Viaje Estambul

Una ciudad, dos continentes

Autor: Alfredo García Reyes
Fecha Publicación Revista: 01 de septiembre de 2018
Fecha Publicación Web: 28 de agosto de 2018

La antigua Constantinopla, la misma urbe a la que hicieron grande los emperadores romanos de Oriente y cuyas bellezas fueron potenciadas por los sultanes otomanos, es lo más parecido a un inmenso museo.

Es verdad que esto también ocurre en otras ciudades del planeta: Roma, Atenas, El Cairo… Pero la particularidad de Estambul es que sus paradigmáticos monumentos son el espejo en el que se han mirado muchas otras construcciones más allá de los límites que marca la propia megalópolis, incluso traspasando fronteras. De todos ellos, sin duda, destaca el antiguo templo de Santa Sofía.

Basílica, mezquita y museo

Es fácil quedar extasiado ante los mosaicos que decoran esta enorme iglesia. En ellos se representan tanto a personajes bíblicos como a los propios promotores que los pagaron y los emperadores de turno.

El principal, Justiniano, bajo cuyo reinado se inició y terminó su construcción, en apenas cinco años. Dato muy sorprendente teniendo en cuenta sus dimensiones, con su enorme cúpula (más de 46 m de altura), sustentada por cuatro enormes pilares, y también el hecho de que este megalítico proyecto lleve en pie más de 17 siglos (se consagró en el año 532).

Los célebres mosaicos bizantinos de Santa Sofía permanecieron ocultos a las miradas durante varios siglos tras la toma de la ciudad por las tropas otomanas bajo el mando de Mehmet II, a mediados del siglo XV.

Lo que no todo el mundo sabe es que Santa Sofía tiene su parangón en la llamada mezquita de la Pequeña Sofía, antes iglesia de los santos Sergio y Baco, una especie de maqueta a pequeña escala en cuya planta se inspiraron los arquitectos del templo mayor.

Para llegar a ella hay que callejear por el barrio Sultanahmet, entre pequeñas tiendas de artesanías y algunos de los hoteles más lujosos de la ciudad. Entre ellos, el Four Seasons Istanbul Sultanahmet que, en tiempos, fue una de las prisiones más duras del planeta (“El expreso de medianoche” está basado en la vivencia de algunos de los presos que cumplieron su pena en ella).

Los azulejos de Izmir

Ese mismo barrio alberga la que probablemente sea la explanada más espectacular del planeta desde el punto de vista de la Historia y también del arte. Frente a Santa Sofía se sitúa la enorme mezquita de Sultán Ahmed, más conocida como Mezquita Azul (por los millones de azulejos de Izmir que decoran su interior).

En el plano aéreo de Estambul esta mezquita destaca no solo por su profusión de bóvedas, también porque se trata de la única en la ciudad (y casi en el mundo, con excepción de la gran mezquita de La Meca) que tiene seis minaretes, en lugar de los habituales dos o cuatro.

Completa la explanada un espacio abierto y ajardinado con forma rectangular, que en tiempos de Bizancio ocupaba el hipódromo.

No muy lejos se encuentra el otro gran epicentro monumental, el palacio de Topkapi, que fue residencia de los sultanes otomanos hasta el siglo XIX (cuando el sultán Abd-ul-Mejid I y su corte se mudaron al más “occidental” palacio de Dolmabahçe, a orillas del Bósforo).

Desde las amplias terrazas ajardinadas de Topkapi se domina el incesante tráfico marítimo entre el Mediterráneo y el Mar Negro. En una de las salas del complejo, convertida en Museo Arqueológico, se admira el supuesto, historiado y dudoso sarcófago de Alejandro Magno, entre otras muchas destacadas obras (como el apartado de joyas y regalos recibidos por los sultanes).

Pero, sin duda, lo más espectacular del complejo palaciego es el área del Serrallo, es decir el harén, decorado de una forma tan impactante como lujuriosa (en el amplio sentido de la palabra).

Ciudad de compras

Más allá de lo artístico y lo histórico, Estambul es una ciudad de sensaciones, de experiencias. La más seductora es perderse (literalmente) en el laberinto de oportu-nidades del Gran Bazar o el Bazar de las Especias (o Bazar Egipcio).

