Puerto Rico es mucho menos conocido de lo que merece. Fue parte de España, y ahora es un estado libre asociado a los Estados Unidos de América, que guarda celosamente su personalidad, vinculada a la cultura y a la lengua españolas. Recuperado del devastador huracán María en 2017, el país ha renacido con fuerza. Si las ciudades coloniales atesoran patrimonio e historia, la naturaleza deslumbra con aguas de ensueño bañando playas deliciosas a la sombra de los cocoteros, y también en bosques, marismas, grutas impresionantes y bahías bioluminiscentes.
Antes de la llegada de los españoles en 1493, la isla estaba poblada por taínos, que llamaban Borinquen a su tierra. Salvo algunos centros ceremoniales indígenas, casi todo lo que se ve ahora se debe a cuatro siglos de la presencia española que terminó en 1898. Desde 1917, Puerto Rico es estadounidense, ha alcanzado un alto nivel de vida, y muestra una cultura mixta orgullosa de su singularidad. El tamaño del territorio, 160 km de este a oeste y 56 de norte a sur, permite conocerla en un viaje sin prisas, rodeándola cerca de la costa, y haciendo incursiones en las montañas del interior. La buena gastronomía se une a la calidad de la música que parece flotar en el aire. Daddy Yankee, Marc Anthony y Bad Bunny invitan a bailar, disfrutando del ron local, en el país que inventó la piña colada.
Incomparable San Juan
San Juan de Puerto Rico, la capital, ha crecido en torno al puerto natural y las antiguas fortalezas que lo protegían, El Morro y San Cristóbal. El casco amurallado, el Viejo San Juan, es Patrimonio de la Humanidad, y acaba de cumplir 500 años muy bien conservado. Es un placer recorrer sus calles empedradas, en torno a la plaza de Armas, entre iglesias, conventos y más de ochocientos casas históricas, muchas de ellas neoclásicas, del s. XIX, con fachadas pintadas de vivos colores caribeños, en uno de los lugares más bellos de América. Los restaurantes son abundantes en el Viejo San Juan, ideales para descubrir sabores propios, como el arroz con frijoles y el mofongo, una pasta de plátano verde frito, que se rellena con verduras, mariscos o carnes guisadas. La cocina portorriqueña tiene base española y una gran influencia afrocaribeña, y va unida a la música en la vida cotidiana. Para comprobarlo, nada mejor que ir a la zona de Santurce, un barrio cultural repleto de museos, galerías de arte y restaurantes en torno a la calle Loíza, muy cerca del Lote 23, un parque gastronómico al aire libre, y del Mercado de Santurce, donde los fines de semana se bebe y baila en la calle hasta la madrugada. El popular chef José Enrique, que alimentó a las víctimas del huracán junto a José Andrés, ofrece sabores portorriqueños y célebres frituras en su restaurante del Condado. Aunque la escapada gastronómica más recomendable lleva hasta las montañas del interior, hacia Guavate, para probar el lechón, asado lentamente en las lechoneras que se suceden junto a la carretera.
Descubriendo la isla
Con un coche de alquiler es fácil y seguro realizar un tour alrededor de la isla, bañándose en las playas más bellas. Viajando desde San Juan en sentido horario, en la costa oriental se encuentran Río Grande, con un emporio gastronómico en los famosos quiosco junto a la playa de Luquillo, y hoteles sensacionales al pie del Bosque Nacional El Yunque, la mejor selva tropical lluviosa intacta del país, que atesora una naturaleza exuberante. Conserva 240 especies de árboles y gran número de orquídeas y altos helechos, que esconden numerosas cascadas en las que bañarse.
En la costa oriental se encuentra el municipio de Fajardo, que tiene en Puerto del Rey la mayor marina para embarcarse en un catamarán y pasar el día en algún islote deshabitado. Otra opción es navegar al paraíso casi intacto de las islas Vieques y Culebra, de aguas cristalinas frecuentadas por tortugas y manatíes. Algunos hoteles de lujo remoto se sitúan cerca de las solitarias playas de Flamenco en Culebra, o de Caracas en Vieques.
De vuelta en Fajardo, la Reserva Natural Cabezas de San Juan abre caminos a través de un frondoso bosque, junto a praderas marinas y manglares, para llegar hasta la Laguna Grande, donde en noches de luna nueva se puede ver el brillo mágico del agua cuando se agita, activando la bioluminiscencia de los diminutos dinoflagelados que viven en ella. La carretera sigue por la costa enlazando playas magníficas y pueblos de pescadores, como Arroyo y Salinas, con mesones gastronómicos de marisco y pescado frescos, que preparan platos de pulpo, carne de caracol, langosta y bacalao, en el camino hacia Ponce.
La capital del sur
Ponce se sitúa en el centro del sur de la isla. Estaba rodeada por cultivos de caña, cuando el azúcar y el ron salían al mundo a través de su puerto. La rica ciudad se convirtió en capital meridional y vio surgir edificios de gran valor histórico, de los que han sobrevivido más de un millar. Los coches de caballos todavía recorren calles en las que se respira el ambiente colonial. Entre las visitas más gratas, el Museo de Arte, el viejo Parque de Bombas, de madera pintada a rayas rojas y negras, que conserva antiguos equipos contra incendios, y el castillo Serrallés, un edificio modernista, levantado por la familia que elabora uno de los mejores rones locales. Desde sus jardines son formidables las vistas de Ponce descendiendo hacia el Caribe, hasta su puerto y el encantador paseo de tablas al borde del agua de La Guancha, que enlaza buenos restaurantes y quioscos donde disfrutar de hermosas puestas de sol. En el interior del municipio se pueden conocer fincas que aún elaboran cafés de calidad, como la Hacienda Buena Vista.
Cerrando el anillo
Al oeste de Ponce se encuentra la población de La Parguera, rodeada de manglares y con su propia bahía bioluminiscente, excelente lugar para kayak y pesca de atunes y pargos. Cabo Rojo es otra población en la esquina suroeste de la isla, con excelentes playas y el arroz con habichuelas y pescado frito como emblema. En sus playas y en sus restaurantes, Annie’s Place o Buena Vibra, se siente con fuerza la indolencia placentera del Caribe.
Porta del Sol es el nombre local para la costa oeste, donde merece una para-da Mayagüez con su aire colonial, y San Germán, con su magnífica iglesia de Porta Coeli y las mansiones de los hacendados cafetaleros. De vuelta en la costa norte, se llega a Arecibo, ideal para desviarse a las Cavernas del río Camuy o al Cañón de Tanamá para adentrarse en paisajes subterráneas de gran belleza. Antes de regresar a San Juan, en el municipio de Dorado esperan largas playas y lujosos hoteles junto a campos de golf. Nada acerca más a los placeres del auténtico Puerto Rico que una vuelta a la isla con la salsa, la plena, el merengue y la bomba en la radio del coche, bañándose a capricho y disfrutando de los quioscos y restauran-tes que ofrecen los mejores productos del mar recién sacados de las aguas del Atlántico y el Caribe.