Dos palabras definen Costa Rica: naturaleza y paz. Sus bosques son de una riqueza asombrosa, desde las costas del Atlántico y el Pacífico hasta la cumbre de los volcanes activos. No hay otro país en todo el continente americano que cuente con una colección de parques naturales de mayor interés y su biodiversidad resulta insuperable.
En un territorio poco mayor que Aragón se cuentan más especies que en los Estados Unidos. Pioneros en la protección de sus espacios naturales, hoy son maestros en el arte de mostrar al viajero los secretos de la naturaleza más pura. Aún más ejemplar es su apuesta por el desarme. Desde que prescindieron del ejército en 1948 han evitado los golpes de estado y poseen la democracia más estable de Centroamérica. El país aparece dividido por la Cordillera Central, cuajada de volcanes activos que rozan los 4.000 metros. A un lado se encuentra el océano Pacífico, con la provincia de Guanacaste al norte, entre los golfos de Nicoya y de Papagayo, y un litoral espectacular que se prolonga hasta la frontera con Panamá. Al este llegan las aguas del Caribe, con grandes extensiones de selva intacta en Barra del Colorado y en los pantanos de Tortuguero. Entre las cumbres y el Pacífico se extiende el valle Central con sus fértiles tierras altas plantadas de cafetales. Es la zona más poblada, que acoge la capital y las ciudades de Heredia, Cartago y Alajuela.
Un clima privilegiado, abundante en lluvias y en grados centígrados, mantiene siempre verde el jardín costarricense. La capital, San José, es el lugar para tomar contacto con la historia del país, condensada en la plaza de la Cultura. Lo mejor es sentarse a las mesas de La Terraza, en la arquería del Gran Hotel Costa Rica, y degustar el desayuno nacional, los huevos con gallo pinto, en el que se unen judías pintas con arroz, y se acompañan de cebolla y tortillas de maíz, antes de iniciar la visita de los dos monumentos más importantes del país, que se asoman a la misma plaza.
Historia y gastronomía
En el Museo del Oro Precolombino se exhiben las joyas que portaban los indígenas cuando Colón llegó a la costa, en las que está el origen del nombre de Costa Rica. El suntuoso Teatro Nacional, inspirado en la Ópera de París, se construyó cuando los hacendados cafeteros restaron una parte de los beneficios de la exportación de cada saco del excelente café nacional para construir un edificio digno de acoger a la soprano Adelina Patti, que había rechazado cantar en San José por carecer de un auditorio digno de su prestigio.
A la capital la llaman Chepe, diminutivo coloquial de José, y está formada por una trama de calles perpendiculares en torno al Parque Central y la catedral, en una zona siempre atestada. El mejor paseo lleva desde la plaza de la Cultura hasta el Parque Nacional y los hermosos barrios de Otoya y Amón, donde aún se ven las casas coloniales de madera de los cafeteros, con sus profundas galerías sombreadas.
A cuatro cuadras de la catedral abre sus puertas el Mercado Central, con los colores vivos de sus frutas exóticas y las casas de comidas tradicionales, económicas, que en todo el país se llaman ‘sodas’. Los restaurantes se acumulan en el barrio universitario de San Pedro, al este de la ciudad, y en el centro comercial El Pueblo, situado al norte, al otro lado del río Torres, con tremenda actividad nocturna.
La mejor gastronomía del país se concentra en San José y en algunos locales situados en las zonas turísticas de las costas de Pacífico. En la capital, han alcanzado la máxima calidad el restaurante Park Café, situado en una elegante tienda de antigüedades, temporalmente cerrado, Carpe Diem de inspiración en la cocina italiana, y Product C, en la inmediata localidad de Escazú, el mejor lugar para degustar las ostras que ellos mismos crían y sus pescados seleccionados preparados al horno, al vapor o en deliciosos ceviches.
Cafetales y naturaleza
A lo largo del Valle Central se extienden los grandes cafetales donde se genera uno de los mejores productos gourmet del país. Se puede conocer la elaboración del café y la forma de vida de los hacendados en lugares como la Finca Rosa Blanca, que combina una plantación con un alojamiento de lujo y un restaurante gastronómico, El Tigre Vestido, donde la excelencia y el respeto al medio ambiente son modélicos. Sus tours del café muestran la historia del cultivo y de su procesamiento, la recolección, la limpieza y secado de los granos, el tueste, para conseguir un producto orgánico, que se degusta al finalizar el recorrido.
En el medio rural es más fácil comprobar el talante sencillo y directo de las gentes de Costa Rica. Ellos mismos se denominan ‘ticos’, por su tendencia a exagerar los diminutivos. Algo pequeño no es chico ni chiquito, es chiquitico, y así sucesivamente. La cortesía y el buen trato son el reflejo de una sociedad tranquila, que conoció su independencia un mes después de producirse, cuando llegó la noticia desde Nicaragua a lomos de caballería. Hoy los ticos cuentan con una sólida democracia, educación gratuita obligatoria y un buen servicio de sanidad.
Se viaja hasta Costa Rica en busca de naturaleza y buenas playas. El país atesora el 5% de la biodiversidad del planeta, 13.000 especies vegetales, 850 de aves, 237 de mamíferos, 220 de anfibios y reptiles. Un 27% del territorio nacional ha sido protegido para preservar su riqueza ecológica, con numerosos parques nacionales. Sin alejarse mucho de San José se puede recorrer espacios naturales de la Cordillera Central como el Parque Nacional Volcán Irazú, donde el bosque húmedo lleva hasta la aridez del cráter, ocupado por un hermoso lago de color azul.
