Viaje Marruecos

Aventura para los sentidos

Frescos y aromáticos, los paisajes de Marruecos invitan a un viaje cargado de emociones cercanas y exóticas. Desde las costas y playas atlánticas a las ciudades imperiales del interior, el país ofrece una sorprendente suma de belleza patrimonial y creciente modernidad.

Foto: Enrique D. Uceta
Foto: Enrique D. Uceta

Por Enrique D. Uceta

Publicación Revista: 01/04/2024

Publicación Web: 01/04/2024

Marruecos es ideal para cruzar el estrecho de Gibraltar con coche propio y recorrer un país que permite desplazarse sin problemas enlazando las montañas del norte, adornadas con la atractiva presencia de Chefchaouen, con las del sur, en la cordillera del Atlas, acercándose después a las arenas del Sáhara o disfrutando de enormes playas frente al Atlántico o el Mediterráneo.

La alternativa es volar hasta Rabat, Casablanca, Marrakech, Tánger o Ouarzazate y pasar unos días gozando de alojamientos y restaurantes sofisticados. En todas partes se percibe el calor humano de un pueblo de cultura hospitalaria. Tánger es la tentación más cercana, a poco más de una hora partiendo de Tarifa. La ciudad fascina por el urbanismo abigarrado de su kasbah y su medina, en la que algunas viejas mansiones con patio se han convertido en riads, pequeños hoteles con encanto. Emblema cosmopolita en el pasado, en sus barrios pervive la memoria de España, y aún conviven mezquitas, iglesias y sinagogas, rodeadas por puestos de verduras, frutas y dulces de almendra. El misterio que atrapó a pintores como Delacroix o Matisse se mantiene en el parque de la Mendoubia, en las plazas del gran zoco, del pequeño zoco y de la kasbah, y en el palacio de Dar al-Majzén. En la parte alta, los Jardines del Sultán son el mejor mirador sobre el estrecho, con Cádiz en el horizonte.

La capital, Rabat, Patrimonio de la Humanidad no ha perdido el esplendor de la urbe almohade, y conserva varios recientos amurallados, la kasbah de los Udaya, con sus casas blancas y azules, y una hermosa medina. El resto del espacio acotado por los almohades acoge el Palacio Real y la arquitectura moderna creada durante el siglo XX. Tras visitar la formidable torre de Hassan, junto al suntuoso mausoleo de Mohamed V y de su hijo Hassan II, padre del actual monarca Mohamed VI, se puede bajar al estuario del río, del Bou Regreg, donde ha surgido una elegante Marina, diseñada por Norman Foster, que es el espacio público de moda. Al otro lado del estuario se despliega la comunidad de Salé, hermana y rival durante siglos, unidas ahora por líneas de modernos tranvías.

Medinas magníficas

También Patrimonio de la Humanidad, Meknés, Fez y Marrakech, conviene verlas en este orden para que la emoción no cese de crecer. Se asientan en la gran meseta interior. Fez y Meknés en el mismo paralelo que Rabat, y Marrakech como capital del sur. Las tres atesoran el encanto del laberinto de las calles de sus medinas, en las que palpita la vida cotidiana de minoristas y artesanos. Meknés es fruto de la voluntad de Mulay Ismail, monarca alauita del s. XVII, que rodeó la nueva capital con 40 km de murallas, y creó el estanque del Aguedal, el jardín de los Sultanes y los establos para 12.000 caballos. A la valiosa medina se entra bajo el arco de Bab Mansour, el centro es la plaza de El Hedim, y sus zocos aparecen repletos de excelentes frutas, verduras, olivas y aceites. Camino de Fez merecen visitarse Mulay Idrís, la villa santa que custodia los restos del islamizador del país, y Volubilis, con las mejores ruinas romanas.

La ciudad de Fez es el orgullo de Marruecos. Fundada por Idrís I, ostentó una larga capitalidad, y cuenta con escuelas coránicas y una universidad de reconocido prestigio. Es proverbial la habilidad de sus comerciantes, y ha protagonizado la mayor creación de la cultura marroquí, que alcanzó su apogeo en los siglos XIV y XV. Dicen de sí mismos que han reunido la nobleza de los árabes, el refinamiento andaluz, la destreza de las gentes de Kairuán, la astucia de los judíos y la tenacidad de los bereberes. La visita a Fez es abrumadora. Es imprescindible su medina laberíntica y una larga lista de maravillas; la puerta Bab Bou Jeloud, las medersas, las mezquitas, los zocos, el barrio judío, que muestran obras maestras de los mismos oficios que siguen practicando en la medina los latoneros, joyeros, alfareros, tejedores y curtidores. Vale la pena subir a la terraza del hotel Palais Jamai para ver caer el crepúsculo anaranjado sobre las casas, escuchando a los muecines llamar a la oración desde los minaretes.

Marrakech, de color rosa, es un cóctel de historia construida y sofisticada modernidad con acentos europeos. Es Patrimonio de la Humanidad por sus monumentos, por la torre de la Koutoubia, la medersa de Ben Youssef, la koubba almorávide, el palacio de Dar el Glaoui y las tumbas de la dinastía saadiana, y por sus 20 km de murallas, pero enamora por su medina. Es un placer perderse en sus callejuelas, llenas de artesanos y tiendas, y encontrar la plaza de Yamaa el Fna, con su espectáculo incomparable de encantadores de serpientes, aguadores, tragadores de fuego, narradores y puestos callejeros de comida. Su buen clima de invierno ha atraído a muchos extranjeros que buscan calma y armonía, como hizo el modisto Yves Saint Laurent, que rodeó su casa con la belleza del jardín Majorelle. Los residentes europeos hacen vida cotidiana en los barrios modernos de L’Hivernage y de Guéliz, en torno a las avenidas de Mohamed V y de Mohamed VI, se reúnen en el Grand Café de la Poste y van de compras al centro de moda de Sidi Ghanem.

El desierto y la costa

Al sur de Marrakech, más allá del Atlas, se extiende el desierto del Sáhara. Al pie de la cordillera sobreviven los pueblos de la ruta de las kasbahs, sobrias ciudadelas construidas con tapial. Ouarzazate es la puerta de entrada a esta ruta, que se dirige al noreste, por el mágico camino que lleva a Tinerhir, a Er-Rachidia y al palmeral de Erfoud, para adentrarse en las dunas de Merzouga y Rissani. Hacia el oeste se dirige la carretera que conduce hasta Agadir, en la costa. El litoral atlántico se prolonga a lo largo de más de 800 kilómetros entre Tánger y Agadir, con playas magníficas como Temara, Sjirat y Mohammedía entre Rabat y Casablanca. Más al sur, El Yadida cuenta con un arenal perfecto, y la cala de Oualidia es ideal para degustar los fruits de mer de L'Hippocampe. Esauira, la antigua Mogador, tiene una interminable playa, una fortaleza costera y un puerto por el que llegan buenas sardinas, langostas y delicias marinas. Los kitesurfistas aprovechan los vientos alisios, antes de llegar a Agadir, a orillas de un inmenso arenal sembrado de hoteles de grandes cadenas internacionales.

Ningún otro lugar cercano ofrece la combinación de modernidad y tradición de nuestro cálido vecino africano, donde los buenos productos de su cocina, las deliciosas pastelas de pichón, tajines de cordero, cuscús, los ricos pescados y mariscos, el aroma de las especias y la variedad de los dulces, mantienen el interés del viajero mucho más allá de los formidables monumentos, las ciudades fascinantes y los descomunales paisajes que convierten el viaje en una aventura para los sentidos en más de tres dimensiones.