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Doha Gastronómico

Reinventar el desierto

Autor: José Luis Murcia
Fecha Publicación Revista: 01 de febrero de 2013
Fecha Publicación Web: 13 de febrero de 2016
Revista nº 441

Sorprende a propios y extraños que un pequeño país con 1,7 millones de habitantes, de los que solo poco más de 300.000 son cataríes, quiera organizar el Mundial de Fútbol de 2022 y esté dispuesto a construir todas las infraestructuras que sean necesarias. Pero en Catar casi todo es un milagro, gracias al petróleo y a la magnífica gestión de sus élites. Quizás por eso se pueda encontrar una espléndida variedad de cocinas internacionales donde pujan con fuerza la árabe y la india, además de la francesa.

Los habitantes de Catar son conscientes de sus limitaciones. Están ubicados en una de las zonas más áridas del planeta con temperaturas que en verano rozan los 60 grados y difícilmente bajan de los 40 por la noche. Pero sus servicios públicos son excelentes, sus centros comerciales envidiables y sus restaurantes brillan con luz propia en un conglomerado tan variado y cosmopolita como el de Ámsterdam.

Como país musulmán, el alcohol está limitado. Su consumo queda reducido a los hoteles de lujo y a los restaurantes que en ellos se ubican. Así, en los nutridos establecimientos culinarios que se extienden por Doha, ciudad en la que vive casi el 85% de la población, las bebidas más usuales son té, agua y zumos de naranja o limón con menta. Entre ellos destaca Al Bandar, situado junto al renovado zoco de Souq Waquif.

Al Bandar es un genuino representante de la cocina árabe en el que abundan los platos a base de cordero o pollo con verduras a la parrilla y los arroces condimentados. Destaca su hummus de garbanzos y su tabouleh clásico a base de perejil, tomate y limón. La carta cuenta con una amplia oferta de pescado, otra de las riquezas del país, entre los que sobresalen los langostinos, la langosta o el pargo. Tiene dos plantas y una terraza panorámica desde la que puede observarse el zoco y parte del centro de la ciudad. Es posible cenar bien por menos de 20 Ä con postre y bebidas incluidos.

 

Menú de altos vuelos

Juntar a cuatro cocineros de diferentes orígenes que suman un total de ocho estrellas Michelin y que ofrecen cocinas tan diferentes como atractivas sólo se le podía ocurrir a una línea aérea como Qatar Airways, elegida en varias ocasiones como la Mejor del Mundo y cuya carta de vinos es, sencillamente, envidiable.

El japonés Nobu Matsuhisa, el indio Vineet Bhatia, el libanés Ramzi Choueiri y el británico Tom Aikens han unido su ingenio para lograr un menú de altos vuelos.

Todos ellos han aportado algunas variaciones sobre los platos que les hicieron universales. Nobu Matsuhisa nació en la ciudad japonesa de Saitama y creó su primer restaurante, denominado Matsuei, en Tokio nada más graduarse.

Tras pasar por Lima, Buenos Aires, Alaska y Los Ángeles, en 1987 abre en Beverly Hills y se asocia con el actor Robert de Niro. Posee 29 restaurantes en 25 diferentes ciudades y prevé abrir próximamente en Doha. Sus propuestas: bacalao negro con limón y sopa de pescado especiada.

Vineet Bhatia es el primer indio que consigue reconocimiento Michelin y lleva a la cima este tipo de cocina. Comenzó en Londres en 1993 dondeconsiguió dos estrellas con su Rasoi, en Chelsea; la tercera llegó en su restaurante de Ginebra. Su contribución: las bolas de espinacas y queso con granos de mostaza y chutney de higos y los noodles con vegetales fritos y las judías cannelini picantes.

Ramzi Choueri, nacido en Líbano, es el chef más popular del mundo árabe. Formado en Bournemouth (Gran Bretaña) y, tras trabajar en Francia, alcanzó la gloria con su programa Alam es Sabah, un show de cocina que presencian más de 10 millones de personas en los países árabes. Ramzi ha apostado por la mousse de almendra y el queso feta con ratatouille baklava.

Tom Aikens, nacido en Norkfolk (Gran Bretaña), tiene en su cocina clara influencia francesa, ya que trabajó con maestros como Robuchon y Boyer. Con 26 años consiguió sus dos primeras estrellas en el restaurante de Chelsea que lleva su nombre.

Su sopa de guisantes y menta con crema fresca y el pollo pochado con salsa de limón, limón confitado y puré de patata y limón se podrán degustar en los menús de la compañía.

