Viaje Uzbequistán

Historia turquesa

Sus cúpulas verdeazuladas y minaretes reflejan la grandeza del gran Tamerlán, Alejandro Magno y Gengis Khan. Aún hoy, su atmósfera cautivadora transporta a los viajeros a tiempos de esplendor y comercio legendario.

Foto: Carlos Rodríguez Zapata
Foto: Carlos Rodríguez Zapata

Por Carlos Rodríguez Zapata

Publicación Revista: 01/05/2025

Publicación Web: 01/05/2025

Uzbekistán, una de las antiguas repúblicas de la URSS, logró su independencia en 1991 y es hoy la nación más poblada y estratégicamente significativa de Asia Central. Su historia está marcada por la Ruta de la Seda y por los personajes ilustres que nacieron aquí; Avicena, el gran filósofo y médico, Ulugh Beg, el astrónomo que en el s. XV creó en Samarcanda un gran observatorio y Al-Juarismi, el padre del álgebra. Actualmente, el país se abre al turismo con ciudades legendarias como Samarcanda, Jiva y Bujará, cuyo esplendor arquitectónico refleja su pasado glorioso.

La capital

La entrada al país suele ser Taskent, una ciudad verde y moderna con grandes avenidas y parques. Su centro religioso se encuentra en la plaza de Khast Imom, donde destacan la madraza –es-cuela musulmana de estudios superiores– Barak Khan y la mezquita Hazroti Imom. Cerca de allí se encuentra el gran Bazar de Chorsu, con su imponente cúpula azul y una actividad comercial vibrante. El centro neurálgico de la ciudad es la plaza Amir Timur, dedicada al legendario conquistador Tamerlán, cuyo imperio abarcó gran parte de Asia Central. Cerca se encuentran las puertas de Mustaqillik Maydoni y el monumento a la Madre que llora, en honor a los soldados uzbekos caídos en la II Guerra Mundial. La calle Sayilgokh conforma el epicentro comercial y social, repleta de puestos callejeros y espectáculos urbanos. Además de estos puntos destacados, Taskent alberga el Museo de Artes Aplicadas, con una impresionante colección de cerámicas y textiles. También merece una visita el metro de Taskent, una maravilla arquitectónica con estaciones decoradas de forma única. La Ópera Navoi es otra visita obligada que ofrece exquisitos espectáculos de ballet y ópera.

Jiva

A 700 km al oeste de la capital –lo recomendable es ir en avión– se encuentra una joya histórica, Jiva, que además ofrece una deliciosa gastronomía entre minaretes y mezquitas. El centro parece haberse congelado en el tiempo, pues conserva su atmósfera medieval que evoca las caravanas que paseaban por las intrincadas y estrechas callejuelas y los mercaderes que comerciaban con la seda. El impresionante minarete inacabado de azulejos turquesas Kalta Minor, que pretendía ser el más alto del mundo islámico, hoy se ha convertido en el icono de esta cuidad. No son menos bellos el palacio Tosh-Hauly, que destaca por su ornamentación, y la mezquita Juma, con sus más de 200 columnas de madera, otra maravilla arquitectónica. Desde la muralla del fuerte de Kuhna Ark, se obtiene una vista espectacular de la ciudad al atardecer, cuando los minaretes se tiñen de tonos anaranjados. Jiva también alberga antiguas madrazas y mausoleos que narran la historia del kanato –entidad política gobernada por un kan– que dominó la región. En sus bazares tradicionales los visitantes pueden sumergirse entre alfombras, cerámicas y artesanías locales. No será difícil encontrar restaurantes que ofrecen el plato principal y orgullo culinario de todo el país; el plov, un plato de arroz y verdura con carne de cordero o pollo. También son muy típicos los shashlik –brochetas de carne– y el somsa, una suerte de empanada rellena; recetas que compaginan con su producto básico más importante, las tortas de pan non. Es curioso ver algunos hornos de barro, los tandyr, donde el panadero coloca en las paredes la masa, que, sin caerse, proporcionará, pocos minutos después, otro de los panes típicos ya horneado, el chap-chak, también con forma de torta.

Bujará

Siguiente parada, la cuna de Avicena, Bujará. Situada a casi 500 km al sureste de Jiva, el viaje se hace mejor en tren, cruzando el desierto para descubrir esta ciudad repleta de mezquitas, madrazas y bazares, de paredes turquesas y mosaicos azules, que llegó a ser la más sagrada de Asia Central. Sus esbeltos minaretes puntean las callejuelas tortuosas donde será necesario perderse para conocer el alma de esta ciudad. Entre sus joyas destacan la madraza de Miri Arab y la mezquita de Poi Kalon, con su imponente minarete de tal belleza, que hasta Gengis Khan tuvo a bien respetarlo y no demolerlo. El epicentro se encuentra en la plaza Lyabi Hauz, con su estanque central rodeado de árboles donde los más mayores, tocados con su típico gorro duppi, se reúnen sobre una cama balinesa para jugar al ajedrez o al dominó, mientras beben té. Hay que subir a la ciudadela Ark, antiguo palacio de los emires, que ofrece una impresionante vista panorámica de Bujará. Cerca se encuentra Chashma Ayub, la famosa fuente que hizo brotar el Santo Job de donde aún sigue manando agua fresca y cristalina considerada bendita. Bujará es también famosa por su mercado cubierto, donde los visitantes pueden comprar joyería de oro y plata, así como tejidos bordados a mano con sedas.

Samarcanda

Ciudad legendaria, escenario de conquistas y esplendor, parece de cuento. Fue arrasada por Gengis Khan y resurgió con Tamerlán. Su emblema principal es la plaza de Registán, que significa plaza de arena, aquí se ubicaba el mercado y los caravasares, edificios donde se alojaban los comerciantes y viajeros que transitaban por la Ruta de la Seda. Esta plaza no sólo es el buque insignia de la nación, sino que es, posiblemente, una de las más bellas del mundo. Formada por tres enormes y hermosísimas madrazas de inmensas portadas y altos minaretes, Ulugh Beg, Sher Dor y Tilla-Kari, que brillan y refulgen con sus tonos azulados cuando el sol del atardecer incide sobre ellos. Turistas venidos de todo el país visitan esta plaza majestuosa. Habitualmente separados en grupos de género, las mujeres mayores, con sus vestidos de colores chillones, pasean entre las jóvenes que, cuando ven un occidental, no reparan en charlar y hacerse una foto con los nuevos amigos extranjeros. Y hablando de extranjeros, pocos habrán oído, que hasta esta ciudad llegó a principios del s. XV, después de 16 meses de viaje, el español Ruy González de Clavijo, a las órdenes del rey Enrique III de Castilla, para entablar amistad con la embajada de Tamerlán pues ambos tenían como enemigo al imperio turco. Clavijo escribió luego el libro Embajada a Tamerlán, donde describió Samarcanda como “una nobilísima y gran ciudad en la que se encuentran bellísimos jardines”. Pero hay mucho más en la visita a Samarcanda, como la necrópolis Shah-i-Zinda, una miniciudad mortuoria, con sus fastuosos mausoleos, que es un lugar de devoción y belleza incomparable, al igual que el Mausoleo de Gur-Emir, que alberga la tumba de Tamerlán, mientras que el observatorio de Ulugh Beg y el museo de Afrosiab preservan el legado científico de la ciudad.

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