Cine y Gastronomía

Romance en la Sala

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Autor: Pepe Barrena
Autor Imágenes: Edwin Pérez (Ilustraciones)
Fecha Publicación Revista: 01 de julio de 2012
Fecha Publicación Web: 27 de febrero de 2017
Revista nº 435-436

A lo largo de su intensa pero corta vida, la fábrica de sueños no ha permanecido impasible ante el poder de seducción de ciertos decorados y situaciones, reales o ficticios, que han tenido a la gastronomía como principal protagonista. Desde que los hermanos Lumière filmaran en su casa El desayuno del bebé (1896), el asunto que nos trae ha estado presente de una manera más o menos relevante en las pantallas.

Pero lo cierto es que hasta no hace mucho, concretamente hasta el crepúsculo del siglo pasado, el llamado séptimo arte y el universo culinario sólo habían flirteado galantemente; sabiendo que ambos nacieron para seducirse, se habían acercado con resultados a veces excitantes, aunque la consumación del acto amoroso era su asignatura pendiente. En otras palabras: no existía un elenco de cintas suficientes, ni una alegoría marcada, para hablar de un género concreto.

Todo se ceñía a saltos de mata con películas desgranadas en el tiempo hasta que, en el amanecer del nuevo siglo, los productores olieron petróleo en las vicisitudes de la gastronomía y sus hechos tangenciales siguiendo el albur de las modas y oteando que los chefs, sus cocinas y restaurantes, las historias que en ellos se desarrollan y el glamour que proporcionaban tallaban unos guiones suculentos para hacer taquilla. Hagamos memoria de los filmes insustituibles que todo buen aficionado y gourmet no puede perderse.

Cronológicamente habría que comenzar por Un partie de campagne (1936), del gran Jean Renoir, una breve pieza de amoríos y bocados junto al río en un día festivo que el mismísimo Paul Bocuse ha tachado de quintaesencia del hedonismo francés en el prólogo de su obra La dieta de la buena mesa.

Después, por motivos de las penurias de la guerra y también porque las grandes Major no consideraban rentable invertir dólares en estos temas, hay que hacer un largo salto en el tiempo que nos lleva hasta una época relativamente fecunda y vibrante del género, cuando salen a escena las disparatadas odiseas del cómico Louis de Funès en Muslo o pechuga y El gran restaurante, ambas con tronchantes críticas a las guías especializadas, los inspectores y los establecimientos de todo pelaje.

A continuación brotan del proyector filmes considerables: La grand bouffe de Marco Ferreri, la japonesa Tampopo de Juzo Itami o la oscarizada El festín de Babette de Gabriel Axel, film recurrente en todos los eventos y festivales temáticos por su intimista y extenso banquete final oficiado por la maravillosa Stephane Audran, mujer por entonces del reputado morro fino Claude Chabrol y excelsa cocinera en la vida real.

Aunque para festín de verdad el de Pero... ¿Quién mata a los grandes chefs?, dirigida por Ted Kottchef, película favorita para quien esto escribe, y espléndida comedia que se adelantó a todo lo que ahora acontece en el panorama gastronómico retratando de forma impecable asuntos como la otrora melancólica longevidad de los gastrónomos, la feroz competencia entre los cocineros y el acceso al poder de éstos, la industrialización de la restauración, las competiciones y eventos, los platos del año y las envidias que gangrenan este mundo de placeres y sensaciones. Además, esta película tiene suspense hasta el último segundo, por no hablar de su ejemplar recorrido por decorados reales tales como La Tour d’Argent, Maxim´s, el Café Royale londinense o el Danieli veneciano en compañía del orondo e implacable Max, memorable crítico y editor especializado encarnado por el gran Robert Morley.

