Isla de Sal

Sólo paraíso

La isla más turística de Cabo Verde despliega su magia; aguas turquesas, playas infinitas y una cultura mestiza que vibra al ritmo de morna. No stress, sólo paraíso.

Foto: Javier García Blanco
Foto: Javier García Blanco

Por Javier García Blanco

Publicación Revista: 01/06/2025

Publicación Web: 01/06/2025

Son apenas cien metros de madera que se asoman a aguas turquesa, pero el Pontão –muelle– de Santa María, la capital turística de isla de Sal, encierra toda la esencia de Cabo Verde. Bajo un sol implacable y mecidos por el viento seco del harmatán, varios jóvenes se lanzan al agua entre risas y bromas en krioulu –criollo–, mientras los pescadores descargan su captura del día; garopas y atunes que limpiarán en el mismo muelle, con destreza, pero sin prisa. En la playa, turistas y locales comparten espacio, unidos por la proverbial morabeza caboverdiana, esa hospitalidad sin condiciones que aquí se cultiva y practica como un arte cotidiano. La escena vibra con su propia banda sonora, la morna, ese canto melancólico que la inolvidable Cesária Évora elevó a himno universal, reverbera desde los altavoces de los bares de playa, se cuela desde las ventanas abiertas y resuena en los corazones de los presentes. En este rincón del Atlántico, frente a las costas africanas de Mauritania y Senegal, el tiempo parece diluirse en la brisa marina. Como si la isla, consciente de su belleza, invitara a disfrutarla sin prisas. No es casual que el lema omnipresente sea No stress, una filosofía de vida que impregna cada rincón, cada gesto y cada sonrisa de este paraíso caboverdiano.

La riqueza del mestizaje

Cabo Verde es mestizaje en estado puro. El encuentro entre África, Europa y América ha dejado una huella profunda en la música, la gastronomía, el idioma y hasta en los rostros de sus habitantes. Más del 70% de la población es mestiza, fruto del cruce entre colonos portugueses, esclavos africanos y migrantes de otras latitudes. El resultado es una sociedad acogedora y abierta, en la que nace esa proverbial morabeza y donde todos se sienten parte de una gran fami-lia: na nôs tera, nôs tudo ê familia –en nuestra tierra, todos somos familia– reza un dicho popular.

La isla de Sal –antiguamente llamada Lhana por su topografía plana– perma-neció deshabitada hasta el s. XIX, cuan-do comenzaron a explotarse sus salinas. En Pedra de Lume, en el cráter de un volcán extinto, se instaló la primera industria, gestionada durante décadas por la empresa francesa Les Salins du Midi. Hoy, este insólito paisaje lunar es una de las principales atracciones de la isla donde los visitantes pueden flotar en sus aguas salinas, 26 veces más densas que el mar o cubrirse de lodo mineral con propiedades terapéuticas.

Por tierra, mar y aire

Las playas son el gran reclamo de Sal. Santa María, con sus 8 km de arena dorada y aguas cristalinas, es el epicentro turístico, ideal para tomar el sol, nadar, navegar en catamarán o disfrutar del ambiente local. Más allá, en Ponta Preta o Kite Beach, se imponen el viento y las olas, atrayendo a windsurfistas y kite-surfistas de todo el mundo. No es casual que aquí entrenen campeones como Mitu Monteiro o Matchu Lopes. Los vientos alisios, constantes de noviembre a abril, convierten la isla en un paraíso para los deportes acuáticos. Pero también hay espacio para la calma, en la playa de Murdeira, perfecta para contemplar la puesta de sol, o en la protegida Serra Negra, reserva natural y zona de anidación de aves marinas, donde el silencio lo envuelve todo. Para los más activos, Sal ofrece múltiples aventuras que van mucho más allá del clásico chapuzón en el mar. En Ponta da Fragata, una tirolina de 1 km de longitud y 103 metros de altura permite sobrevolar el desierto y el océano en una experiencia que combina adrenalina y paisajes inolvidables. Desde las alturas se aprecian los contrastes de la isla; por un lado, el océano de un azul intenso; por otro, el terreno ocre y seco que recuerda a un paisaje marciano. Para los que prefieren mantener los pies en el suelo, los recorridos en buggy son una forma emocionante de adentrar-se en el interior árido de la isla. Estas rutas atraviesan dunas que cambian de forma con el viento, zonas salpicadas de acacias achaparradas y caminos que conducen a miradores naturales con vistas al Atlántico, bellos rincones ocul-tos donde apenas llegan los turistas.

Fauna marina

Una de las experiencias más extraordinarias es la visita a Shark Bay, ubicada en la costa este de la isla, donde un tramo de aguas poco profundas permite que las crías de tiburón limón naden entre las piernas de los visitantes. A pesar de su nombre intimidante, estos pequeños escualos son completamente inofensivos, lo que convierte esta acti-vidad en una aventura segura realizada siempre bajo la atenta supervisión de expertos guías locales.

Los ejemplares adultos, algo más peligrosos, no pueden acceder a esta zona debido a su tamaño, aunque su presencia imponente se percibe en la distancia cuando sus aletas dorsales se recortan contra las olas. La interacción con las crías de tiburón limón, que se aproximan sin temor atraídas por el alimento que los guías arrojan al agua, constituye una experiencia memorable que permite un encuentro íntimo con la naturaleza marina. Y para quienes deseen más actividades en el mar, hay otras muchas opciones, como la pesca de altura –donde es posible capturar atunes, barracudas o incluso marlines–, salidas en barco para avistar delfines y calderones o submarinismo y snorkel en arrecifes cercanos a la costa. Sal, en definitiva, es una isla donde la aventura puede encontrarse en tierra firme, bajo el agua o desde el aire.

Al caer la tarde

La isla, de 216 km² y apenas 40.000 habitantes, puede recorrerse fácilmente en un día. Por eso es recomendable escaparse a disfrutar en Terra Boa, al norte, de un espejismo que sorprende al visitante con la ilusión de un lago en pleno desierto o acercarse a Buracona, al noroeste, donde el Olho Azul –una cueva marina cuyas aguas son ilumi-nadas por un rayo solar– ofrece un singular espectáculo natural. Incluso a Espargos, la capital, prácticamente en el centro de la isla que ofrece una visión más local, con mercados animados repletos de frutas, especias y pescados. Al caer la tarde, Santa María, se transforma, sus numerosos restaurantes se llenan para disfrutar del omnipresente atún –más barato que la ternera– preparado de diversas maneras. Hay que probar la cachupa, ese contundente guiso de maíz, alubias y carne o pescado que resume la esencia del país; las recetas heredadas de los portugueses como la feijoada o el frango con piri-piri –pollo al carbón con una salsa de especias picante–, sin olvidar el cangrejo guisado o las suculentas langostas. En bares como La Quinta Loka o el rooftop One Love Reggae Bar, locales y turistas comparten bailes y risas al son de las músicas típicas de la isla; coladeiras, funanás y zouks. En el paseo marítimo, el Beach Bar Olá Brasil ofre-ce atardeceres con caipiriñas y música en vivo.

En Sal, la vida fluye con una cadencia diferente, mostrando que la felicidad se encuentra en lo sencillo y que, en ocasiones, la mejor forma de avanzar es dejarse llevar por el viento.

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