Bodega Estancia Piedra, la fuerza de Toro

Autor: Elena Rodríguez
14 de marzo de 2012

El abogado Grant Stein y su mujer Anne cumplieron su sueño de convertirse en bodegueros a miles de kilómetros de su Escocia natal. Después de recorrer las principales Denominaciones de Origen vinícolas de nuestro país recalaron en Toro, a finales de los años noventa del pasado siglo. El potencial de esta joven D.O. castellana les sedujo. Y también el austero y bello paisaje de los meandros del Duero rodeando la histórica localidad.

La casualidad –o quizá el destino– unió los pasos del matrimonio con los de la enóloga Inma Cañibano, gran conocedora de los viñedos y vinos de la zona, en un pequeño restaurante cercano a Toro. Una sobremesa compartida en la que los Stein desvelaron su proyecto y en la que ella les habló de las virtudes de la región y de los pagos más propicios para producir vino de calidad. Confiesa que nunca imaginó que una conversación informal diera un vuelco a su vida. “Grant es una de las personas que conozco que más sabe de vino y viticultura”, asegura. El flechazo fue mutuo y convirtió a Cañibano en la directora de la nueva bodega, Estancia Piedra.

El abogado escocés tenía en mente el proyecto completo. “Estaba planificado con mimo desde el mismo momento de su concepción. Sabía que lo más importante era el viñedo. Se buscó con cuidado cómo, cuándo y dónde se debía construir la bodega para lograr los objetivos que se perseguían: no sólo un viñedo de calidad para la elaboración de grandes vinos, sino también un viñedo enclavado en un paraje con belleza paisajística y una ubicación estratégica para convertirlo en un referente para el turismo”, afirma la enóloga.

El plan contemplaba dos fases. La primera comenzó con la adquisición de una parcela de 40 hectáreas en su mayoría de tinta de Toro con una pequeña proporción de garnacha, de 1968. “Es la plantación de viñedo tradicional en vaso más extensa de toda la Denominación”, asegura la enóloga. Se trata de una finca muy atractiva tanto por su extensión como por la belleza de sus ondulaciones, que se abren en forma de abanico, creadas por el valle que forman al unirse el río Guareña con el Duero. Para completarla y preservarla se adquirieron las dos parcelas adyacentes en las que se realizaron plantaciones experimentales en espaldera de tinta de Toro, garnacha y verdejo. En el otro lado del valle se compró el Pago de Paredinas, de tinta de Toro de 1927, con el que se completan las 69 hectáreas con las que cuenta la bodega en la actualidad.

“El mayor patrimonio, nuestros cimientos y razón de ser están en el viñedo, él nos caracteriza y nos hace únicos, por lo tanto merece y exige la mayor dedicación”.
Comenzaron un plan de mejora de las viñas y su entorno que se fue completando con las sucesivas vendimias y el progresivo conocimiento del terreno. Desde el primer año los análisis realizados en el fruto para el seguimiento de su maduración “nos marcaron las diferencias existentes dentro de nuestra parcela principal, obligándonos a predefinir subparcelas”.

En efecto, el viñedo destaca por su rica complejidad. Se extiende por una pendiente con un desnivel que alcanza los 20 metros, y en él se distinguen diferentes tipos de suelos: el norte es arcilloso; la parte central, arenosa; también hay zonas calcáreas y de roca. “La mejora de la calidad del viñedo ha sido enorme –asegura– pero a medida que avanzamos en su conocimiento nos pide más y nos dice que aún lo podemos hacer mejor”.

El desarrollo de la primera fase se completó en 1999 con la construcción de una bodega con la equipación básica para poder elaborar vino de calidad: zona de elaboración y crianza del vino, laboratorio, oficinas y atención al público y dos salas de catas en el piso superior, una pequeña dedicada a profesionales y otra un poco mayor para atender a las visitas.

“Realizar la bodega en dos fases tenía como objeto estudiar durante el primer año su funcionamiento para que la segunda fase se pudiera llevar a cabo con la experiencia de un año trabajado”.

