Viaje Bulgaria

Amalgama de culturas

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Autor: Enrique D. Uceta
Autor Imágenes: Enrique D. Uceta
Fecha Publicación Revista: 01 de diciembre de 2021
Fecha Publicación Web: 01 de diciembre de 2021

Bulgaria no es grande. Apenas una quinta parte de la superficie de España, pero ha mantenido su personalidad rodeada y sometida por culturas tan poderosas como Grecia, Roma, el Imperio Otomano o la Rusia comunista. Su propia historia también está llena de interés, desde los antiguos tracios, de donde procedía Espartaco, a los dos imperios búlgaros de los siglos VII y XII. Tras permanecer casi cinco siglos dentro del Imperio otomano, en 1908 se convirtió en estado independiente, antes de quedar tras el telón de acero entre 1945 y 1989. Una vez recuperada la democracia, pertenece a la Comunidad Europea, y permite un viaje seguro, cómodo y fascinante.

La antigua Serdica

Sofía, la capital, es puerta de entrada al país. Posee un espléndido conjunto urbano cargado de monumentos, grandes parques y museos, y la mejor oferta gastronómica de Bulgaria. El centro ofrece un aspecto elegante y burgués, clara influencia de la Viena que tomó como modelo cuando se convirtió en capital de un principado autónomo en 1879 y de un reino en 1908. En menos de un kilómetro se acumulan los edificios notables, el templo de San Jorge, del siglo IV, la bella iglesia paleocristiana de Santa Sofía, que dio nombre a la ciudad, la mezquita de Banya Bashi, la enorme catedral ortodoxa de San Alejandro Nevski, otra antigua mezquita convertida en Museo Arqueológico, la gran sinagoga, y el Palacio Real. Muchos de estos edificios se han integrado en un conjunto urbano de plazas, fuentes y esculturas conocido como el Largo, de mediados del siglo pasado, de estilo neoclasicismo soviético. En 2004 se descubrieron los restos de la ciudad romana de Serdica, que ahora se pueden ver en un gran foso en pleno centro, junto al Mercado Central de Sofía, que cuenta con bares y restaurantes, en un ambiente limpio y agradable. A su lado se extiende el bulevar peatonal Vitosha, lleno de animación, de terrazas y restaurantes, en una ciudad que no ha perdido su aire provinciano, a pesar de ser el centro financiero de Bulgaria, y de ofrecer restaurantes de vanguardia de nivel internacional en apuestas como la de Cosmos, con las ventajas de unos precios extremadamente moderados en relación con los nuestros. Hay que aprovechar la estancia en Sofía para conocer la gran variedad de vinos búlgaros y así escoger nuestros favoritos en el viaje por el país.

Arqueología y gastronomía

Después de visitar Sofía hay que ponerse en camino para descubrir un país de riqueza y variedad espectaculares. El territorio se asemeja a un rectángulo apaisado, dividido en dos franjas por los Balcanes, con Sofía en el oeste. Las llanuras de la orilla sur del Danubio ocupan la banda superior, y en la inferior se extiende la Tracia ulterior, limitada por los montes Ródopes al sur, con la costa del Mar Negro al este. Viajando en anillo, es recomendable ir por el norte hasta la costa y regresar por el sur a Sofía. Durante el esplendor nacionalista de finales del siglo XIX, se generó una encantadora arquitectura inspirada en las construcciones populares de pueblos preciosos como Lovech, con su largo puente cubierto y las románticas casas del barrio Varosha. Los Balcanes están cubiertos de bosques, donde saltan las cascadas de Krushuna, cerca de la descomunal cueva Devetashka, una catedral kárstica habitada hace 70.000 años, donde hoy se refugian cada día 30.000 murciélagos.

Ambas se encuentran en el camino que lleva a la espectacular ciudad de Veliko Tarnovo, encaramada sobre las hoces del río Yantra, con una formidable fortaleza protegida por acantilados naturales donde tuvo su capital el Segundo Imperio Búlgaro. La ciudad es un museo lleno de vida en la calle Stefan Stambolov, repleta de restaurantes que se asoman a la sinuosa garganta del río Yantra y ofrecen los platos tradicionales, la shopska, ensalada nacional de tomate, pepino y queso blanco, los pimientos re-llenos, chushka biurek, y la kebabcheta de carne picada.

