Costa Rica es un país impactante. Y lo es gracias a su riquísima naturaleza. De hecho, la mayor parte de su territorio está cubierta de una tupida vegetación, en la que habita, nada menos que un seis por ciento de la biodiversidad de todo el planeta. ¿En qué se traduce esto? Pues en que en cuanto se abandonan los núcleos más poblados del Valle Central (San José, Heredia, Alajuela, Cartago...) salen al encuentro tupidos bosques en los que habitan miles de especies de flora y fauna.
Así, en los diferentes ecosistemas del país (más de 20) conviven unas 90.000 especies catalogadas. Aunque se cree que las desconocidas aún podrían llegar al medio millón. Entre las conocidas destaca el perezoso, todo un símbolo para Costa Rica. Pero también la rana verde de ojos rojos, las iguanas o el esquivo jaguar.
San José ya no es ciudad de paso
Antes de aventurarse en la exuberancia de este país, merece la pena explorar la capital. Hasta no hace mucho, la mayor parte de los viajeros consideraban a San José solo como una ciudad de paso. Pero en los últimos años se está produciendo una notable revolución. Así, han aparecido empresas de alquiler de bicicletas eléctricas, necesaria alternativa al endiablado tráfico de esta mega urbe.
Han surgido centros gastronómicos como el mercado Amor de Barrio, en lo que antes era una fábrica. Y los barrios de Escalante y La California se han poblado de bares y restaurantes donde disfrutar de la nueva cocina costarricense. También de recetas ancestrales, como ocurre en el restaurante Sikwa, cuyos promotores han creado una extensa carta que rememora tanto la gastronomía prehispánica como la criolla. Siempre a partir de ingredientes autóctonos. Desde luego, la experiencia culinaria resulta tan interesante como suculenta.
Más tradicional es la propuesta de La Criollita. Aquí merece la pena probar sus arroces de carne y pescado, su sopa de marisco, sus casados (arroz, frijoles, verduras, ensalada y carne). Por supuesto, también el plato nacional, el gallo pinto, combinación de arroz y frijoles rojos o negros que se consume en cualquier momento del día: del desayuno a la cena.
Algo más sofisticado resulta Grano de Oro. Lo que fue el epicentro de una plantación cafetera –su nombre hace referencia al grano de café una vez tostado– hoy es un encantador hotel, con un restaurante de agradable ambiente colonial. En la cocina triunfan los sabores locales con un interesante punto de sofisticación y muchas influencias de la alta cocina internacional.
El Valle de Orosí y su riqueza cafetera
No muy lejos (algo mas de 40 kilómetros) está el Valle de Orosí. Antes hay que pasar por Cartago, ciudad que, pese a los cataclismos provocados por los seísmos, conserva importantes huellas del pasado colonial. También la espectacular basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, edificada a principios del siglo XX y que es el epicentro religioso del país.
Bastante más modesta es la iglesia colonial de Orosí (mediados del siglo XVIII), fundada por los franciscanos y que conserva parte del claustro, amén de una bonita arquitectura con profusión de maderas nobles de un bonito color café.
Quizás como un recuerdo de que el Valle de Orosí sigue siendo uno de los reductos cafetaleros del país. Aquí esta planta se sigue cultivando según el modo ancestral, aprovechando las laderas de las montañas.
Desde luego, Orosí y café son dos términos íntimamente ligados. Lo demuestran en los pequeños bares y restaurantes locales, como Onde su Agüela, aquí sirven el café chorreado. Forma de preparar esa bebida que es el antecedente de las modernas cafeteras de filtro de papel. Un auténtico ritual que bien merece la pena contemplar y luego degustar, claro. En cuanto al local (un decir, pues aquí no hay muros), está decorado con una particular interpretación del pop art. Es uno de los lugares más recomendables para probar las tortillas y empanadas de queso, acompañadas de natilla (una especie de crema agria de leche).
También en Orosí está el Parque Nacional Tapantí, uno de los mejores exponentes del bosque lluvioso tropical, donde habitan unas 45 especies de mamíferos y 260 de aves.
Justo en el límite de este espacio protegido se encuentra la Hacienda Orosí, un complejo termal que aprovecha las aguas subterráneas calentadas por la fricción de la corteza terrestre. Las piscinas al aire libre y con diferentes temperaturas resultan de lo más escenográficas y regalan bonitas panorámicas al valle y a la montaña.
Bajo el activo volcán Arenal
El termalismo es también uno de los grandes reclamos del entorno del Parque Nacional Volcán Arenal. Éste es un cono perfecto, de 1.670 metros de altura, cuya última erupción se prolongó desde 1968 hasta 2010.
La interrelación entre la escenografía del volcán y la apabullante naturaleza que lo rodea regala algunas de las mejores experiencias de Costa Rica. Por ejemplo, en forma de paseos por el bosque, entre monos, colibries, ranas y otros cientos de animales y vegetales, atravesando inestables y vertiginosos puentes colgantes.
Pero, para vertiginosa, la actividad Sky Trek de Sky Adventures Arenal Park, un recorrido de unas dos horas de duración a través de tirolinas sobre el bosque y, al final, a través del propio arbolado. Algunas con trayectos de más de medio kilómetro. Para llegar hasta ellas se asciende con un telecabina que, en sí, es ya todo un espectáculo.
Bastante más plácidas son las tumbonas junto a la piscina del Hotel Mountain View. Desde ellas se divisa, sin duda, una de las panorámicas más completas del volcán. Con suerte, y si el día está despejado, se puede contemplar cómo del cráter emana alguna fumarola. Y todo, si se quiere, cóctel en mano.
El sabor del Caribe
Muy diferentes a esos paisajes volcánicos son los que regala otro de los parques nacionales del país: el de Cahuita. Situado en la zona del Caribe Sur (provincia de Limón) tiene una parte terrestre de más de 1.000 hectáreas, con una tupida vegetación litoral, y otra marítima, de 22.000 hectáreas, en la que destaca su arrecife de coral.
Caminar por el sendero paralelo a la costa supone constantes avistamientos de animales como perezosos, monos de cara blanca, mapaches, iguanas, serpientes, tucanes, zopilotes, todo tipo de insectos… Y dar un paseo por la playa de fina arena y bañarse en las cálidas aguas de este mar es una experiencia más cercana a lo espiritual que a lo terrenal.
El parque está situado junto a la localidad de Cahuita. Sin duda, uno de los mejores lugares donde probar la cocina caribeña, que utiliza un ingrediente que le aporta (como nuestro AOVE) la mayor parte de su personalidad: el coco. Se utiliza tanto rallado, como en trozos y, por supuesto, en forma de aceite.
Un buen lugar para experimentar esta cocina sabrosa, con sus toques picantes y con un gran protagonismo del pescado y crustáceos, es el restaurante de la señora Edith, auténtico referente de la gastronomía local.
No muy lejos está Puerto Viejo, uno de los principales centros turísticos de la zona, aunque muy diferente en concepto a los masivos resorts que salpican buena parte de la costa caribeña de países vecinos. Este es un lugar reposado, sin grandes alturas y con pequeños alojamientos. Es el caso del hotel boutique Le Cameleon, inmerso en una vegetación selvática (aunque controlada). El hotel tiene un beach club (Noa Bar & Restaurant), ideal para, siguiendo la tendencia de buena parte de la población local, dejar pasar el tiempo sin más inquietud que contemplar la belleza salvaje y auténtica del Caribe. Sí, desde luego, Costa Rica es un país muy impactante.