La naturaleza se expresa con intensidad en los paisajes de Fuerteventura, donde la fuerza del Atlántico, la aridez de las rocas volcánicas y el viento marino dan vida a las mejores playas del archipiélago canario. Los inmensos arenales solitarios fascinan a los viajeros europeos que aprecian el valor ecológico de un territorio declarado íntegramente Reserva de la Biosfera. Fuerteventura es la segunda isla en tamaño de Canarias, por detrás de Tenerife, y la más próxima al continente africano, del que sólo la separan 100 km. Su forma alargada coincide con la dirección de los vientos alisios, y su escasa altura impide apresar la humedad que transportan, por lo que carece de bosques. Sus panoramas austeros y minerales expresan el origen volcánico del terreno, donde la rara presencia del agua se manifiesta en pequeños oasis, alejados de la costa, ocupados por poblaciones antiguas. La principal ciudad, Puerto del Rosario, se encuentra en el litoral este, próxima al aeropuerto por el que llegan los viajeros en busca de la mezcla de naturaleza extrema y servicios de alta calidad ofrecidos por la isla. Los grandiosos paisajes no han sido invadidos por las construcciones turísticas, concentradas en núcleos cerca de las gigantescas playas, que sirven de base para adentrarse en un espacio casi intacto. Puerto del Rosario es ciudad activa, se ha adornado recientemente con una colección de arte urbano moderno, pero los viajeros sueñan con playas remotas como las de Cofete, saharianas en las dunas de Corralejo, ventosas para el windsurf en El Cotillo y Sotavento, o tranquilas en Costa Calma, Caleta de Fuste o el Matorral. La isla merece un recorrido detenido y sosegado.
Árida belleza
Escogiendo el camino hacia el norte, se llega a las formidables dunas del Parque Natural de Corralejo, ideales para el baño y el senderismo en los extensos arenales. La animación se concentra en el pueblo de Corralejo, con su puertecito de pesca, desde donde parten los ferris a la cercana Isla de Lobos. Este pequeño parque natural toma el nombre de los lobos marinos, en realidad focas monje, que lo usaban de refugio, y es un placer completar el paseo por su contorno y bañarse en el agua transparente de la Concha.
En el noroeste de Fuerteventura, la costa rocosa se abre en deliciosas calas y playas como la de El Cotillo, frecuentada por los surfistas, que invitan a zambullirse en sus olas. Al ambiente de relajado disfrute, con acentos californianos e ibicencos, se suman los placeres gastronómicos de los sencillos restaurantes del Muelle de los Pescadores, donde ofrecen mejillones, lapas con mojo, y los pescados frescos locales; vieja, cherne, morena, cabrilla, sama o mero. La árida belleza de los paisajes de interior resulta fascinante en el norte, con la llanura salpicada de molinos de viento y antiguos conos volcánicos de cálidos colores terrosos. La carretera de Corralejo a Betancuria cruza por La Oliva, que conserva la iglesia de la Candelaria, la poderosa Casa de los Coroneles y el Centro de Arte-Casa Mané dedicado a artistas modernos canarios. Camino de Tefía se pasa cerca del monte de Tindaya que Chillida quiso vaciar pensando en crear un espacio escultórico, y al pie de Montaña Quemada, con la estatua en recuerdo del destierro de Miguel de Unamuno. Un breve desvío desde Tefía lleva al diminuto Puertito de Los Molinos, ideal para comer pescado frente al mar, en uno de los rincones más puros de Fuerteventura. Siguiendo hasta la encantadora Betancuria, se llega a la primera ciudad no indígena, donde se asentó el conquistador Jean de Béthencourt en 1405. En el interior, rodeada de montañas, poseía fuente de agua dulce, el bien más escaso de la isla. Todavía mantiene su antiguo encanto, con alguna construcción del s. XV, sobrias casonas en las calles empedradas, la iglesia de Santa María, y la Casa Santa María, que el fotógrafo Reiner Loos ha convertido en bar, restaurante y museo.
Dos oasis
Bajando de Betancuria hacia la costa este se pasa por Antigua, capital duran-te un tiempo, con su museo del excelente queso majorero, de leche de cabra, que se sirve asado, acompañado de mermelada o mojos. Otra opción es ir desde Betancuria hasta Pájara, cabeza del municipio poseedor de los paisajes más espectaculares. La ciudad ocupa un oasis de verdor en el árido territorio interior, y conserva un aspecto intemporal en torno a la noria y a la iglesia de Nuestra Señora de Regla. A nueve kilómetros, en la costa oeste, se encuentra Ajuy, otro confín deslumbrante con su playa de arena oscura y un paseo por los acantilados que conducen a una sucesión de profundas cuevas abiertas al mar. En busca del sur, la carretera serpentea por inhóspitos riscos y barrancos deshabitados hasta el Mirador Astronómico de Sicasumbre, encaramado en la piedra rojiza, sobre el que brillan con fuerza las estrellas en la noche. Desciende luego al pueblo de La Pared, donde una reducida muralla separaba los reinos indígenas de Maxorata al norte y Jandía al sur, en la parte más estrecha de la isla. En La Lajita sorprende hallar el paraíso vegetal Oasis Wildlife, un asombroso espacio verde dedicado a acoger una formidable colección de animales exóticos requisados en la frontera, que son alojados y exhibidos durante el proceso de recuperación previo a la devolución a su hábitat. La institución es un remanso de vitalidad para la flora y la fauna, un verdadero oasis, con un buen restaurante que justifica por sí solo la parada.
El fin del mundo
Al sur de La Lajita se extiende la delgada península de Jandía, formada por una línea de áridas montañas que se deshacen en enormes playas antes de sumergirse en el Atlántico. Alejados del mundanal ruido se suceden los arenales de Costa Calma y de Sotavento, favorito de los windsurfistas. En Morro Jable abundan los alemanes que disfrutan la descomunal playa del Matorral, orillada por la franja natural del Saladar. En las cocinas del sur preparan gofio escalda-do, potaje de berros y puchero canario, sancocho y calderetas de pescado, atún excelente, y también guisos de cabra o conejo, ropa vieja y el sabroso cabrito en salsa. Para alcanzar el Faro de Punta de Jandía, en el extremo suroeste, se toma el mismo carril de tierra que se bifurca en dirección a Cofete, por una pista que se dirige a la larga playa salvaje situada al pie de un gigantesco frente de montañas. El camino se precipita hasta un pequeño grupo de casas donde el heroico restaurante Pepe El Faro proporciona la última cocina a los aventureros que se atreven a internarse en este Finisterre espectacular, meta final de viajeros que persiguen sensaciones prístinas y genuinas, difíciles de encontrar en ningún otro lugar de Europa.