Viaje Croacia Zadar

La joya del Adriático

Desde Zadar, repleta de monumentos y de vida, al parque nacional de paklenica y las sensuales islas de Pag, Dugi y Nin, regresando para contemplar, la puesta de sol más bella del mundo.

Foto: Enrique D. Uceta
Foto: Enrique D. Uceta

Por Enrique D. Uceta

Publicación Revista: 01/07/2022

Publicación Web: 01/07/2022

Croacia es un país esplendoroso duran-te los meses de verano, en especial gracias a su larguísima costa a lo largo del Adriático, casi 1800 km de litoral, protegido por más de mil doscientas islas. Esos paisajes de penínsulas y bosques que bajan de las empinadas montañas y se adentran en el mar entreverando las aguas azules con los archipiélagos rocosos, invitan a ser recorridas en barco, a vela, o tomando pequeños transbordadores para disfrutar de las playas y de un modo de vida tranquilo, repleto de placeres sensoriales y de una gastronomía de poderosos acentos marinos.

Joya histórica

En el norte de esa costa de la antigua Dalmacia se encuentra la encantadora ciudad de Zadar, una joya cargada de historia, incluida en la lista del Patrimonio de la Humanidad por las fortificaciones venecianas y el conjunto episcopal. En sus calles estrechas se dan la mano monumentos y gastronomía, en docenas de restaurantes que ocupan cada metro cuadrado disponible en un casco histórico idóneo para zambullirse en el mar poniendo la toalla en el pavimento. La reducida península en la que se levanta la ciudad antigua de Zadar protegía un fondeadero seguro en el litoral de Dalmacia. Fundada por los ilirios, los romanos la engrandecieron, hasta que, en tiempos medievales, fue objeto de deseo para los intereses de la república marinera de Venecia, que adquirió el territorio dálmata en 1420. Ellos levantaron las fuertes murallas que aún rodean buena parte de la ciudad, y protagonizaron el auge de un recinto urbano que se llenó de palacios de ricos comerciantes, de templos y conventos, y de plazas y rincones donde permanece el espíritu de los mejores cascos antiguos renacentistas. La ciudad pasó a pertenecer a Austria cuando finalizaba el s. XVIII, momento en el que fueron derribadas las murallas occidentales para abrir una ancha plataforma, La Riva, junto al mar. Su breve pertenencia a Italia terminó con los duros bombardeos de la II Guerra Mundial, que hicieron surgir del subsuelo del centro histórico los restos del antiguo Foro Romano.

Esencia Mediterránea

Zadar es un escenario de arte urbano que atesora dos milenios de monumentos en un laberinto salpicado de iglesias diminutas y modestos palacios, con varias plazas llenas de encanto, como la de los Cinco Pozos, la del Pueblo o la del Mercado. Durante el verano se llena de gente joven, deseosa de disfrutar de las terrazas y restaurantes que ocupan los estrechos callejones, invitando a beber y comer a la sombra. Además de visitar el Foro, la catedral, el formidable museo arqueológico o el del cristal antiguo, y de entrar en las iglesias de San Donato, San Simón o San Crisógono, es un placer recorrer los puestos del mercado, repleto de productos procedentes de su entorno, hortalizas, frutas, aceites de oliva, ristras de higos secos, quesos exquisitos y perfumadas flores. Hay restaurantes de calidad en ese fascinante núcleo antiguo, desde el clásico Foša, sobre el agua, frente a la puerta de Terraferma, al ambiente veneciano del sofisticado Kornat de suntuosos pescados, o el moderno 2Ribara en pleno centro, aunque quien se aventure en el barrio de los estudiantes, en Varos, encontrará animación y alegría a rauda-les en los sencillos bares de la pintoresca calle Ulica Varoska.

La Riva, larga plataforma empedrada al borde del agua, en verano se convierte en playa urbana y cada tarde acuden cientos de personas al extremo norte para comprobar si llevaba razón Alfred Hitchcock cuando afirmó que Zadar ofrecía la puesta de sol más bella del mundo. Mientras esperan, escuchan el sonido aleatorio que el mar produce en los tubos del Órgano Marino, un ingenioso diseño del arquitecto Nikola Bašić, inaugurado en 2005.

Un paseo por las islas

La ciudad está rodeada de lugares que merecen apasionantes excursiones a islas, salinas y parajes de ensueño. El Parque Nacional de Paklenica ocupa un enorme desfiladero surcado por rutas dedicadas al senderismo y la escalada, en un contexto de belleza natural que sirvió de escenario a películas del oeste americano centradas en Winnetou, un personaje de las novelas de Karl May. Desde el puerto de Zadar salen los trasbordadores que llevan, en 45 minutos, a la maravillosa isla de Dugi. Quizá la más bella del mar Adriático, con playas, bosques de pinos, acantilados, una dársena de pesca y placer en Sali, y un hermoso faro en Veli Rat. Cualquier orilla es buena para el baño, pero espacios como la larguísima bahía Mir, casi un fiordo, o la hermosa playa de Sakarun, con sólo un par de chiringuitos, ofrecen toda la belleza y la calma deseables para sentirse en un mundo ideal. Otra isla fascinante es Pag, a la que se puede llegar por carretera en busca de playas y del bello pueblo que le da nombre, surgido junto a sus prestigiosas salinas, que aportaron la riqueza necesaria para levantar en el s. XV una pequeña ciudad que parece salida de un cuento. Pag construyó la espectacular catedral, un puertecito delicioso, y posee dos interesantes museos, uno dedicado a la extracción de la sal, y otro al exquisito Encaje de Pag, que ha sido declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. La tranquilidad de Pag tiene su contrapunto en la localidad de Novalja, cerca de la playa de Zrce, apodado la Ibiza croata por sus fiestas estivales perpetuas y la anima-da vida nocturna. El resto de la isla permanece inmutable, elaborando los formidables quesos de leche de ovejas que se alimentan con pastos aromáticos. Se pueden comprar quesos de Pag a los granjeros de Kolan y de Povljana, insuperables para tomar como entrante acompañado del jamón ahumado y las anchoas marinadas presentes en la mayoría de los restaurantes. Otra población incomparable es Nin, un apretado recinto histórico encaramado en una islita rodeada de aguas someras, que fue capital de los reyes medievales de Croacia y condensa las esencias dálmatas. El breve paseo por Nin ensarta el templo romano de Diana, la iglesia de la Santa Cruz y la visita a las salinas, para luego disfrutar del baño en la espectacular playa de la Reina.

Banquetes dionisíacos

En cualquier lugar de la costa es posible disfrutar de los productos frescos del mar que llenan de sabores memorables las comidas al aire libre, acompañadas por los buenos vinos de Dalmacia. Resulta fácil encontrar entrantes fríos de jamón ahumado con aceitunas y queso, ostras, mejillones, gambas, langostinos, ensaladas de calamares y pulpo, anchoas y sardinas marinadas, risottos de marisco, pescados a la parrilla, caballas, sardinas, atún, lenguado y lubina. Al borde de las carreteras abundan los puestos de frutas y hortalizas y también los asadores de corderos y cochinillos. Es imprescindible probar el cordero elaborado en la peka, un recipiente cerrado que se cubre de brasas para lograr una cocción lenta. La mezcla de playas, lugares monumentales y sabores tienen en Zadar una de las concentraciones más placenteras de toda Croacia, donde alcanza su plenitud el vitalismo festivo y dionisíaco del Adriático.