Y lo más reciente…

Después de estos éxitos internacionales y ya entrando en los noventa pasados resulta contradictoria la falta de producciones temáticas, sobre todo teniendo en cuenta que la gran revolución gastronómica estaba en marcha. Sólo la popular Como agua para chocolate del mejicano Alfonso Arau, basada en la novela de Laura Esquivel, y la no menos señera Comer, beber, amar del taiwanés Ang Lee, pusieron los fogones a plena ebullición fusionando sagas familiares y sensualidad con elaboraciones y alimentos desconocidos para la mayoría de los occidentales. En este intervalo coinciden también El chef enamorado, fallida historia romántica ambientada en Georgia, y American Cuisine, una comedia resultona en la que colaboró como director artístico el suicida Bernard Loiseau. Con otro suicidio histórico se inaugura el nuevo milenio.

Vatel, magistralmente interpretada por el camaleónico y sibarita Gerard Depardieu, contaba las tribulaciones del legendario maestro de ceremonias del castillo de Chantilly y sus depresiones por la falta de suministros para la gran bacanal del Rey Sol. Es una película que tanto vale para armar un catering de lujo y fantasioso como para incidir en la inestimable ayuda que proporciona el ingenio siempre que se domine la profesión.

La inventiva, el recurso inesperado, también es un hallazgo en Deliciosa Martha, película alemana que cuenta con uno de los mejores repartos posibles –impagable Sergio Castellito en su papel de chef bondadoso– y que más tarde tuvo su remake americano, Sin reservas.

La demostración del antedicho boom del siglo XXI se corrobora con la extensa lista de material que ha inundado las pantallas. Sin orden alguno de preferencias hay que mencionar Soul Kitchen, Estómago, Julie & Julia, Un toque de canela, Bon Appétit, Un buen año, las españolas Fuera de carta, Dieta mediterránea… películas que dan fe del cosmopolitismo culinario actual. Y sobre todo Ratatouille y Entre copas, dos taquillazos bien justificados por ser la primera una auténtica obra maestra de la animación y la segunda un pilar robusto de lo que luego se ha llamado el eno-turismo. Esta roadmovie por los valles californianos de Santa Ynez también tuvo otros efectos derivados, como potenciar el consumo de la varietal pinot noir en toda Norteamérica y crear un interés inusitado por el mundo del vino entre la fauna del famoseo.

Actores, directores, deportistas, músicos y demás gentes del papel couché pusieron su nombre y sus dineros en las bodegas, con resultados desiguales e intentando compararse con otros ídolos de la pantalla que ya habían mostrado su pasión por Baco como viticultores experimentados, caso de Depardieu, Carole Bouquet o Francis Ford Coppola.

Estos vinos de película constituyen uno de los apartados del pionero Festival de Cine y Gastronomía Audiovisual Cinegourland, que concentra anualmente en Getxo (Vizcaya) a los amantes de estas dos artes para debatir sobre el panorama gastronómico con el refuerzo de las proyecciones temáticas, performances y actos populares. Un festival que premia en cada edición a los Cinéfilos & Gourmets, galardones que han recibido, entre otros muchos, Bigas Luna, Juan Echanove, José Luis Cuerda, Caco Senante, Geraldine Chaplin, Sacha Hormaechea, Abraham García, José Ribagorda, Joan Roca o Antonio Saura.

¿El futuro?

Posiblemente se vaya apagando el tirón de este romance en cuanto a las costosas películas pero una ilusionante semilla está dando sus frutos en otro formato. Se trata del documental, género idóneo para hincar el diente a todo lo que concierne a la alimentación. Basta ver incisivos y vitriólicos reportajes como Mondovino, Super Size Me, Oro negro o Nosotros alimentamos al mundo –que han tambaleado a los fliying winemakers, a la propia Mc Donald’s, a los emporios cafeteros y a la gigantesca Nestlé respectivamente–.

También los hay merecedores de otros clamores por su sentido artístico como el maravilloso Mugaritz BSO donde el genial Andoni Luis Aduriz funde sus creaciones con músicas étnicas de los compositores más prestigiosos del mundo. Es un camino sin retorno en el que la cámara, por fin, se ha enamorado de las cosas del comer y beber. Solo nos queda una duda: ¿por qué nuestra gastronomía no ha sabido aprovechar el potencial del cine para su proyección internacional? Silencio…¡Se come!

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