Los aficionados a la arqueología disfrutarán visitando los yacimientos de Pliska y de Preslav, capitales sucesivas del Primer Imperio Búlgaro, que tuvo su siglo de oro a principios del s. X, cuando inventaron el alfabeto cirílico y se fundó la iglesia Ortodoxa Búlgara, que hoy es mayoritaria en el país.

Vino y rosas

En la costa del mar Negro hay playas muy concurridas en verano, y ciudades hermosas cargadas de historia. La principal es Varna, capital marítima del país y elegante balneario con playas urbanas, de aire decimonónico, con unos grandes baños romanos y un museo con piezas del tesoro de oro más antiguo del mundo. Si Varna es cosmopolita, Burgas posee el mayor puerto de Bulgaria, y la pequeña Nesebar, en su diminuta península, es un museo, declarado Patrimonio de la Humanidad, y salpicado de iglesias medievales, restaurantes y hotelitos con encanto.

En el regreso a Sofía por el sur se percibe el latido de un país con acentos agrícolas de otro tiempo. Los inmensos campos de cereales y de maíz se convierten en huertos cerca de los ríos. En el camino se encuentran carros tirados por caballerías, y en la cuneta se suceden los puestos de frutas y hortalizas. Los viñedos abastecen las bodegas en que se elaboran los prestigiosos vinos búlgaros, y cerca de Kazanlak se ex-tienden los campos de rosas damascenas, que forman un aromático jardín durante los meses de mayo y junio. Todo el valle es una fiesta cuando se recogen los pétalos con los que producen el aceite favorito de los perfumistas de todo el mundo.

La ciudad más valiosa del sur es Plovdiv, un festival arqueológico y arquitectónico tan impresionante como discreto. Es la ciudad más antigua de Europa habitada sin interrupciones, con restos de la fortaleza tracia de Nebet Tepe, levantada hace siete mil años en la parte más alta. A sus pies se encuentra un completo teatro romano, rodeado por las empinadas calles del barrio histórico, repletas de mansiones de estilo Renacimiento Búlgaro. La ciudad moderna se extiende en la parte baja, plagada de estudiantes y artistas que llenan cafés y restaurantes tan animados como las salas y jardines de Dayana. El final del viaje permite descubrir los montes Ródopes, donde se cree que estuvo el templo de Dionisos, y adentrarse en las profundas gargantas y cuevas de Yagodina y Tigrad, y en los pueblos de montaña que mantienen su carácter ancestral. En Melnik vuelven a verse viñedos en el paisaje y los bosques acogen monasterios ortodoxos como el de Rozhen, que atesora maravillosos frescos de tema religioso, siguiendo una pauta que se encuentran en templos y monasterios de todo el país.

Arte Socialista

Los montes de Rila, cerca de la capital, aparecen cubiertos de espesos bosques y de hermosos lagos. Los senderistas disfrutan de un santuario natural que también es el centro religioso del país por la presencia del formidable monasterio de Rila, que rodea la iglesia de la Natividad, cubierta de expresivas pinturas en el exterior y en los abigarrados interiores de brillantes dorados. La cercanía a la capital hace que las estaciones de esquí de Borovets y de Bansko permanezcan muy animadas durante el invierno, cuando muchos centroeuropeos acuden a sus pistas atraídos por la moderación de los precios.

Recorrer el país supone una suma de experiencias formidables, tanto por su naturaleza agreste como por la densidad de su larga historia y la suma de culturas que ha recibido, en especial de Grecia, de Roma, y del Imperio Otomano. Incluso el tiempo del comunismo dejó también impresionantes construcciones de hormigón tan singulares como el futurista volumen de la Casa Monumento del partido comunista búlgaro en Buzludja, o el Monumento a los fundadores del estado búlgaro en Shumen, y un interesante Museo del Arte Socialista en Sofía, con anacrónicas esculturas, pinturas y cartelería del periodo comunista. Si la presencia del pasado es un aliciente en los viajes, la vitalidad de una Bulgaria que emerge de un tiempo de silencio y dificultades transmite la energía de un país que se incorporó en 2007 a la Comunidad Europea.

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