El éxito turístico de las playas del sur, en torno a Maspalomas, no puede ocultar los paisajes espectaculares y los profundos valles del interior de Gran Canaria. En ellos permanecen las raíces de una cultura sustentada en la agricultura que ha perdurado a través de los siglos, y que sigue viva, proporcionando elementos de alto valor sensorial. Conocer los frutos de su tierra es la mejor manera de encontrarse con el alma de una isla formidable, plena de sabores, contrastes y autenticidad. Con forma de gigantesco cono que emerge del Atlántico, Gran Canaria se eleva desde un litoral casi circular hasta el vértice del Morro de la Agujereada, a 1.956 m de altura. Los vientos alisios colisionan con la isla y riegan con su humedad la fachada noreste, dejando siempre seca y cálida la cara opuesta, donde se encuentran las dunas de Maspalomas, alrededor de las que ha crecido el gran núcleo hotelero de Playa del Inglés.
La capital
En el noreste se encuentra Las Palmas de Gran Canaria, crecida junto a uno de los puertos más importantes de España. Más de 600.000 personas llenan de vitalidad una ciudad que posee la gran playa urbana de Las Canteras, cuenta con los barrios tradicionales de Vegueta y de Triana llenos de animación, y con un interesante centro histórico que incluye la plaza de Santa Ana, la Catedral y la Casa de Colón. Entre la oferta cultural destacan el CAAM (Centro Atlántico de Arte Moderno), la Casa de Benito Pérez Galdós, la programación del Auditorio Alfredo Kraus, y el nuevo acuario Poema del Mar, que se ha situado entre los mejores de Europa. A la hora de comer, es recomendable visitar su Mercado Central, convertido en un animado centro gastronómico en el que conviven puestos de venta y espacios de restauración. Entre los restaurantes merecen probarse las papitas arrugadas o la garbanzada con tacos de cochino negro de La Bodega de la Avenida, la ropa vieja de rabo de toro de Pícaro, las recetas creativas de El Santo o de Bevir, y, entre los pescados locales, el cherne templado de El Equilibrista 33.
Para visitar
En veinte minutos se puede subir desde la capital a la ciudad de Teror, en el corazón agrícola de la isla, o ir hasta la cercana Arucas a visitar la fábrica de ron Arehucas, para descubrir los secretos de su elaboración y el museo de barricas pintadas por artistas modernos. Quizá la excursión de mayor interés desde Las Palmas sea la que lleva en cuarenta minutos a la Finca La Laja, en el meollo del bellísimo valle de Agaete, cerrado por altos acantilados de piedra que protegen un paraíso vegetal en el que crecen mangos, aguacates, naranjas, limones y café, en los cultivos europeos más septentrionales. La visita a la finca permite conocer también la bodega Los Berrazales, una de las diez que se pueden visitar entre las 73 que se reparten por toda la isla.
De costa a costa
Tras recorrer los paisajes verdes del noreste, el viaje se dirige al sur, en busca de las dunas de Maspalomas, un fragmento del Sáhara en la isla, que ha sido aprovechado para levantar el centro turístico de la Playa del Inglés. Su amplia oferta hotelera incluye opciones de calidad gastronómica, entre ellas la del 360° Restaurant, en la planta superior del hotel Bohemia, ideal para cenar temprano observando la puesta de sol sobre las dunas o probando su imaginativa carta de cócteles, la mejor de la isla, en la terraza del Atelier Cocktail Bar. Quien prefiera escapar de la densidad humana de la costa puede buscar el dulce refugio de Salobre Hotel Resort & Serenity, un reducto de lujo y calma a pocos minutos del bullicio de las playas. Siguiendo por la costa se llega hasta Mogan, puerto importante en el sur, un lugar ideal para probar los mejores mariscos y pescados del Atlántico, chernes, meros y el preciado atún como protagonista, como el que ofrece Casa Enrique, al que acompañan los deliciosos aguacates y mangos de sus propios huertos.