Miles, millones de manufacturas de moda, complementos, decoración, menaje y especialidades gastronómicas salen al paso de quienes pasean por sus enormes corredores. Es imposible salir de estos lugares sin comprar algo, aunque sea unos lokum (o delicias turcas). Aunque, sin duda, los productos más espectaculares son esas alfombras de lana o seda tejidas por expertas manos artesanas. Eso sí, se compre lo que se compre, conviene armarse de paciencia y ejercer esa admirable habilidad del regateo.

No hay que estresarse, de hecho las “negociaciones” suelen convertirse en una experiencia que va más allá de la simple transacción económica, sobre todo, si ésta tiene lugar torno a un té y una animada conversación, un buen momento para acercarse (y adquirir) algunos de los elementos básicos de la gastronomía turca: desde deliciosos dátiles y frutas desecadas, hasta elaboradas salsas, como la de yogur, o la muhammarrah (a base de pimientos, jarabe de granada, ajo, limón y aceite de oliva) que, por cierto, tiene bastante relación con algunos de nuestros platos derivados de nuestro contacto con el Islam.

Desde los durum, döner kebabs y lamakum, pasando por los dolmas (hojas de parra cocida rellenas de arroz y carne o frutos secos) hasta, por supuesto, los baklava: dulces realizados a base de masa brik, almendras, pistachos y otros frutos secos y mucha miel. Pero esta es solo una base bastante somera. La realidad es que la gastronomía turca es muchísimo más variada de lo que uno podría imaginarse.

Nuevos aires en la cocina

Eso explica la creatividad de la que parten un buen número de cocineros turcos que, como Maksut Askar, están revolucionando los fogones de su país. En su restaurante Neolokal, situado en el barrio de Gálata, Askar está alcanzando un altísimo nivel culinario. Así, a partir de sabores y recetas tradicionales interpreta la cocina como algo creativo y espectacular.

Un show al que contribuye de una forma determinante la ubicación del propio restaurante, en la antigua sede del Banco Nacional, con vistas a buena parte de la ciudad antigua (o europea) de Estambul. Ya que estamos en Gálata, conviene visitar la torre que da nombre al barrio, edificada por mercaderes genoveses en el siglo XIV y desde donde controlaban el tráfico marítimo por el Cuerno de Oro (el mítico puerto comercial al que, desde hace siglos, han llegado mercancías llegadas desde los confines del planeta).

Casi en el centro del barrio está la plaza Taksim, epicentro social y político de la vida del país. Su entorno es un buen lugar para probar la gastronomía turca, en terrazas y restaurantes realmente irresistibles.

Y es también aquí donde están algunos de los hoteles más lujosos y modernos.

Otro referente para este nuevo Estambul es el restaurante Mikla, comandado por su chef y propietario Mehmet Gürs, un visionario que, desde 2005, está al frente de la llamada “nueva cocina anatolia”. Su local se encuentra sobre The Marmara Pera, un hotel exclusivo y con detalles de una agradable sofisticación, desde donde se domina una de las panorámicas más espectaculares de la ciudad y del Bósforo.

Un estrecho envuelto en leyenda

Para entender mejor la ciudad, convendría recorrer ese estrecho a bordo de los barcos que parten de Eminönü, junto al puente de Gálata, o desde Besiktas y Karakoy. La ruta permite descubrir el frontal marítimo en un par de horas pasando por debajo de los puentes que comunican la zona europea con la asiática, tal y como lo llevan haciendo desde hace más de dos milenios aquellos navegantes que convirtieron a esta ciudad en el epicentro del mundo conocido, la escala obligada entre Oriente y Occidente.

También puede tomarse algunos de los barcos de línea regular que comunican ambas zonas, compartiendo el incesante trasiego de sus habitantes, para llegar, por ejemplo, a la zona de Kadikoy, donde se encuentra el que probablemente sea el mercado al aire libre más populoso de Estambul, el de Sali Pazar. Lugar ideal donde adquirir una impresionante variedad de productos gastronómicos y de toda índole.

De vuelta a la ciudad antigua, desde la cubierta del barco, conviene admirar la armonía de la Torre de la Doncella (o de Leandro), antigua estación aduanera y hoy el faro que da la bienvenida a todas aquellas naves que llegan desde el Mar Negro. Contemplarla durante uno de esos mágicos atardeceres que envuelven el Bósforo y a Estambul mismo en colores pastel es una buena forma de despedir una de las urbes fundamentales para todo viajero que se precie de serlo.

Etiquetas: Turquía, Viaje, Estambul, Bósforo, Europa, Asia,

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