Todo esto se traduce en inmensos barrancos, vertiginosas y sinuosas carreteras, poblaciones de dificultosa orografía y tamaño bastante limitado. Y también, en un encantador apego de los palmeros a las particularidades de su tierra.
Así pues, una escapada a la canaria isla de La Palma siempre es buena idea. Y es bastante fácil hacerlo desde la Península, gracias a que Iberia Express tiene un vuelo directo y diario desde Madrid, sin necesidad de hacer escala en las islas vecinas.
A vista de pájaro
El Roque de los Muchachos, en el borde de ese inmenso cráter volcánico que es la Caldera de Taburiente, supone para La Palma la inclusión en la lista de los mejores lugares del planeta para la observación del universo.
Pocos cielos hay más limpios, gracias a que la capa de nubes suele quedar unos cientos de metros más abajo, atrapada entre la vegetación. En esta limpieza celeste también tiene que ver la encomiable y restrictiva política local respecto al alumbrado público, que evita en buena parte la contaminación lumínica. Así que no hay lugar en el que se contemplen más estrellas a simple vista que desde este Roque de los Muchachos.
Por eso se encuentra aquí uno de los principales observatorios astronómicos de todo el hemisferio norte: la visita a los telescopios instalados en las laderas del Roque resulta tan impactante como instructiva.
Los bosques de laurisilva
Una vez situados en la cima, merece la pena seguir alguna de las rutas senderistas que circundan el cráter y que permiten abarcar todo el perfil de La Palma. En días claros se puede ver el tinerfeño pico del Teide. Llegar hasta ese punto requiere de paciencia y mucha prudencia.
Las serpenteantes carreteras que conducen hasta las alturas del Roque de los Muchachos atraviesan una tupida vegetación conformada por un enorme cinturón de pinos y por zonas de laurisilva, el bosque subtropical canario. Los vientos alisios, responsables en buena parte del clima canario (junto con la Corriente del Golfo), al quedar atrapados entre la vegetación, provocan el fenómeno conocido como lluvia horizontal.
Una especie de “niebla meona”, culpable de un ecosistema de gran riqueza biológica. Buen ejemplo es el bosque de Los Tiles (o Los Tilos), ideal disfrutar de rutas a pie (casi mágicas). Entre las más recomendables está la que conduce a la cascada. También la que lleva, en poco más de dos kilómetros, desde el Centro de Visitantes, hasta el mirador Espigón Atravesado. Desde aquí se contempla una espectacular panorámica del bosque, por encima de las copas de los árboles.
Una visita a la capital isleña
Quienes tengan gustos más urbanitas pueden encontrar en La Palma un buen puñado de localidades con encanto. Una de las más auténticas es Santa Cruz. Aquí se impone un paseo por sus calles de inconfundible aspecto colonial, plagadas de floridos y coloristas balcones de madera. También la visita a sus dos iglesias principales, la del Salvador y la de San Francisco, construidas a base de la característica oscura roca volcánica.
Sobre la capital (literalmente) y junto al mirador de La Concepción, desde donde se disfruta de la mejor panorámica de Santa Cruz, está el restaurante Casa Osmunda. Sorprende, primero por su ubicación, muy cerca del antiguo aeropuerto de la isla; segundo por su agradable ambiente y su decoración: es una antigua casa de indianos; y tercero por su apuesta por la creatividad a partir de recetas locales. Platos originales y sabores absolutamente seductores, con primacía de los pescados locales y de la carne de cabrito y cerdo.
Además, con presentaciones que buscan jugar con el comensal y que a veces simulan trampantojos, como la caja de puros –un cilindro de chocolate con forma de cigarro-.
Puros y otras delicias
Aunque visualmente parecería que Casa Osmunda se encuentre en Santa Cruz, lo cierto es que pertenece al municipio de Breña Alta. Esto ocurre en muchos otros lugares de La Palma: las distancias engañan y lugares que parecen estar muy próximos, a simple vista, requieren de varios minutos de coche a través de intrincadas carreteras. En Breña Alta también se encuentra el Parador, que es sin duda uno de los alojamientos más completos y con mejores vistas de la isla.
En el propio jardín se organizan actividades de observación de estrellas. Además, el restaurante de este establecimiento merece una mención por el esfuerzo en recuperar y mejorar lo más destacado de la gastronomía local. Así, destaca su pierna de cabrito asado a baja temperatura o el delicioso queso de cabra asado, casi obligado también en la carta de todo restaurante palmero que se precie.
En Breña Alta está también el taller de Puros Artesanos Julio donde se preserva una manufactura que ha dado una bien ganada fama a La Palma. Con independencia de que guste o no este tipo de productos, es una delicia asistir al proceso de elaboración, absolutamente artesanal y siguiendo la técnica tradicional de liado de los cigarros.
Cocina tradicional y auténtica
Parece corta la mención hecha hasta ahora a la gastronomía palmera. Una cocina contundente en concepto, sencilla en elaboración y sabrosa por definición. Pescados como la vieja, el cherne, la sama o el alfonsiño forman parte de la carta de casi todos los restaurantes tradicionales. Junto a ellos, en la mesa comparte protagonismo el cabrito, casi siempre asado, pero también en puchero canario. Este guiso tiene varias versiones, por ejemplo, a base de verduras y cereales.
Por supuesto, están los deliciosos quesos palmeros y el gofio, esa pasta realizada a base de harinas de maíz y/o trigo, que ha sido fundamental para la supervivencia de los canarios a lo largo de siglos. Un buen lugar donde probar muchos de esos platos es el Mesón del Mar, muy próximo a la localidad de San Andrés y a las piscinas naturales del Charco Azul. Está en Puerto Espíndola adonde llegan los pescadores de la zona con las capturas diarias, así que la frescura (y el sabor) de los pescados está más que garantizada.
Hacia el interior de la isla se encuentra el pueblo de Pino de la Virgen y en él, el barterraza-restaurante del mismo nombre. Un buen lugar donde celebrar una pitanza típicamente palmera a la sombra de las muchas plantas que crecen en su jardín. Cocina tradicional, tan generosa en las raciones que parece misión imposible para estómagos no acostumbrados a la habitual generosidad canaria.