Campos de fútbol

Food ball

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Autor: Pepe Barrena
Fecha Publicación Revista: 01 de septiembre de 2016
Fecha Publicación Web: 07 de octubre de 2016

Era inevitable. El flirteo no ha tardado en llegar y se augura una consumación del acto a nivel planetario. Nos referimos al romance entre fútbol y gastronomía o dicho de otra forma entre el deporte más universal y la moda de las modas. El hecho es que el juego del balompié y sus fastuosos escenarios se posicionan como un atractivo irresistible para desarrollar negocios hosteleros y culinarias cada vez más inteligentes y prácticos.

El show acaba de comenzar. Y es que el fútbol acapara prácticamente todo. Desde lo mediático hasta esos corazoncitos de los aficionados que sufren más de la cuenta por una victoria en el último suspiro.

Si algo faltaba en el mayor espectáculo del mundo, los directivos y empresarios nos lo han puesto sobre la mesa. Y ¡qué mesas! Por vistas, desde luego, que no quede: grandiosos ventanales sobre las gradas y césped acaparan la retina del espectador y comensal tanto en días de labor como en los de competición, jornadas éstas en las que la mayoría de las veces los catering de lujo alegran la felicidad o tristeza de los invitados y aficionados.

El caso es que los grandes templos del deporte son ahora mismo un imán irresistible para chefs de prestigio o grupos de hostelería con ganas de comer el mundo y llevarse la Champions culinaria.

Los orígenes

Aunque en este breve recorrido nos ceñiremos al panorama nacional, con alguna mención tangencial a coliseos europeos de leyenda, no está de más que el lector sepa que este sport food nació en la cuna de los grandes eventos deportivos del siglo pasado.

Hablamos de los Estados Unidos de América y de un país con una habilidad innata para crear tendencias con su apabullante marketing y poderío de marcas empresariales. Como homenaje a ello basta recordar que aún muchos gourmets viajados recuerdan los hot dogs del Yankee Stadium, en el entonces no tan glamuroso Bronx neoyorkino, como los mejores del mundo; sitio que hoy acoge el refinado restaurante NYY Steak y un Hard Rock Café.

Otro caso parecido es el del mítico Madison Square Garden, posiblemente el estadio más famoso del mundo, en pleno centro de Manhattan y que en la actualidad cuenta con todas las delicatesen de la Gran Manzana: postres Magnolia Bakery, embutidos de Carnegie Deli, rollitos de langosta y gambas de Aquagrill, pastelillos Yodel (una especie de canutillos de chocolate y nata) de la famosa pastelería Bouchon, y por supuesto las imprescindibles pizzas, palomitas y otras “gollerías” fast food.

San Mamés

Si a un bilbaíno le hablas de pizzas y palomitas para ir a su “catedral del fútbol” te pega un meneo. Más contando, desde hace unos meses, con uno de los mejores restaurantes que pueda imaginarse en este sector.

Con la pasión-religión que por allí se procesa con estas cosas del comer, beber y meter la pelotita, en el nuevo y espectacular San Mamés no se han andado con tonterías presentando una escenificación galáctica en un restaurante que verdaderamente se puede catalogar de gastronómico.  

Con un formato de interiorismo similar al Bernabéu madrileño, que luego mencionamos, y a lo que todos buscan, es decir con esas sugerentes vistas acristaladas sobre los graderíos y la alfombra verde con las porterías, San Mamés parte con una gran ventaja: cuenta con un auténtico trío de ases de la restauración vasca como gestores del negocio, los restaurantes Aizian, Andra Mari y Aretxondo. Un equipo campeón que ha configurado una carta importante, en oferta y precio, con platos plagados de matices con gusto, armonías agradecidas, y una materia prima digna del escenario.

Una carta que parte con algunos platos imprescindibles: las ostras con aire de chacolí; la finolis menestra de verduras con velouté de hierbas frescas; el muy sabrosón huevo de caserío con caldo espeso de puchero y torreznos de Euskal Txerri (raza de cerdo vasco felizmente recuperada), el elegante pichón al cacao con remolacha y cebada o el “branding” de Bilbao en cuestiones de papeo: los tres bacalaos imperiales (pil pil, vizcaína y Club Ranero) y uno de nuevo porte y prometedor, confitado con guisantes y moluscos. Dentro de San Mamés también se inauguró La Campa de los Ingleses, taberna informal de picoteo y menús del día con gran apartado decorativo de elementos y recuerdos del Athletic.

