contemplar tortugas marinas, delfines, peces globo y otras muchas especies que habitan en sus bellísimos arrecifes de coral. También abundan las playas desiertas, y un paseo en lancha motora muestra las numerosas aves que, como las fregatas, tienen su hogar en los frondosos petenes, masas de árboles de hasta 30 metros de altura. Si Sian Ka’an era la puerta del cielo, Holbox significa agujero negro. Sin embargo, en este caso es difícil imaginar la razón, pues esta preciosa isla, situada allí donde se encuentran las aguas del Caribe y el golfo de México, es otro rincón paradisíaco repleto de color. Para llegar hasta allí hay que tomar una lan-cha en el puerto de Chiquilá y atravesar la laguna de Yalahau. Llegando a Hol-box se pueden avistar tiburones ballena e incluso nadar junto a ellos pues, a pesar del nombre, solo comen plancton, así que no hay peligro de llevarse un mordisco. Nosotros sí podemos darlo, ya en tierra firme, pues Holbox cuenta con una abundante oferta de restaurantes: aquí la estrella es la langosta, capturada por los pescadores locales y presente en todo tipo de platos, ¡incluso en pizza! No faltan tampoco pescados frescos, pulpo a la brasa o tacos al pastor. Antes de decir adiós al paraíso, queda un último trámite: en Holbox uno se despide, literalmente, con un brindis al sol. La playa de Punta Cocos, al oeste, ofrece una de las puestas de sol más hermosas de todo México. Así que hay que pedir una margarita, una michelada o un buen tequila y disfrutar del espectáculo.