Cada año, la Cuaresma y la Semana Santa reactivan uno de los momentos más reconocibles del calendario gastronómico español. En este contexto, el bacalao se consolida como uno de los grandes protagonistas, tanto en su versión fresca como en su interpretación más tradicional.
Por un lado, el Skrei, bacalao salvaje procedente de Noruega, llega a España en una temporada limitada que coincide con estos meses. Su textura firme y su sabor delicado responden a un ciclo natural marcado por su migración, lo que lo convierte en un producto muy valorado en cocina. Su versatilidad permite trabajar desde cortes nobles hasta elaboraciones más creativas, siempre con el producto como eje central.
Por otro, el bacalao salado continúa siendo un símbolo de la cocina de vigilia. Su proceso de curación, basado en la salazón y el tiempo, ha permitido durante siglos conservar el pescado y dar lugar a algunas de las recetas más representativas de la tradición culinaria española.
Esta dualidad entre producto fresco y conservado refleja dos formas complementarias de entender la gastronomía, una vinculada a la estacionalidad y otra a la herencia cultural. Ambas conviven cada temporada en cocinas domésticas y restaurantes, manteniendo vivo un recetario que se transmite de generación en generación.
Más allá de su uso culinario, el bacalao representa también una conexión histórica entre España y Noruega, una relación construida a través del comercio y el respeto por el producto.
En un momento en el que la gastronomía mira cada vez más al origen, el Skrei y el bacalao salado regresan como recordatorio de que tradición y producto siguen siendo esenciales en la cocina.