Viaje Magallanes

Especias Saladas

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Autor: Enrique D. Uceta
Fecha Publicación Revista: 01 de octubre de 2021
Fecha Publicación Web: 02 de octubre de 2021

El 8 de septiembre de 2022 se cumplirán 500 años de la primera vuelta al mundo de la nave Victoria, capitaneada por Magallanes y Elcano, que realizó un viaje de terribles dificultades, a lo largo de 37 meses en que recorrieron 69.813 kilómetros. El mismo trayecto, hoy, supone una placentera experiencia en la que se suceden hielos patagónicos y cálidos paisajes ecuatoriales, atracando en puertos de cuatro continentes, disfrutando grandes cocinas y adentrándose en el paraíso de las especias, imprescindibles desde hace siglos en nuestras despensas.

La gastronomía estuvo en el origen de un periplo que cambió nuestra comprensión del mundo, aunque surgiera del interés comercial por conseguir la pimienta, la canela y el clavo que tenían en Europa más valor que el oro y se producían en las islas Molucas, en el Pacífico occidental. La ruta marítima de las especias se abrió cuando el portugués Vasco de Gama, en 1499, rodeó el sur de África para llegar a las costas de Kerala en la India. Ese camino estaba prohibido a los barcos españoles desde que, en 1494, el Tratado de Tordesillas repartiera los mares entre los dos reinos peninsulares mediante un meridiano situado a 370 leguas al oeste de Cabo Verde. Al este de la línea imaginaria, mares y tierras eran de Portugal, y al oeste estaban a disposición de España. Si nuestros buques querían llegar a las islas de las especias, debían hacerlo navegando hacia el oeste. Con ese propósito, Carlos I envió cinco naos a las órdenes de Fernando de Magallanes en busca de un paso por el sur de América para llegar a las Molucas. El viaje partió de Sevilla en agosto de 1519 y cargó provisiones en Sanlúcar de Barrameda. A bordo, el alimento básico era el bizcocho, una galleta de harina de trigo cocida dos veces, de las que cada marinero consumía 700 gramos al día. Embarcaron animales vivos, vacas y cerdos, para el inicio de la singladura, y pescados en salazón, embutidos, legumbres, frutos secos y miel para el resto. Llevaban grandes cantidades de aceite y de vinagre, y vinos de Sanlúcar, El Puerto de Santa María y Jerez.

Hacia los mares del sur

La flota inició una penosa travesía del Atlántico que culminó cuando fondearon en la bahía de Guanabara, donde luego crecería Río de Janeiro. Navegaron hacia el sur bordeando la costa de Sudamérica, buscando siempre un paso al otro lado del continente. Entraron en el Río de la Plata, un estuario que descartaron al comprobar la escasa salinidad de las aguas que ahora comparten Uruguay y Argentina. Continuaron hacia el sur hasta que el invierno austral les obligó a fondear varios meses en la bahía de San Julián, en tierras por completo inexploradas, en las que perdieron un barco y sufrieron un motín. Durante su estancia invernal se alimentaron con huevos de aves pescadoras, y carnes de lobo marino, de huemul, el venado más meridional del planeta, y de un gran roedor llamado mara. Por fin alcanzaron un cabo que denominaron de las Once Mil Vírgenes, tras el que se extendía el laberinto salado de la Tierra del Fuego. Al mismo tiempo que encontraban el paso al Mar del Sur, a través del estrecho que lleva ahora el nombre de Magallanes, nuevos motines desembocaron en la deserción de la San Antonio, el buque despensa que transportaba la mayor parte de las provisiones. La travesía se convirtió en un suplicio por la escasez de víveres y el escorbuto se cobró decenas de vidas en los tres meses que pasaron antes de llegar a la Isla de los Ladrones, en el archipiélago de las Marianas, donde volvieron a beber agua pura y a comer frutas frescas, probando los plátanos, que no conocían. Un mes más tarde disfrutaban de su estancia en la isla de Cebú, que hoy pertenece a Filipinas, donde incorporaron a su dieta gallinas, cabras y cerdos. Para Magallanes supuso el final de la aventura, ya que falleció tras un combate en la vecina isla de Mactán. Ante la falta de tripulantes destruyeron uno de los barcos, y los dos restantes vagaron seis meses recalando en Mindanao, Borneo y Palawan antes de llegar a Tidore, en las Molucas, el verdadero jardín de las especias, donde el olor a clavo y a canela flotaba en el aire.