Cartago, la antigua capital situada a los pies del Irazú, fue destruida por erupciones y terremotos, pero conserva la basílica de Los Ángeles y las ruinas de la parroquia de Santiago. En su entorno se puede ver el Monumento Nacional de Guayabo, que es el principal yacimiento arqueológico precolombino, y los Jardines Lankester, con 800 especies de orquídeas en un bosque siempre florido. Las sensaciones fuertes se ofrecen en Turrialba, 45 kilómetros al este de Cartago, donde se practica el rafting en las aguas blancas del río Reventazón.
Volcanes, playas y resorts de lujo
Al norte de San José se accede al Parque Nacional Braulio Carrillo, un bosque húmedo intacto de enormes árboles cubiertos de musgo, helechos y epifitas en un laberinto de trepadoras y raíces aéreas. Es un ecosistema puro donde aún vuela el raro quetzal y acechan grandes predadores, el jaguar y el ocelote. El teleférico del Bosque Lluvioso lo atraviesa en silencio entre las copas de los árboles, permitiendo observar de cerca la fauna del dosel vegetal. Para profundizar en los secretos de este bosque, nada mejor que pasar unos días en la Estación Biológica La Selva, una reserva privada con alojamientos elementales, ideal para recorrer los senderos con guías profesionales, avistando tucanes, guacamayos, colibríes, monos en los altos ramajes y coloridas ranas que no son inofensivas.
El viaje por la Cordillera Central debe incluir la visita del Parque Nacional Volcán Arenal. La gran atracción es contemplar las constantes erupciones del volcán que, en plena noche, pone en el cielo un hermoso juego de luces y sonidos, con fumarolas y eyecciones de lava. Los hoteles se reparten entre La Fortuna y la Laguna Arenal, en lugares muy frecuentados por los ticos, y lo mejor es combinar la caminata por el cono montañoso con el placer de bañarse en las aguas termales del volcán en un hotel tan hermoso como el Tabacón Grand Spa Thermal Resort.
La abundancia de viajeros del propio país convierte a La Fortuna en un buen escenario de la gastronomía popular, basada en el consumo de arroz, fríjoles y maíz, acompañados de carne o pescado. Resultan deliciosos los tamales de masa de maíz, rellenos de pollo, cerdo, arroz y verduras, aunque el plato más común es el casado, en el que se suman el arroz y legumbres con pollo o pescado, ensalada y queso blanco. El postre más frecuente es el queque seco, un bizcocho muy dulce, y los sabrosos zumos de todo tipo de frutas. Restaurantes de buenas carnes como Don Rufino y Las Brasitas son los más populares en La Fortuna.
La costa del Pacífico posee los paisajes más espectaculares de selva y playa. Al sur de San José, el Parque Nacional Manuel Antonio vierte su bosque húmedo sobre un litoral recortado, invitando a un intenso paseo bajo la vegetación exuberante hasta arenales salvajes, densos manglares y arrecifes. Después de contemplar el tómbolo (lengua de tierra) de Punta Catedral metido en el mar, uno de los panoramas más encantadores de Costa Rica, nada mejor que un baño en la playa Manuel Antonio antes de ascender hasta el Hotel Makanda para encargar la cena en el restaurante Sunspot Bar & Grill, disfrutando de maravillosas puestas de sol sobre el Pacífico mientras se degustan sus pescados en una de las mejores cocinas del país.
En la misma costa, al sur, se ubica el remoto paraíso del Parque Nacional Corcovado, de complejidad ecológica insuperable. El lugar sólo es recomendable para aventureros que busquen una poderosa sensación de plenitud natural. En la costa Pacífico, al norte, se abren otras bahías hermosas y laderas en las que han prendido algunos hoteles de lujo. En la península de Nicoya, Casa Chameleon extiende sus villas elevadas sobre el bosque con vistas al mar, mientras Latitud 10° sitúa las suyas junto a las playas, ideales para el surf. En la playa de Tamarindo, Langosta Beach Club combina las puestas de sol espectaculares con una refinada cocina francesa a base de pescado. La zona del golfo de Papagayo, ya cerca de la frontera con Nicaragua, reúne varios resorts de cinco estrellas junto a las playas de ensueño.
Al otro lado del país se extiende la costa del Caribe, salvaje y remota, con la selva lacustre de Tortuguero llena de canales, ríos y lagunas junto al mar. Un paraíso para la fauna y los pescadores al que sólo se puede llegar en barco o en aviones pequeños. El hotel boutique Manatus ofrece alta calidad y la posibilidad de asistir (hasta octubre) al desove de las tortugas laúd, verde y carey en las playas. La principal ciudad en la costa Caribe es Puerto Limón, de cultura afroamericana, en un área dedicada al cultivo de plátanos. En el extremo sur brilla con luz propia Puerto Viejo, pleno de encanto y color, que atrae surfistas y buceadores estadounidenses en busca de olas y ambiente caribeño.
Costa Rica acumula una de las experiencias más diversas de Centroamérica, dos océanos, volcanes activos, una naturaleza exuberante y una gente sencilla y cordial, que ha hecho del lema Pura Vida, una seña de identidad, un emblema del país, de la alegría de su gente y de su apasionada defensa de un espectacular patrimonio natural.