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Viaje Nantucket y New Bedford

Costa de balleneros

Autor: Enrique D. Uceta
Fecha Publicación Revista: 01 de junio de 2023
Fecha Publicación Web: 01 de junio de 2023

Al sur de Boston se extiende una costa recortada, baja y arenosa, ideal para la navegación y el ocio en los meses de verano. Las familias más ricas y famosas de la ciudad han levantado en ella sus mansiones de descanso, convirtiendo el litoral de Massachusetts en un elegante espacio de lujo y placer. Lugares como la península de Cape Cod y la isla de Martha’s Vineyard han alcanzado la fama gracias a la presencia habitual de los Kennedy, alguna de cuyas tragedias sucedieron en sus bellos escenarios naturales. La abundancia de largas playas batidas por el viento, bahías, islas e islotes, era idónea para acoger a los barcos que perseguían y cazaban cetáceos, abundantes entonces en las aguas del Atlántico norte. El primer gran puerto ballenero surgió en la isla de Nantucket y después se desplazó a New Bedford, en el continente, sede de los armadores que mandaban los buques a recorrer los mares del planeta en busca de cachalotes y de sus valiosos aceites, convirtiéndose en uno de los territorios más ricos del mundo en la segunda mitad del siglo XIX. Estas costas invitan a un viaje de placer por territorios cargados de historia, contemplando interminables playas salpicadas de Lobster Shacks, restaurantes al aire libre para comer langosta disfrutando del paisaje. El itinerario puede empezar en Boston, y descender camino de Plymouth, donde recaló el Mayflower en 1620 para crear las primeras colonias de Nueva Inglaterra. Siguiendo el litoral se llega a los hermosos paisajes de Cape Cod, un estrecho arco de arena de cien kilómetros de longitud que se adentra en el Atlántico. Sus tierras se reparten entre el Parque Nacional Cape Code National Seashore y las mansiones de opulentas familias bostonianas, como la perteneciente a los Kennedy en Hyannis Port.

En busca de Moby Dick

La costa se dirige hacia el oeste en la ancha bahía de Buzzards, que acoge la ciudad de New Bedford, poseedora de un pasado incomparable por haber sido el principal puerto ballenero del planeta. La ciudad mantiene el recuerdo de Herman Melville, que se embarcó en 1841 en el ballenero Acushnet, para vivir las aventuras que inspiraron su obra literaria, Moby Dick. El filón del aceite de cachalote hizo de New Bedford un lugar de extraordinaria riqueza y punto de encuentro de intrépidos navegantes, aventureros y financieros, hasta que el negocio decayó en torno a 1920. La población todavía conserva testimonios de su esplendor en el casco antiguo que contiene la impresionante Seamen’s Bethel, la capilla de los marinos, repleta de cenotafios de hombres desaparecidos en océanos lejanos, y el New Bedford Whale Museum, el mejor museo que existe dedicado a la caza de ballenas, con una réplica del navío Lagoda en su interior, y la memoria de los barcos americanos que sacrificaron 34.765 ejemplares en todos los mares del mundo desde 1780 a 1920. Hoy, las ballenas han vuelto al litoral de Massachusetts, y en New Bedford se puede embarcar para realizar avistamiento de cetáceos. Junto a los barcos se encuentra el restaurante The Black Whale, donde es posible saborear los emblemas gastronómicos de la costa, la deliciosa langosta americana, más parecida a nuestro bogavante, y la sabrosa Clam Chowder o crema de almejas, sin olvidar ostras, vieiras, mejillones, camarones, cangrejo, calamar, bacalao, salmón, atún y pez espada de sus frías aguas.

De factoría a isla idílica

New Bedford sigue siendo el principal puerto pesquero del país, los muelles permanecen repletos de embarcaciones, y de ellos parte el ferry que lleva a la isla de Nantucket, la primera capital ballenera, anterior al traslado de la flota al continente en el s. XIX. Tras dos horas de navegación, el barco dobla la punta de Brant Point, con su faro de madera, y atraca en el que fue gran emporio marinero, cuando la isla era una factoría que apestaba a grasa quemada. Ahora es la puerta de entrada a una isla idílica, cruzada por tranquilos caminos que permiten fundirse con una naturaleza prístina, de llanos campos verdes y arbolados, largos arenales que acaricia la brisa, y un cielo enorme en el que el clima ensaya suaves acuarelas. Toda la isla de Nantucket está declarada Distrito Histórico Nacional, y el centro del pueblo conserva un encantador carácter decimonónico, con calles adoquinadas, umbríos jardines, y la colección más amplia de construcciones previas a 1850 de Estados Unidos. Hay que visitar el muy interesante Whaling Museum, asomarse al pequeño observatorio que lleva el nombre de la pionera astrónoma María Mitchell, y después deambular en Main Street, entre casas de estilo federal y neogriego, galerías de arte y anticuarios, junto a un puerto ocupado por los barcos de recreo.

Ostras y langosta

Es un placer pasear por los muelles o tomar el sol en la playa de Jetties, caminar hasta el faro de Brant Point, visitar el Refugio de Vida Silvestre Coskata- Coatue, o alquilar una embarcación para pasar el día navegando. Se pueden degustar ostras en las selectas mesas de Cru, o probar un típico Lobster Roll en locales como Fish Market o 167 Raw. En Madaket, en el oeste de la isla, Millie’s ofrece cocina fresca con hermosas puestas de sol sobre el mar. También es posible conocer los vinos locales en Nantucket Vineyard, las cervezas artesanales en Cisco Brevery, la ginebra marinera Gale Force Gin que elaboran en Triple Eight, o tomar un Goslings Dark n' Stormy en Gazebo Bar, uno de los cinco mejores del mundo preparando el cóctel nacional de Bermudas.

Es muy recomendable alquilar una bicicleta y recorrer los caminos y sendas que bordean las extensas playas solitarias, en las que se distribuyen algunos hoteles sofisticados que son privilegiados refugios dentro de una isla extraordinaria. Una buena elección es el placentero hotel White Elephant, un grupo de edificios de poca altura, del estilo tradicional de la costa este, con fachadas de tablas solapadas y detalles pintados en blanco y azul. Parecen sencillas casas al borde del agua, pero en su interior guardan la máxima expresión del confortable lujo norteamericano, y un servicio personalizado de máxima categoría. Todo pensado para hacer perfectos los días desapacibles, viendo el mar entre cristales, junto a la chimenea de la habitación, antes de pasar al restaurante surtido de ostras, almejas, vieiras, langostas, pescados, atún, y las mejores carnes a la parrilla.

La época de mayor actividad en la isla de Nantucket es la del verano, cuando están ocupadas todas las residencias particulares, la línea del horizonte se llena de velas y las playas son menos frías. Los restaurantes selectos exigen reserva con antelación y las galerías de arte y los anticuarios están siempre concurridos, transmitiendo una sensación de euforia y esplendor que se sabe efímero. Pero no hay que desdeñar los lentos días de otoño, en los que se colorea el arbolado de la isla, cubriendo los bosques de tonos rojos, pardos y naranjas. Si la costa del noreste norteamericano es, en otoño, uno de los espacios naturales más bellos del mundo, Nantucket es el mejor lugar para disfrutarlo.