Viaje a Cracovia

Política y religiosa

Déjanos tu valoración:

Autor: Alfredo G. Reyes
Fecha Publicación Revista: 01 de marzo de 2019
Fecha Publicación Web: 28 de febrero de 2019

Entre los alumnos más conocidos de la Universidad de Cracovia figuran nada menos que Copérnico y Karol Wojtyla, que fue obispo auxiliar y arzobispo de esa diócesis antes de ser designado cabeza de la Iglesia Católica.

Desde luego, el que más tarde sería conocido como Juan Pablo II sigue estando muy presente en la ciudad, tanto en forma de los recuerdos que cuelgan de las tiendas de las iglesias (incluso en las de souvenirs para turistas), como en placas conmemorativas que son testigo de aquellos lugares importantes de su vida en la ciudad. Es el caso de la casa de la calle Tyniecka en la que residió durante su juventud, el Seminario Mayor, la Catedral, donde celebró su primera misa y desarrolló buena parte de su cátedra, o el Palacio Arzobispal.

En cuanto a la Universidad como tal, mantiene la estructura que tenía al ser fundada por el rey Casimiro III el Grande y buena parte de sus edificios conservan su aire renacentista.

La antigua capital

Mucho antes del nacimiento de su hijo más célebre, Cracovia ya fue un lugar de gran relevancia para la historia de Polonia (y de Europa). De hecho, durante más de cuatro siglos (hasta el XVI) fue la capital del país y, por tanto, el epicentro de su vida económica, cultural, científica y artística. Relevada en esa función oficial por la no tan lejana ciudad de Varsovia, Cracovia ha sabido mantener hasta nuestros días una vibrante actividad, algo muy evidente en la Plaza del Mercado (Rynek Główny).

Considerada por muchos como la más importante del país por su trascendencia histórica y por su tamaño (un cuadrado de 200 metros de lado), en ella se han concentrado desde tiempos inmemoriales los tres grandes poderes: el religioso, simbolizado por las imponentes torres desiguales de la iglesia de Santa María (s. XIV); el económico, con el mercado (Sukiennice), y el político, con la torre del Ayuntamiento, que es uno de los emblemas de la ciudad. Pero, al margen de la cuestión monumental, esta plaza es un bonito espacio abierto recorrido por incesantes carrozas tiradas por caballos y plagado de las terrazas de los pequeños restaurantes donde degustar la gastronomía local e internacional y también por numerosos transeúntes. Un agradable lugar, que es el punto de encuentro ideal para los visitantes y los propios habitantes de la urbe.

En cuanto al mercado cubierto de Sukiennice, situado en una armónica construcción renacentista que ocupa el centro de la plaza, ha perdido con el tiempo su función original, que era el espacio en el que los habitantes de la antigua Cracovia se proveían de todo tipo de productos culinarios. Hoy día el antiguo mercado se ha transformado en un bonito espacio donde adquirir artesanías de la madera, textiles y cerámicas, ideales para llevarse como recuerdo del viaje. Por ejemplo, los trabajadísimos tableros de ajedrez, juego al que los polacos son grandes aficionados.

Desde las alturas del castillo

Lo político y lo religioso están también íntimamente conectados en la colina de Wawel, donde se sitúa la Catedral de San Estanislao y San Wencesalo (siglo XIV) y el Castillo (también de ese mismo siglo), residencia de los reyes locales hasta el ya citado traslado de la capitalidad a Varsovia.

Desde las alturas de este lugar se divisa una fantástica panorámica al resto de la ciudad y al curso serpenteante del río Vístula que la riega. Según una antigua leyenda, un dragón es el custodio de la cueva sobre la que fue edificado el castillo y cuya oquedad exterior es bien visible desde la terraza de esta colina.

Los túneles que perforan dicha cueva llevan hasta la misma orilla del río, por lo que es fácil imaginar que en ocasiones pudieron utilizarse como vía de escape por los habitantes del castillo; no en vano, esta construcción tiene una larguísima historia de asedios e incendios sufridos en el transcurso de muchos siglos.

