Viaje Jordania

Paisajes de arena

De las impresionantes ruinas de Ammán y Gerasa a los corales del mar Rojo, pasando por el MAR Muerto, Petra y el desierto de Wadi Rum, donde Ridley Scott rodó El marciano, son algunas de las muchas sorpresas que depara Jordania.

Foto: Carlos R. Zapata
Foto: Carlos R. Zapata

Por Andrés Campos

Publicación Revista: 01/05/2020

Publicación Web: 29/04/2020

Un lago endorreico inmenso, tan salado que es imposible hundirse en él y en el que no se aprecia casi ningún atisbo de vida. Su nombre lo dice todo: Mar Muerto. Una ciudad esculpida por los nabateos en los cortados y recovecos de cañones rocosos, que fue abandonada y estuvo perdida durante mil y pico años, Petra. Un desierto que pasmó a Lawrence de Arabia y que fue el escenario perfecto, precioso e inhumano, de la película El marciano, de Ridley Scott: Wadi Rum. Sal, ruinas y paisajes de otro planeta.

La verdad es que Jordania es un país estremecedor, terriblemente bello, pero no parece el mejor lugar para ir de picnic, ni para comer nada extraordinario, a menos que uno haya pasado los últimos cuatro años alimentándose con patatas abonadas con detritos de sus compañeros de tripulación, como hacía Matt Damon en la película de marras. Pues nada más lejos de la realidad.

Ammán, la Filadelfia romana

Ammán, capital y puerta de entrada a Jordania, tiene ruinas para aburrir a un arqueólogo en la colina de la Ciudadela, considerado uno de los lugares continuamente habitados más antiguos del mundo, desde el Neolítico hasta los omeyas, pasando por la Filadelfia romana. Y tiene dos museos espectaculares: el Jordan Museum, que atesora varios rollos (manuscritos) del Mar Muerto, y el Real Museo del Automóvil, donde se exhiben más de 70 supercoches y motocicletas clásicas del rey Hussein, que fue un fanático del motor y buen piloto de carreras.

Pero lo que más sorprende no es lo que se ve en la ciudad, sino lo que se huele al pasear por ella, emanando de sus puestos callejeros y sus restaurantes. Una pituitaria entrenada reconoce platos de los distintos países y continentes que se tocan en esta esquina oriental del Mediterráneo: como el hawarma (pan de pita con verduras y pollo, cordero o ternera) de Egipto, la carne picante de Irak o los pasteles baklava de Turquía. Una familia turca lleva desde hace más de 50 años el restaurante Hashem, donde se come el mejor falafel de la ciudad. Merece la pena visitar en Ammán Tawaheen al-Hawa para probar el tradicional mansaf, guiso beduino de cordero elaborado con jameed (yogur seco) y servido con arroz o bulgur, ingredientes todos fáciles de conservar y de transportar por el desierto.

Presente en todas las fiestas jordanas, el mansaf se come a la manera nada sofisticada de los beduinos: la fuente sobre la mesa y los comensales de pie alrededor, usando solo la mano derecha para hacer bolas de arroz y carne y llevárselas a la boca.

Grandezas de Gerasa

A 50 kilómetros al norte de la capital se hallan las deslumbrantes ruinas de Gerasa, ciudad que formó parte, al igual que Filadelfia/Ammán, de la Decápolis, la frontera oriental del Imperio romano. Gerasa tenía 20.000 habitantes y lujos exagerados, como el granito importado de Asúan, en el sur de Egipto.

En el yacimiento se ven los restos de un hipódromo, dos teatros, dos termas, dos templos dedicados a Zeus y a Afrodita, 15 iglesias bizantinas, una calle mayor porticada de 800 metros y una plaza oval (el foro) rodeada de 63 gigantescas columnas jónicas. Un terremoto en 747 asoló Gerasa, que permaneció mil años sepultada bajo la arena, intacta e inmensa.

Madaba y el monte Nebo

Vuelta a la capital para continuar el viaje con rumbo sur, empezando por Madaba. Aquí, en el suelo de la iglesia ortodoxa de San Jorge, hay un gran mapa-mosaico del año 560, donde aparecen 157 enclaves bíblicos, de Egipto a Palestina, con leyendas en griego. Es el mapa más antiguo de Tierra Santa. Cerca, a 817 metros de altura, descuella el monte Nebo, desde donde Moisés avistó la Tierra Prometida; una tierra de la que, según Yahvé, mana leche y miel.