600 quintales de especias

Cuando las bodegas de la nao Victoria es-tuvieron repletas, Juan Sebastián Elcano capitaneó la vuelta a España. La otra nave, la Trinidad, permaneció en Tidore por reparaciones, y después se perdió intentando regresar a las costas americanas. La Victoria continuó hacia el oeste buscando doblar el Cabo de Buena Esperanza en su regreso al Atlántico. Eran aguas dominadas por los portugueses a los que estuvieron a punto de entregarse en Madagascar para evitar morir de hambre, pero pudieron fondear cerca del cabo de Buena Esperanza y repostar agua y algunos víveres. El viaje concluyó el 8 de septiembre en Sevilla. Sólo uno de los cinco buques que habían partido regresó al puerto, tres años después, completando la primera vuelta al mundo. Cargaba con 600 quintales de especias, más que suficientes para rentabilizar una dramática expedición que sólo terminan 18 de los 265 hombres que participaron, entre ellos el cronista, Pigafetta. Por primera vez una nave había rodeado el planeta partiendo de Europa y avanzando hacia el oeste, demostrando que la Tierra era una esfera, abriendo la exploración del Pacífico y protagonizando una historia irrepetible.

La otra Costa Atlántica

Muchos lugares visitados por Magallanes y Elcano hoy son grandes destinos viajeros. Tenerife sigue siendo una de las islas más interesantes del mundo por el Parque Nacional del Teide y la belleza de San Cristóbal de la Laguna, ambos Patrimonio de la Humanidad. Río de Janeiro, una de las ciudades con más carácter de Brasil, se asienta en la esplendorosa bahía donde fondeó la flota en diciembre de 1519. El Río de la Plata atesora espacios de lujo natural en Punta del Este, en la entrada del estuario, las capitales de Argentina y Uruguay en sus orillas, y la Colonia del Sacramento como el enclave más evocador del tiempo de la conquista.

En la costa atlántica argentina, merece una parada la reserva natural de Península Valdés, frecuentada por las ballenas francas australes, elefantes marinos, orcas y pingüinos, antes de llegar al Estrecho de Magallanes, en el extremo sur de América. Allí, las islas de la Tierra del Fuego aparecen cubiertas de hielos y bosques patagónicos que llegan hasta el mítico Cabo de Hornos. Son los espectaculares paisajes donde ahora navega el Ventus Australis, un crucero que recorre la avenida de los glaciares en el parque nacional Alberto de Agostini, cumbre de un emocionante santuario dedicado a las fuerzas de la naturaleza. Además de visitar la remota ciudad de Ushuaia, desde Punta Arenas es posible hacer una escapa-da a la Antártida.

Islas infinitas

Tras cruzar el solitario océano Pacífico espera al viajero el más asombroso con-junto de archipiélagos de nuestro planeta en torno a las Molucas. Con las islas de la Sonda al oeste, Papúa-Nueva Guinea al este, y al norte Filipinas, repleta de playas y arrecifes de ensueño. Tanto Cebú como Palawan atesoran belleza natural, costumbres y sitios que recuerdan a la nao Victoria y la relación con España. El corazón del viaje se alcanza en las Molucas, hoy en Indonesia, que permanecen apartadas del turismo, en el Triángulo de coral, la región con mayor biodiversidad marina del mundo, con un paraíso para buceadores en Halmahera, la mayor de las Molucas Septentrionales. Más pequeñas son las islas vecinas de Ternate y Tidore, donde se sigue cultivando el clavo y aún se pueden ver restos de fortalezas españolas, portuguesas y holandesas.

El regreso desde Molucas debería incluir las visitas al archipiélago indonesio, la fascinante Célebes, Borneo, Bali, Java, Sumatra, en un camino que conduce al estado de Kerala en la India, que fue un centro clave en el comercio con Europa. Elcano pasó al sur de estos lugares, y de otros archipiélagos tan bellos y vinculados a las especias como Seychelles, Mauricio o Madagascar, pero también conviene conocer el entorno del cabo surafricano de Buena Esperanza, en una costa salvaje con parajes deliciosos en Fause Bay o en Ciudad del Cabo, rodea-da de viñedos formidables.

Aún quedaría una parada llena de encanto en las islas de Cabo Verde, antes de regresar a Sevilla, con los sentidos saturados de emociones, después de haber viajado hasta los hielos del sur, y de navegar las aguas del Atlántico, el Pacífico y el Índico, atravesando en varias ocasiones la línea del Ecuador, igual que hiciera Juan Sebastián Elcano hace cinco siglos, en su persecución de las especias más deliciosas.

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