Las huellas de la guerra

Lo cierto es que la historia de Cracovia, como la de Polonia misma, es bastante convulsa. Sin remontarnos mucho más lejos, cabe señalar que el castillo de Wawel, próximo a la catedral de San Wenceslao y San Estanislao, fue elegido como residencia del general Hans Frank y su familia durante el infausto episodio en que la Alemania nazi –en el origen de la II Guerra Mundial– ocupó el país.

De aquel oscuro periodo quedan numerosas huellas en la ciudad, sobre todo en el Gueto, donde las autoridades nazis recluyeron y exterminaron a miles de familias judías. Y, cómo no, también en el Barrio Judío. En estas zonas aún se narran las estremecedoras historias de aquellos terribles años, quizá como una forma de conjurar futuros horrores similares.

Muy cerca del Gueto se encuentra la fábrica en la que Oskar Schindler libró de la muerte a muchas de aquellas familias judías, a través de la “redención” por el trabajo. Hoy, aquel centro de producción, incluyendo el propio despacho del industrial, que se conserva casi intacto, se ha convertido en un enorme museo sobre aquel periodo y sobre sus consecuencias en la vida (y la muerte) de los habitantes de Cracovia. Lo cierto es que la visita, igual que ocurre en el no tan lejano campo de concentración de Auschwitz, seguro que hiere la sensibilidad de casi todos, pero resulta del todo imprescindible.

Delicias del Barrio Judío

Para rebajar un poco la intensidad de la visita, merece la pena darse una vuelta por las callejuelas, plazas e, incluso, por los patios interiores de muchas de las viviendas del Barrio Judío. En estas calles, a poco que salga el sol, se pueblan de pequeñas terrazas en cuyas mesas los cracovianos y cuantos se animan a visitarlos, conviven en animado bullicio. Un buen ejemplo es la calle Szeroka (o ancha), con sus típicas casas pintadas de colores y la profusión de restaurantes que asoman sus mesas a la calle peatonal.

Aquí, por cierto, se encuentra la casa natal de la célebre inventora de la cosmética, Helena Rubinstein. Está junto a la sinagoga Poppera y muy próxima al cementerio judío, también de recomendable visita.

Y es en ese mismo barrio donde también está la Plac Nowy, con su mercado circular cubierto (más bien un enorme kiosco), con más de 20 puestos de comida abiertos al exterior. Sin duda, es el mejor lugar donde, al fin, probar algunas de las delicias gastronómicas locales más populares.

Fundamentalmente los pierogis, un tipo de empanadillas/raviolis que se pueden rellenar absolutamente de casi todo (queso, verduras, carne, setas, patatas…) y que se cocinan durante unos minutos en agua hirviendo. También puede ser un buen lugar donde probar los obwarzanek, una especie de rosquillas de pan, preparadas según una receta secular, además de los muy conocidos bretzel (o pretzel), de origen judío.

La sal hecha arte

No muy lejos de la ciudad se encuentran las minas de sal de Wieliczka. A priori puede parecer una excursión con poco interés. Error, porque lo cierto es que esta enorme oquedad, explotada durante siglos para extraer de la tierra la apreciada sal gema, se ha convertido hoy en una suerte de parque temático sobre este compuesto químico.

En la visita se llega hasta una impresionante profundidad de más de 130 metros por debajo del nivel del mar, túnel por el que se penetra a la mina y, a lo largo de la misma, se pueden visitar varias salas decoradas con ingeniosas esculturas, dos enormes capillas –escenario habitual de celebraciones religiosas (incluidos matrimonios)–, tiendas, restaurantes, un pequeño hotel y hasta un centro terapéutico en el que se imparten tratamientos de varios días de duración. Un lugar realmente sorprendente que demuestra, una vez más, que la creatividad humana parece no tener límites y, donde, cómo no, se recuerda en forma de imagen de sal al casi omnipresente en Cracovia Karol Wojtyla.

Utilizamos cookies para ofrecer a nuestras visitas una experiencia transparente y cómoda a la hora de navegar por nuestra web. Al utilizar nuestra web aceptas el uso de cookies; puedes obtener más información sobre las cookies y su uso en nuestra web en la sección de Política de Cookies.

Aceptar