El nombre hace honor a aquella campa de primeros del siglo pasado en la que los marineros británicos que llegaban a Bilbao jugaban a un peculiar juego con balón; imaginen cuál es. De aquellos tiempos queda otra anécdota inolvidable, pues como se sabe, el grito de “Alirón” Alirón” que se canta a los campeones proviene de la expresión ¡All Iron! (Todo Hierro), que un inglés pronunció al buscar en las entrañas de los montes vizcaínos las riquezas minerales.

Santiago Bernabéu

Al Bernabéu, como pionero europeo de los espacios alternativos donde catar, ver y ser visto, hay que atribuirle la destreza de ofertar, de momento, la mejor propuesta gastronómica de estos escenarios por su variedad.

El cosmopolitismo va asociado sin remedio al propio del club, el que cuenta con más poderío financiero y seguidores en todo el orbe. Por ello, es gratificante que cualquiera que visite el segundo tour de Madrid, después del Museo de El Prado, pueda compartir barra y productos fetén en la zona informal del Puerta 57 (o platos con mantel en sus comedores más encopetados), cocina oriental con aspiraciones de títulos en el chino más suntuoso de Europa, Zen Market, asados tradicionales de carnes y pescados en La Esquina o el divertimento casual, eco y con mundología culinaria que genera adeptos de un sitio tan seductor como el Real Café Bernabéu.

Un lugar, por cierto, en el que uno añora que vuelva aquel magistral cocido madrileño en un solo vuelco ideado por Angel García, apoteósica creación del siempre reconfortante “tumbaollas” que se servía con ligereza contundente en varios estrados: el caldo medio gelatinizado de fondo, el relleno en porción justa, una lámina traslúcida de tocino digna del condumio de una bailarina, la chicha navegando firme entre tanta suculencia.

Era como el fútbol que todos desean: intrépido, artístico, de pase rápido con filigrana, bien conjuntado y directo al marco, o al paladar.

Nou Camp

Mientras el PSG parisino, el Bayer de Munich o el Manchester United posicionan sus espacios gastronómicos cada uno a su manera y con estrella si es necesario (Jamie Oliver en El teatro de los sueños de Old Traford), Barcelona y el Nou Camp han apostado a lo grande.

Los hermanos Iglesias, dueños de la marisquería Rías de Galicia, Espai Kru y del bar de tapas Cañota –además de otros lances empresariales con los hermanos Adrià como Tickets, Pakta o la taquería Niño Viejo– y Singularis, división de catering de la empresa Serunion, comandan el nuevo proyecto gastronómico con el que el estadio catalán busca deslumbrar en lo culinario tanto como con el juego de sus figuras en la última década.

Era algo que se esperaba en la capital catalana, ciudad que puede presumir de la fama mundial de algunos de sus restaurantes pero que en su campo de primera división más importante, uno de los más visitados del mundo, no albergaba hasta la fecha ninguno.

Asunto solucionado: Roma 2009 es el nombre elegido por los promotores, ciudad y fecha que quedará para siempre grabada en oro para la afición culé, pues ese año en la capital italiana el Barça se alzó con el galardón de Campeón de Europa al derrotar con goles de Eto y Messi al Manchester United.

Fue el año de los tres títulos importantes de la temporada para el equipo sobrenatural entrenado por Guardiola. Una hazaña que da gusto rememorar si además se acompaña de algunos de los platos que los Iglesias y su gente ya han posicionado como ganadores: canelón de pollo de payés con foie-gras, alcachofas del Prat en salsa verde con navajas, arroz meloso de setas, paletilla de cordero a baja temperatura con boniato y cebollas tiernas y, cómo no, los gloriosos mariscos de los Iglesias que se codean con las mejores chacinas, salazones y marinados.

Lo que está claro, es que el socorrido bocata envuelto en papel de aluminio para el descanso de los partidos ya tiene duros competidores. Es el Food Ball.

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