Un menú para disfrutar de la gastronomía a 11.000 metros de altura. Todo un lujo.

Resulta tentador, una vez allí, darse un paseo por el zoco donde abundan las tiendas de especias y legumbres, además de las de ropa árabe, occidental fabricada en China, bazares, gafas de sol, perlas, animales domésticos y un sinfín de bares y teterías.

También merece la pena visitar el Museo de Arte Islámico, obra del arquitecto norteamericano de origen chino Ieoh Ming Pei, inaugurado en 2008 y con objetos que van desde manuscritos a alfombras de entre los siglos VII al XIX, algunos llegados de Córdoba.

Pero quizás uno de los mejores restaurantes de Doha se ubica en la zona de la Corniche, el paseo marítimo junto a las cálidas aguas del Golfo Pérsico. En uno de los lugares más concurridos y bellos de la ciudad emerge Al Mourjan, local de inspiración libanesa que ofrece una espléndida cocina en uno de los entornos más sugerentes.

En los fogones ejerce su oficio Ashraf Raad que tiene por enseña el empleo del aceite de oliva como uno de los principales ingredientes de una cocina colorista y de calidad donde, además de los platos árabes tradicionales, pueden degustarse unos magníficos calamares, un excelente salmón o el mejor caviar iraní. Y lo más sorprendente es que el precio medio apenas alcanza los 30 Ä por comensal.

El Marítimo, en la Corniche, se convierte en uno de los mejores lugares de la ciudad para pasear. Aunque el hecho de que los hombres vistan con la tradicional túnica blanca y las mujeres con la negra, con excepción de los tres meses de invierno en que ellas pueden cambiarla por colores más vivos, no les impide llevar debajo ropa occidental de firmas conocidas.

En los aledaños existen algunos de los centros comerciales con las mejores tiendas de moda como el Doha City Center o un poco más lejos las de la Isla Perla de Catar.

Pero el restaurante catarí, por excelencia, con platos de tradición del país es Al Majlis, uno de los preferidos por buena parte de la población autóctona, ya que elabora la cocina de toda la vida del pequeño emirato. Abundan las propuestas de inspiración árabe en las que las especias y el picante juegan un importante papel.

Deliciosos kebabs de ternera y cordero –especialmente de hígado de este último–, así como ensaladas de inspiración local, guisos de verduras y buenos platos de pescado. Su decoración es sobria, tipo bistró con reminiscencias árabes, y su precio (alrededor de 15 Ä) de lo más ajustado.

Majestuosidad hotelera

La libertad de consumir alcohol y la tradición de cocina internacional suponen, en el caso de Doha, un plus para los hoteles y la mayoría de ellos presenta una oferta culinaria de primer nivel, en muchos casos con clara influencia francesa. Es el caso del Saint Regis Doha, donde oficia como sumiller el granadino Juan Cambil, quien ha colocado vinos españoles en primera línea de la carta.

Los dos mejores restaurantes del hotel (Gordon Ramsey y Opal by Gordon Ramsey) son asesorados por el mítico y controvertido chef escocés, que porta 12 estrellas Michelin. Al frente de los fogones se encuentra el francés Gilles Bosquet, que formó parte de los restaurantes La Pyramide (en Vienne, a 31 km de Lyon), y The Connaught de Londres, ambos galardonados por la publicación gala.

La cocina francesa tiene su espacio de honor en grandes hoteles como el Ramada, donde se encuentra Maxim, el más reputado de ellos. El indio Sathiya Seelan, uno de sus chefs, es un maestro en el flameado de las carnes. El entorno de lujo eleva su caché por encima de los 150 Ä.

La Mer, en el Ritz Carlton, está en la línea del anterior y entre sus platos sobresalen el dúo de bogavante y conejo sobre lecho de crema de hinojo y sirope de naranja, su bullabesa o el venado a los frutos del bosque con patatas al horno y guisantes. El precio a la carta con vino se acerca a los 200 Ä.

En el Marriot se ubica, quizás, el mejor restaurante indio de la ciudad, el Taj Rasoi, un rincón de lujo donde los famosos tandoori ascienden a categoría de arte; mientras el Gran Hyatt apuesta en su restaurante principal, el Isaan, por la cocina tailandesa, en una combinación increíble de colores, sabores y manejo del picante.

Y es que aquí, dinero es sinónimo de buen gusto; las inversiones se estudian minuciosamente y la gastronomía es una muestra de la diversidad de sus habitantes.

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