Una bodega para trabajar

En la segunda etapa –que terminó en 2001– se completó el edificio de la bodega con una segunda sala de barricas, especial para la fermentación maloláctica, un área de embotellado, un sótano para botellero, un almacén de producto terminado y una zona de trabajos múltiples. Pretendían que la funcionalidad primara sobre la estética; por ello, está dispuesta en una sola planta. “No queríamos una bodega de diseño; buscábamos que fuera lo más cómoda posible tanto para el vino como para los trabajadores”, afirma Cañibano. “Creamos espacios de trabajo en los que moverse con facilidad y seguridad, con una estructura lógica que siguiera el mismo camino del vino: elaboración, crianza en barricas, embotellado, crianza en botellas y producto terminado”.

Todavía quedaban dos construcciones más por tomar forma. En 2003 se inauguró la vivienda familiar de los Grant, una hermosa casa de estilo zamorano desde donde se contempla la pendiente de viñedos que desciende hasta la bodega, con la silueta de Toro recortándose contra el cielo azul. En ella pasa el matrimonio largas temporadas, incluida, por supuesto, la vendimia. 

En 2009 se completaron las instalaciones de la bodega con el edificio social La Garona. Es una construcción moderna, rodeada de cuidados jardines, que encarna un ambicioso proyecto de enoturismo: “Desde el principio Estancia Piedra apostamos por estar abiertos a las visitas como parte de nuestra filosofía de dar a conocer nuestro trabajo, nuestro viñedo y nuestros vinos”. Aquí se recibe, se celebran catas y se pueden adquirir los vinos de Estancia Piedra junto a una selección de productos artesanos de la zona.

El capital humano

“No tenemos un edificio diseñado por un arquitecto famoso y con una enorme repercusión mediática. Hemos decidido que el capital se invierta en las personas que construyen el proyecto día tras día, las que lo hacen crecer y lo mejoran. Nuestra apuesta de futuro se basa en el convencimiento de que el proyecto tiene cerebro y alma y son las personas las que lo aportan”.

Esa pasión se transmite a los vinos de Estancia Piedra. “Nuestra filosofía –afirma Inma– es trabajar el viñedo propio, tratando de extraer toda la expresión que le da el terruño. Elaboramos con modernas técnicas ecológicas y trabajamos la división de las parcelas principales de viñedo, vinificando por separado”.
Junto a Inma Cañibano trabaja un sólido equipo formado años atrás. Tras la vendimia manual en cajas de 20 kilos, y una vinificación por zonas, los vinos se catan para decidir cuáles realizarán la maloláctica en depósito y cuáles en barrica. Una segunda cata divide los vinos entre los que estarán más de 12 meses en barrica de aquellos que no alcanzarán ese periodo.

La apuesta por la variedad autóctona garnacha es uno de los orgullos de Cañibano. “La garnacha ayuda a equilibrar, a dar alegría y vivacidad a los vinos”. ¿Y la oxigenación? “Es un mito –asegura Inma con vehemencia–; esta variedad es como la cenicienta. Cuando llegué me decían que estaba loca por hacer vinos con garnacha. Hicimos pruebas. Envejecimos una cantidad pequeña. Probamos con 12, 18, 22 y hasta 30 meses de barrica. Y observamos su evolución en botella. Al mismo tiempo realizamos elaboraciones de garnacha con tinta de Toro en distintos porcentajes. Y las muestras con ella siempre eran más satisfactorias”.
De estas pruebas nació uno de los mejores tintos de la bodega, La Garona.

Otros compañeros de viaje son Paredinas, Piedra Azul, Piedra Etiqueta Roja, Piedra Platino o Albocela.

“Son vinos que enamoran”, afirma Inma. “Es muy importante para la bodega crear vinos elegantes que expresen su origen y sus variedades, que nos digan de donde vienen pero que al mismo tiempo reflejen la evolución de la enología durante las últimas décadas”.

Solo queda abrir cualquiera de sus tintos para comprobar que las palabras de Inma Cañibano se cumplen al pie de la letra.

 

 





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