Betania, donde fue bautizado Jesús

Otro paraje bíblico curioso es el lugar de Betania, a orillas del río Jordán, donde Jesús fue bautizado. Por doquier hay ruinas interesantes –la cueva de Juan Bautista, la casa de María Egipcíaca, iglesias paleocristianas…–, pero la atracción número uno es el Jordán, donde los visitantes se remojan la cabeza o el cuerpo entero, en bañador o entunicados, con o sin asistencia sacerdotal. Enfrente, en la orilla ocupada por Israel, hay otro complejo bautismal que compite con el jordano. Militares armados vigilan, o protegen, según se mire, a los bañistas. El sendero que recorre el parque arqueológico está cubierto cuan largo es (dos kilómetros) por un techado de cañizo. No conviene salirse por dos buenas razones: porque el sol cae como una piedra y porque hasta 1994 esta zona fronteriza estuvo minada.

Imposible hundirse en el mar Muerto

Al poco de pasar por Betania, el Jordán muere en el mar Muerto, un formidable lago endorreico –sin salida a un auténtico mar– que ocupa el punto más bajo de la superficie terrestre (-424 metros) y, a causa de la intensa evaporación, tiene una salinidad extrema (cercana al 30%) y una densidad tan alta, que es imposible hundirse en sus aguas. Tampoco es posible bañarse libremente, porque no hay playas públicas. Sí hay varias privadas en la orilla nororiental, la más próxima a Ammán, donde pagando entrada (a partir de 10 euros) se puede pasar el día flotando sin ningún esfuerzo y rebozándose en el barro, que dicen que es bueno para la piel. Una opción mucho más interesante (y cara) es el hotel Kempinski Ishtar, que además de su propia playa, tiene spa y tres piscinas de fantasía. Y para comer o cenar, el restaurante Ocean, cuya paradójica especialidad es el pescado, aquí, junto a un mar sin peces, sin vida.

Petra, de sol a sol

Mil años estuvo perdida Petra, la capital del antiguo reino nabateo, hasta que en 1812 visitó sus ruinas el explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt. Para visitarla hoy hace falta dedicar un día entero, de sol a sol. ¡Solo tumbas, hay medio millar! Lo ideal es ver cómo los primeros rayos iluminan la fachada del Tesoro y cómo los últimos doran las Tumbas Reales. Para ver el Monasterio (Ad-Deir, para muchos, la verdadera joya de Petra), lo más razonable es alquilar un burro, porque a pie son 45 minutos de subida y 30 de bajada.

El hotel Mövenpick, pegado a la taquilla, es el lugar perfecto para descansar tras la visita. Puede que Petra fuera un oasis en tiempo de los nabateos, lleno de embalses y cisternas… Hoy, no hay otra fuente que el grifo de cerveza del bar Al Maqa’ad, junto al vestíbulo del hotel.

Desierto de Wadi Rum

A Lawrence de Arabia le alucinaron los horizontes del desierto de Wadi Rum, con los peñascos de arenisca aflorando como islas de oro. Pero aún más el ascetismo de los beduinos, cuyos modos de vida “resultan incluso duros para quien se ha criado entre ellos y son terribles para los extranjeros: una muerte en vida”. Para apreciar toda la belleza del desierto, pero ninguno de sus rigores, está el Captain’s Camp, un hotel de quita y pon que ofrece a los huéspedes jaimas con baño, paseos en camello, en todoterreno y en globo, y al acabar el día, un banquete a base de zarb, un horno cavado a un metro de profundidad en la tierra y con unos 60 centímetros de diámetro. Las paredes se cubren con ladrillos y el suelo se deja tal cual. Es (o debió de ser) el primer horno del mundo. Es también el nombre del cordero asado en él.

Mar Rojo: peces para ver y comer

El viaje acaba en Áqaba (un nombre muy apropiado), en el extremo sur de Jordania, a orillas del mar Rojo. A diferencia del Muerto, el Rojo es un auténtico mar, está lleno de vida y se puede bucear para verla. El agua, además, está fresca. Así que es el final perfecto, después de recorrer tanta ruina y tanto desierto. La empresa Sea Guard Aqaba ofrece por 50 euros salidas de un día en barco para hacer snorkel en los arrecifes que bordean la costa hasta la frontera saudí. Los peces de colores son muy monos, pero los que se comen a bordo, hechos a la parrilla, gustan todavía más.