Viaje Bolonia

La Ciudad Roja

Aparentemente de paso, alberga la universidad más antigua de Europa, joyas arquitectónicas y gastronómicas y una bulliciosa vida social que la hacen merecedora de una buena parada y fonda.

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Publicación Revista: 01/10/2024

Publicación Web: 01/10/2024

En el diseño de la Unificación Italiana de mediados del s. XIX, Bolonia, en plena Pianura Padana –la inmensa llanura dibujada durante milenios por el curso del río Po–, surgió como una ciudad a caballo entre el centro y el norte del país. Un lugar por el que casi todos acabarían pasando en sus viajes entre diferentes regiones, estatus que ha sabido mantener en el tiempo hasta nuestros días. Hoy, aparte de cruzar su término municipal algunas de las más importantes autopistas italianas, Bolonia es un importante nudo ferroviario y su ya no tan pequeño aeropuerto se ha convertido en un destino estrella para varias compañías aéreas de bajo coste.

Los soportales

Pero mucho antes esta revolución en materia de transportes, Bolonia fue la sede de la que está considerada como la universidad más antigua de Europa –con permiso de la de Parma, también italiana–. Fundada en el s. XI, la Universidad de Bolonia continúa siendo una de las instituciones docentes más prestigiosas del país y, sin duda, una gran fuente de la que se alimentan la cultura y la vida social de esta urbe. De hecho, durante los periodos lectivos –gracias a estudiantes y profesores– y fuera de ellos –gracias a los visitantes– la ciudad bulle de actividad en numerosísimos bares y terrazas, en sus muchas tiendas, en sus diferentes plazas históricas y, sobre todo, en sus incontables soportales. También conocidos como pórticos, éstos son, sin duda, el elemento arquitectónico y urbanístico más característico de Bolonia. Tanto en el núcleo medieval como en las zonas desarrolladas a partir del s. XIX con la llegada de las grandes industrias, incluso en los barrios más a la última, los soportales son una parte fundamental de la fisonomía urbanística de Bolonia. Y también una forma de burlarse de un clima que se caracteriza por casi las eternas nieblas, la humedad y las lluvias del invierno y buena parte del resto del año. Los soportales le valieron a Bolonia su inclusión en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en 2021, reconocimiento que no solo se basó en esta particularidad constructiva, sino también en el nutrido catálogo monumental de la capital de Emilia-Romaña. De obligada visita es la Piazza Maggiore, donde tienen sus sedes los tres poderes civiles en impresionantes palacios construidos entre el Renacimiento y el Barroco. En ese mismo lugar se encuentra la inacabada basílica de San Petronio –s. XIV– con su extraña fachada en la que sólo la parte inferior está cubierta de mármol mientras que el resto luce el característico ladrillo, que es otro elemento distintivo de esta ciudad y el motivo por el que casi todos la conocen como La Ciudad Roja. Muy próximo a esa basílica está uno de los personajes más queridos de Bolonia: la estatua en bronce del dios Neptuno, que preside la fuente de la plaza contigua.

Quadrilatero

En el centro del casco antiguo se encuentra la zona peatonalizada conocida como Quadrilatero, que refleja la más pura esencia de la ciudad. Aquí es don-de se encuentra el mercado histórico de Bolonia y, sin duda, es un lugar más que recomendable para adquirir los salumi –chacinas– más representativos de la región. Fundamentalmente la mortadela IGP, de reconocimiento internacional, pero también otros como la coppa, la panceta y el salami piacentinos, todos con DOP. Por supuesto también está el conocido jamón de Parma, asimismo con su propia DOP. Estas delicias combinan a la perfección con otros dos productos muy representativos de Bolonia y su región: los quesos Squacquerone –fresco y graso– y el inconfundible Parmiggiano-Reggiano. En el mismo Quadrilatero, una buena referencia donde probar y llevarse para casa cualquiera de esas maravillas es Salumeria Simoni, tienda gourmet en la que también es posible surtirse de licores, vinos y pastas con los más diversos rellenos –los tortellini son originarios de la región–, además de las salsas precocinadas para acompañarlas. Entre ellas, claro está, la célebre boloñesa, realizada mediante un laborioso proceso con carne triturada, verduras varias y el tomate como protagonistas. Otro dato más a tener en cuenta, siempre en la zona en torno al Quadrilatero: a la hora del aperitivo, sobre todo el de media tarde y previo a la cena, todo el mundo encuentra un hueco en sus rutinas, Spritz –la bebida de moda– o prosecco –espumoso– en mano, para reunirse con los amigos en alguna de los numerosas terrazas y bares repartidos por toda la ciudad. El ambiente mas animado se suele encontrar en las vías del Pratello y Belle Arti, repletas de negocios frecuentados por bulliciosos estudiantes universitarios durante buena parte del año.

Las torres inclinadas

No se puede ir a Bolonia sin visitar sus torres inclinadas, sin duda menos conocidas que la de Pisa pero igualmente sorprendentes. Las torres Asinelli y Garisenda son las únicas que quedan en pie de las decenas construidas entre los s. XII y XIII; la primera con 97 m. de altura y una leve inclinación apenas perceptible resiste junto a la segunda, de 48 m. de altura y bastante más inclinada, hasta tal punto que, recientemente, se ha detectado una oscilación anormal que ha obligado a cerrarla. De la época medieval también se conservan en Bolonia otras construcciones significativas como la Casa Isolani, con altísimos pilones de madera que sustentan una vertiginosa balconada y permiten comprender el origen de los soportales en esta ciudad: de esa forma las residencias de las familias más poderosas de Bolonia podían crecer hacia afuera, sin robar espacio a la vía pública ni contravenir las normativas municipales. Otra joya arquitectónica es el Palacio del Archiginnasio que fue la sede principal de la Universidad de Bolonia y que hoy lo es de la Biblioteca Comunal. Los pórticos, en este caso galerías, en torno al patio principal muestran impactantes frescos históricos decorando sus bóvedas. Destacable también el Real Colegio Mayor de San Clemente de los Españoles, fundado por el Cardenal Gil de Albornoz en el s. XIV. La última referencia es el Parco della Montagnola, sobre lo que fueron los terrenos del palacio papal construido en el s. XIV y reformado en el XIX por orden de Napoleón Bonaparte, creándose aquí un jardín paisajístico de estilo francés. Se trata del parque público más antiguo de la ciudad y también uno de los lugares más agradables de su centro histórico.