Fuera de foco | Opinión

La gran mesa santanderina

Un acreditado de toda la vida que no ha perdido un ápice de calidad, saber hacer, saber servir y, sobre todo, proporcionar felicidad, que es el motivo por el que uno se sienta a la mesa.

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Por Andrés Sánchez Magro

Publicación Revista: 01/06/2025

Publicación Web: 25/08/2025

La gastronomía vive una doble realidad cada vez más acusada, la que marca por un lado la experimentación y la fama de los cocineros que luchan por el territorio estelar y por la incidencia cultural, frente a las casas de comidas que dan felicidades a los estómagos y a las situaciones de la vida cotidiana. Fuera de foco prácticamente se colocan muchos restaurantes de excelencias, a los que acuden religiosamente para disfrutar o celebrar el lugareño o el forastero, sin tener que competir en ligas que requieren un frenesí interpretativo que para muchos comensales es cansino. Algún lector de esta sección se sorprenderá con la inclusión de La Bombi santanderina. Es un Fuera de Foco de categoría especial.

Raza tabernera

Sirva una anécdota como categoría de un establecimiento señero donde los haya. Por confusiones de una reserva, quien esto suscribe asistió al mágico ejercicio de prestidigitación hostelera cuando se presentaron en el restaurante veintiséis comensales a los que no se esperaba ese día. Y con arte difícil de explicar y una seducción hacia mesas ya dispuestas, fueron atendidos magníficamente los veintiséis hambrientos y sedientos con una de las comidas más redondas que uno recuerda. La raza tabernera que corre por las venas del inefable y clásico Boni, hoy continuada por Boni hijo con ayuda de César, se expresa para alegría cántabra y de todo el que pone un pie en la capital del Sardinero. El origen de la casa y el nombre es popularmente conocido desde que en 1935 en aquel lugar se fundara Taberna La Bombilla. Aquel localito en el que paraban pescadores fue ampliado posteriormente como mesón por una siguiente generación, hasta que en 1985 el genial Boni Movellán le ha dado su actual fisonomía.

Procesión cántabra

El marisco tiene usía y la alineación desde los bigotillos a la concha, o un magnífico changurro frío o al horno, son alicientes cuando hay cartera y ganas de fiesta. Aunque no hay que irse muy lejos gracias a unas exquisitas rabas de calamar, anchoa evidente, un clásico pudin de cabracho, salpiconcito de marisco, antes de deslizarnos por profundas y grandes piezas náuticas en trancha o de manera completa, destacando los rodaballos, besugos, meros y lo que encarte en una combinación de academia gastronómica de la toda la vida. Los cortes cárnicos son igualmente estimables por el punto, junto a la media docena de selecciones de versiones muy aplaudidas del solomillo. La casquería puntúa, ahormada sobre buen lechazo, e incluso una excepcional sopa de pescado que en muchos lugares empieza a ser más exótica que la angula.

Hospitalidad norteña

En La Bombi hay sabiduría invisible, ganas de agradar permanente, un servicio de los que ya no se estilan, una felicidad desde que uno abre la puerta y supera la tentación de la barrita en la que ya dan ganas de quedarse a vivir y no buscar escaño en la mesa. También se bebe a modo y los apetitos líquidos se pueden satisfacer de forma estimable y sin pedir hipoteca. Recorre toda la casa una cómplice manera de entender la vida, de esa hospitalidad norteña que cuando se concede ya no se pierde. Por allí pasan empresarios, políticos, toreros y el quién es quién de los santanderinos. Pero también cualquier anónimo parroquiano que sigue creyendo que ir a un restaurante como éste es darle nivel al día. Alejado de los focos pero con la fuerza de ser destino de quien piense culinariamente en Santander. Es, sobre todo, refugio para cualquiera de sus menesteres. Infalible.

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