Manjares insulares
Muchos productos que asociamos a la Gran Canaria más auténtica llegaron desde América, en especial la papa y el millo, que es el maíz con el que actualmente se elabora el gofio, la harina de cereales tostados presente en la alimentación local a lo largo de los siglos. En los restaurantes ofrecen Papas arrugadas con mojo, Sancocho de pescado con patata, batata y pella de gofio, o la Pata de cerdo asada, además de la popular Ropa vieja, nacida para aprovechar los restos del puchero peninsular. Entre los condimentos y manjares antiguos, mantienen su prestigio la sal marina artesanal de Bocacangrejo, el aceite de oliva virgen extra de Temisas-Agüimes, los chorizos de Teror, y los quesos de flor, que cuajan la leche de oveja usando flor de cardo, abundantes en Santa María de Guía, Gáldar y Moya, en el norte. El sur muestra un paisaje apropiado para el pastoreo de cabras, con cuya leche trabajan en la quesería La Gloria de San Bartolomé de Tirajana, ganadora de la me-dalla súper oro en los World Cheese Awards con su excelente queso curado.
Paisaje virgen
En el centro de la isla se esconde una Gran Canaria casi intacta. Los caminos que conducen desde el litoral sur al centro montañoso se rizan para ascender en estrechas venas que se asoman a barrancos vertiginosos. La carretera que sube desde Maspalomas se remansa en el mirador de Degollada de la Yegua, antes de pasar junto a las casas de Arteara, agrupadas en el oasis del fondo del valle, y encaramarse hasta el casco de San Bartolomé, a novecientos metros de altura, donde la Bodega Las Tirajanas abre sus puertas a quienes quieran probar sus vinos. La estrecha carretera se eleva abriendo vistas sobre espacios descomunales en Cruz Grande (1.250 m), y continúa el ascenso entre abismos minerales salpicados con casas y aldeas de agricultores, camino del más espectacular de los miradores en el Pico de los Pozos de la Nieve. Rodeado por pinares, rozando los dos mil metros de altura, permite derramar la vista en varias direcciones hasta la costa, con la silueta de la isla de Tenerife al oeste y las torres naturales de los roques vigilando el territorio.
Entre dulces y bodegas
Bajando al barranco de Tejeda se llega al encantador pueblo que le da nombre, asomado en balcón sobre su estrecho valle, con un paseo que parece un escenario de remota armonía decorado con palmeras y ficus. Las tierras abruptas se han tallado en bancales plantados con vides y almendros, que Tejeda emplea en elaborar buenos vinos y delicados dulces. Para integrar el paisaje con la gastronomía, nada mejor que degustar la cocina sincera de la Cueva de la Tea, las sencillas Papas con mojo, el Estofado de cabra y los Quesos de la isla. El postre es mejor reservarlo para el excelso obrador de la pastelería artesana Dulcería Nublo, cuyos propietarios elaboran extraordinarios dulces de almendra en un local que parece sacado de un cuento infantil. A siete kilómetros, las bodegas Bentayga elaboran vino de altura en sus terrazas, con uvas moscatel de Alejandría, albillo, vijariego blanco, y la rareza del listán negro que permite producir un tinto varietal.
Los primeros pobladores
En ese mismo territorio de la Caldera de Tejeda se asentaron los primeros pobladores, de origen beréber, llegados desde la costa africana al principio de nuestra era. Vivieron en cuevas, aislados durante quince siglos, desarrollando una versión autóctona de la cultura norteafricana líbico-beréber. Los restos de sus viviendas y templos han sido declarados Patrimonio de la Humanidad en 2019, incluyendo miles de hectáreas en los municipios de Tejeda, Agaete, Gáldar y Artenara, donde se ha situado el Centro de Interpretación del Paisaje Cultural Risco Caído y las Montañas Sagradas de Gran Canaria. Las mismas montañas que acogieron a los pobladores prehispánicos preservan hoy los sabores más auténticos, los que se han mantenido de la sociedad agrícola anterior a la llegada del turismo, que los grancanarios cuidan con esmero con la certeza de que a través de la gastronomía mantienen viva su cultura y su personalidad.